Sor Encarnación, abadesa de las clarisas

«¿Cómo hacemos el roscón? Es un secreto»

Sor Encarnación, en el obrador del convento, junto a los roscones elaborados por la comunidad/Daniel Pedriza
Sor Encarnación, en el obrador del convento, junto a los roscones elaborados por la comunidad / Daniel Pedriza

Sor Encarnación es la abadesa de las clarisas de Villaverde de Pontones, donde se elaboran los afamados roscones desde hace veinte navidades

Javier Gangoiti
JAVIER GANGOITISantander

Cuando ya está preparando la crema del roscón los gallos ni siquiera han empezado a cantar. Son las dos de la mañana, las tres, las cuatro si el día promete ser tranquilo, y la hermana abadesa, sor Encarnación, del monasterio Santa Cruz de Villaverde de Pontones, ya está junto al resto de monjas preparando la repostería de Navidad. Uno puede orientarse únicamente a través del olfato para llegar hasta ahí. El aroma. Uno de los roscones, el que regalan a cada visitante, espera sobre la encimera dispuesto a ser envuelto en una caja.

Así es todos los días durante las fiestas, y desde hace veinte años. Desde el mismo momento en que las 19 hermanas clarisas del convento decidieron poner a prueba la fe de los paladares de Cantabria. Su roscón, garantía, es delicioso. «La clave es la materia prima, la mejor del mercado, sin aditivos ni nada», resume la religiosa mientras el resto de hermanas amasa, hornea y bate la deliciosa crema que acabará en mazapanes, roscones, brazos de gitano y demás repostería de su amplísimo catálogo. «¿Ves aquellos piñones? Nos aseguramos siempre de que sean castellanos, a 55 euros el kilo», nada menos. Un no parar «hasta las 12.30, cuando vamos a comer». Una de las monjas hace llover los piñones y las almendras sobre el rosco reservado. No exagera cuando habla de «incontables dulces, centenares durante las fiestas. Pero, ¿lo quieres relleno o normal?», pregunta la ribamontana nacida en Galizano. Si es necesario, se hornea otro.

Se nota que lleva despierta más tiempo que nadie, literalmente hablando. La pregunta, la segunda en los dos minutos que dura la conversación hasta el momento, revela el trasfondo del resto de su exposición. La de una hermana que mira hacia fuera, por los demás, sea cual sea el regalo. Bendito regalo. «Nuestro roscón es de tipo francés, hecho con mantequilla, con la receta de un gran cocinero de Madrid que nos cedió su elaboración hace tiempo». Esa es la última pista que dará sor Encarnación sobre su famoso dulce. El resto de pasos «son un secreto». Un misterio que defiende así: «Los periodistas no revelan sus fuentes, ¿no? Pues nosotras igual», zanja la hermana con una sonrisa, al tiempo que agradece al chef su generosidad por la herencia pastelera: «Nos lo dio todo».

«Que haya más fe, fraternidad y paz»

Sor Encarnación, madre abadesa de las clarisas de Villaverde de Pontones, lleva a cabo junto a sus compañeras una vida contemplativa. Su modelo de conducta, Jesús: «Cristo predicaba, pero se retiraba por las noches para hacer oración; es decir, para hablar con el Padre», explica, y añade: «Eso es lo que hacemos nosotros, hablar con nuestro esposo». No oculta, eso sí, la gran cantidad de labores que las 19 hermanas llevan a cabo a lo largo de la Navidad:«Oramos mucho, pero trabajamos tanto o más», explica la monja, quien desmiente toda fama de aburrimiento o desánimo en los conventos. Por último, preguntada por un deseo para el 2019, sor Encarnación no duda ni un instante: «Que haya más fe, más fraternidad y más paz, en España y en todo el mundo».

El entusiasmo en la cocina se traduce en trabajo cuando llegan las fiestas navideñas. No es para menos: «Es la celebración del nacimiento de Jesús, de modo que para nosotras lo significa todo». Ahora, eso sí, «la festividad más emocionante para el convento y todos los cristianos es la resurrección. Si el Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. No lo digo yo, ojo, lo dice San Pablo».

Y no es que se le haya ido el santo al cielo, sino que realmente la ribamontana es una apasionada de la ya eterna tradición. El motivo: «Es una fiesta muy alegre, bien sea por los niños, por la reunión de las familias, etc. La vivimos trabajando mucho y con nuestras cinco horas de oración diarias». Ahí están las bandejas de roscones, una tras otra, hasta el final de una larguísima encimera por la que, una vez cada minuto, una hermana coloca varios trozos de fruta escarchada.

Sucede entonces. Justo cuando todos los dulces empiezan a ser irresistibles, sor Encarnación calma los ánimos. «Nosotras nos alimentamos a través de la oración. De otra forma no se podría explicar la convivencia que tenemos todas las monjas, de tres países diferentes». Tampoco el hecho de que todas aguanten las ganas de zambullirse entre mazapanes y polvorones, desde luego. Pero ella se refiere a las 19 hermanas -españolas, vietnamitas e indias- que, sigilosas como nadie, vienen y van, salen y entran por la cocina.

Como un reloj de cuco. Hay algo en ellas que las hace muy entrañables. Despegan la mirada de la mesa muy de vez en cuando, sonríen mucho y enseguida vuelven a su tarea con un distraído salero, como permitiéndose una última prórroga para sí mismas. Sor Encarnación se da cuenta y acompaña el gesto: «Esto es una gracia de Dios».

Falta de fraternidad

Pero hay un tema de conversación que hace torcer el gesto de la monja más veterana del convento: «La fraternidad está en decadencia en las familias de hoy en día. Cada vez que una pareja se separa, ¿quién piensa en los niños?», se pregunta. Cada uno de sus silencios vuelve a delatar el ruido del horno, el batir de los huevos y el ajetreo de la cocina. Por un momento parece que todas las monjas detengan sus deberes y presten atención a la respuesta. «Necesitamos más amor. Amor para los cristianos, ateos, musulmanes y para todos. Es un regalo de Dios, le queramos ver o no», zanja.

Otro regalo está listo. El roscón. La caja blanca que lo envuelve, de la propia repostería de las clarisas, se la pasan una cadena de hermanas más risueñas que nunca, de mano en mano hasta terminar en las de la madre abadesa. Ahora es cuando más está sonriendo. «Es la gracia de Dios», se despide.

 

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