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Tu lugar en verano

MARTA SAN MIGUELSantander

La mujer está sentada sola en el extremo de una mesa con capacidad para veinte personas. Tiene abierto el Ipad con la funda como una pirámide que lo sostiene; a su lado, una agenda del tamaño de un diccionario llena de papeles que sobresalen, pero sobresalen igual, con el orden de lo prioritario. Habla por el móvil, teclea y apunta algo, revisa unos datos y los subraya con calma, y mientras coteja algo en otro documento, dos niños a los que no pierde de vista se tiran por el tobogán del McDonalds. Es así. La libertad de movimiento cabe en una carpa que huele a aceite y a cartón de hostelería. Ahí adentro, el aire acondicionado es pegajoso, sin embargo, a la hora de la siesta, cuando uno tiene que elegir entre comer algo o sobrevivir a una jornada que no tiene horario, la solución es hacer de los rincones un lugar: tu lugar, sea cual sea. En ese escenario que vende velocidad, la serenidad de esa mujer es admirable, la serenidad de su tiempo. Porque el verano es lo que tiene, que le fuerza a uno a improvisar sus espacios. Es como si el calor te volviera ingenioso, con tal de no meterte en casa, y te obligara a reventar la rutina aunque trabajes donde se come, aunque comas en lugares que en invierno son de paso. Se ve claramente en el Ensanche de Santander, donde ciertos bares expanden sus alfombras y mesas hasta ocupar toda la acera con la excusa de que la calle es el sitio donde ahora toca estar.

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