Una centenaria entre aulas

Con sus cien años recién cumplidos, María Lobo vive sola, cocina, atiende su hogar, viaja y acude a las clases de la Asociación de Mayores Amigos de la Ciencia, que ayer le rindió un emotivo homenaje

María Lobo (en el centro) recibe un ramo de flores por parte de Charo Fernández Muner, presidenta de la asociación, en medio de la ovación de sus compañeros./Javier Cotera
María Lobo (en el centro) recibe un ramo de flores por parte de Charo Fernández Muner, presidenta de la asociación, en medio de la ovación de sus compañeros. / Javier Cotera
José María Gutiérrez
JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZSantander

María Lobo acudía ayer con las mismas rutinas de siempre a las clases que organiza la Asociación de Mayores Amigos de la Ciencia en la Universidad de Cantabria. Ella es una de las activas integrantes de este colectivo y una fiel alumna de las lecciones de Ciencias Naturales que imparte cada semana María José Ojeda, bióloga y profesora jubilada del instituto Santa Clara. Pero la clase de ayer tenía encerrada una sorpresa que sólo ella desconocía. El resto de compañeros y la docente le habían organizado un homenaje, en el arranque del curso, con motivo de una efeméride muy especial: el 8 de septiembre cumplió 100 años, un siglo de vida marcado por «el sacrificio» y una «férrea fuerza de voluntad», ya que enviudó con 32 años y tuvo que sacar adelante sola a sus dos hijos, Felipe y Fernando.

«No soy ni guapa ni rica ni intelectual, pero caigo bien a la gente. Quizás porque no me meto con nadie y nunca he pedido nada» María Lobo

La clase se desarrollaba con normalidad hasta que los alumnos empezaron a entonar 'Cumpleaños feliz' mientras por la puerta aparecía un ramo de flores... A partir de ahí, la emoción se desbordó. «Esto es demasiado, no me merezco tanto, que no soy ni una Venus ni una intelectual», intercedía irónica María, agradeciendo las muestras de cariño. «No soy ni guapa ni rica ni lista, pero donde voy caigo bien a la gente. No se por qué me quieren tanto, quizás porque no me meto con nadie y nunca he pedido nada», añadía.

Las flores no fueron el único regalo que recibió: también la obsequiaron con un portarretratos realizado con papel reciclado con una foto de familia de la asociación en su última excursión a Laguardia (en la Rioja Alavesa); le recitaron una poesía creada por su compañera Isabel Rodríguez de la Torre; y le leyeron una emotiva carta escrita por Toni Aguilar, director de la ONG 'The direct help foundation', a través de la cual este colectivo tiene apadrinadas a cuatro niñas en Nepal.

De Segovia a Cantabria

La Asociación de Mayores Amigos de la Ciencia, creada en 2004, está compuesta por 60 integrantes, la mayoría mujeres. A las clases asisten alumnos de 60 y 70 años, muchos han superado ya los 80, alguno luce espléndidos 90 y luego está María Lobo. Con sus 100 años en el DNI, pero una vitalidad y lucidez propia de una adolescente: vive sola, en un tercer piso sin ascensor en el barrio de Porrúa, cocina diariamente, y cuando la asistenta social acude por la mañana a echarle una mano en las tareas del hogar, «ya he hecho la cama y puesto la ropa sucia en la lavadora», presume. «Mientras yo me valga y no pierda la cabeza, puedo hacer cosas sin cansar a los demás», razona. Y hasta coge aviones a Barcelona para visitar a un hijo que vive allí.

Vitalidad y memoria, cuando describe, sin fisuras, la historia de su vida. «Hija de Justa y Mariano, nací en Cabezuela, Segovia, en 1918», recuerda. Entonces los periódicos contaban los últimos episodios de la Primera Guerra Mundial. Su marido, sargento del Regimiento de Regulares número 5 de Melilla, «el único hombre con el que he estado», falleció cuando ella tenía 32 años, quedándose viuda con dos niños de apenas 4 y 2 años. «¿Por qué se lleva Dios a gente buena y no a maleantes?», se cuestiona con tristeza.

Fue entonces cuando se trasladó a Cantabria ya que una lesión en el cuello de su hijo mayor hizo que lo hospitalizaran en el sanatorio de Isla Pedrosa, en Pontejos. «Con apenas 125 pesetas de pensión, me tenía que pagar una habitación con derecho a cama y el trolebús», recuerda. «Ser pobre no es una deshonra, siempre he podido ir con la cabeza alta porque nunca le he debido nada a nadie», añade.

Como la recuperación de su hijo iba para largo, también se trajo al pequeño a Santander, que se había quedado de forma temporal al cuidado de sus abuelos. Y empezó a trabajar para poder mantenerlos. De costurera para familias «pudientes» del Paseo Pereda, Castelar... Sin parar. Mañana y tarde. «Llegué sin conocer a nadie y he conocido a todo el mundo: pobres, ricos, intelectuales, jerarcas...». Gracias a sus tareas pudo acceder a un modesto piso, del que ya nunca se marchó.

Sus dos hijos le han dado cinco nietos y, éstos, nueve bisnietos, con los que comparte lo que aprende entre las aulas. «Todavía tengo ganas de aprender, a pesar de que ya veo mal y de que a veces se me olvidan cosas», indica. ¿Cuál es el secreto de su vitalidad? «Dios me ha dado salud, soy muy alegre y no me quejo, que hay mucha gente a quienes se les va la vida quejándose», responde. A estas razones suma una más: «Mi marido vela por mí».

 

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