Pedro Reques: «Es necesario un pacto demográfico nacional que acabe con el cortoplacismo de la política»

El profesor y geodemógrafo de la UC, Pedro Reques, el viernes en el aula de la Escuela Superior de Caminos, en Santander./María Gil
El profesor y geodemógrafo de la UC, Pedro Reques, el viernes en el aula de la Escuela Superior de Caminos, en Santander. / María Gil

«Estamos de acuerdo en los diagnósticos, pero falta fijar el papel de los espacios rurales», dice el geodemógrafo, catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria: «Hay que hablar de procesos, no sólo del aquí y del ahora»

Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

El aula de la Escuela de Caminos de la UC está vacía. Hace eco el golpe de la tiza en el encerado cuando el profesor Pedro Reques (Segovia, 1955) traza dos líneas que le salen rectas a la primera. Sobre los ejes se podrían poner los parámetros que miden la transición demográfica, el envejecimiento de la población y la pérdida de habitantes: los datos y la estadística es lo que tiene, que le ponen cara al vacío. «Cuando hablamos de geodemografía hablamos de historia y de procesos, no sólo del aquí y del ahora», matiza el catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria, que pone voz, causas y consecuencias a una problemática que estos días ocupa minutos de oro en los telediarios nacionales: la despoblación. Ninguno de los sucesos que indican pérdida o vaciamiento sucede porque sí, y Reques, entre las sillas vacías del aula donde le hacen la foto para esta entrevista, explica la realidad social y económica como tejían las antiguas rederas: haciendo nudos con cada cabo suelto. «Hay que hablar siempre en plural, porque cada territorio juega un papel totalmente distinto», dice. La entrevista será en su despacho, y mientras abandona la sala apaga la luz del aula y queda el vacío; el silencio de la Escuela. «Son las vacaciones de Pascua», y a uno le da por pensar que ojalá hubiera una respuesta tan clara para el otro vacío, el del despoblamiento.

-Hablar de demografía es hablar con términos como sangría, goteo, pérdida... ¿Cree que somos catastróficos al hablar de población?

-Los problemas y los fenómenos son los que son: podemos hablar de envejecimiento y también de longevidad, podemos hablar de sobreenvejecimiento y también de incremento de esperanza de vida; podemos hablar de despoblación rural pero podemos hablar de urbanización y de cambio social. Podemos hablar de muchas cosas usando términos totalmente distintos y sin embargo son igualmente reales. Lo que no cambia es que cuando hablamos desde la geodemografía, es decir, el análisis de la población desde la perspectiva del territorio, hablamos de historia, de espacios y de procesos de transformación, no sólo del aquí y el ahora.

-Hoy son las elecciones, una muestra del aquí y del ahora. ¿Cree que la política mira lo suficiente las cifras del INE o el cortoplacismo juega en nuestra contra?

-Es una de las claves. Los políticos o la política juegan con el corto plazo, los cuatro años famosos de las elecciones, y los procesos geodemográficos son a medio y largo plazo, de ahí la importancia de un pacto demográfico nacional en relación con el futuro de la población del país: nos ponemos de acuerdo en los diagnósticos, pero hay que hacer un pacto con el papel de los espacios rurales y la despoblación rural. Estos temas están por encima de los planteamientos de cualquier partido político, están por encima de todos ellos.

-¿El despoblamiento se ha convertido en una escarapela en los programas electorales?

-Históricamente, el interés por el mundo rural no ha sido excesivo a nivel de política nacional, siempre han sido territorios bastante abandonados, marginados; ahora interesa por el singularísimo peso que tienen en la política nacional. Es decir, el peso de un voto soriano en términos demográficos es casi tres veces el peso de un voto madrileño, entonces de repente Soria importa.

-¿Y Soria importa?

-Importa aquí y ahora, para este proceso electoral...

-¿Qué perdemos al perder población?

-En demografía, cuando no crecemos, estamos envejeciendo. Perdemos juventud, fuerza, vitalidad, futuro realmente, pero tampoco hacer un canto al crecimiento porque sí. De la misma forma que se habla de crecimiento sostenible en términos económicos o ambientales, habría que plantearse el crecimiento demográfico sostenible.

-¿Cómo se mide ese crecimiento sostenible en términos estadísticos?

-Muchas veces hablamos de despoblación sólo por temas como la densidad, así que cuando pasamos de un umbral de densidad crítica decimos que sobrevienen todos los males, pero cuando relacionas la población con el territorio, hay que preguntarse cuál es la población óptima para cada territorio, es decir, cuál es la población óptima para un municipio pasiego, para Torrelavega o Santander. Hay que plantearse la población óptima para cada territorio, y en las áreas de montaña tiene que ser distinta a la de llanura o a la de las zonas urbanas.

La despoblación en Europa, a debate el martes en Casyc

El Casyc (c/Tantín, Santander) acoge este martes un encuentro para abordar 'La política de desarrollo rural en Europa: el problema del despoblamiento'. Será este martes, día 30, a las 18.30 horas en la sala de audiovisuales con la participación de expertos y en formato de 'diálogo ciudadano' para abordar las políticas de la UE para el desarrollo de las zonas rurales. Intervendrá la europarlamentaria Clara Eugenia Aguilera García, vicepresidenta de la Comisión de Agricultura y Desarrollo Rural del Parlamento Europeo, el consejero de Economía, Juan José Sota, y Pedro Reques.

-El último dato del INE dice que hemos ganado 735 habitantes por la llegada de extranjeros, y después de seis años volvemos a crecer. ¿Qué parámetros son los que tienen que preocuparnos?

-Nos deben preocupar las densidades por debajo de lo que se ha definido como umbral crítico: 12,5 habitantes por kilómetro cuadrado que fija la Unión Europea, o el 8,5 que cifran algunos estudiosos de la ordenación del territorio. Son umbrales que preocupan, pero creo que hay tantos umbrales críticos como territorios. Hablamos siempre de densidad de habitantes por kilómetro cuadrado, pero si cambiamos el numerador y ponemos agricultores o ganaderos por kilómetro cuadrado, los parámetros cambian radicalmente. No es lo mismo cien habitantes de una gerontocomunidad (en la que residen sólo miembros de la tercera edad), a que sean ochenta ganaderos o agricultores los que residan, porque en ese caso el uso del territorio es totalmente distinto aunque la densidad de población sea la misma.

-Esa gerontocracia que cita se traduce en datos: en Cantabria ya hay más jubilados que afiliados en 23 municipios. ¿Sólo se debe al envejecimiento de la población o entran en juego otros factores?

-Es uno de los precios a pagar por el envejecimiento, la mayor dependencia hacia las personas activas por parte de los jubilados. En este sentido el territorio no es tan importante. No hay que llegar a los niveles de ver qué ocurre en cada municipio o en cada pueblo, porque la relación entre personas trabajando y pensionistas son variables que pueden cambiar mucho dada la movilidad de las personas. Hay que hablar de territorialidades múltiples: hoy las personas necesitamos muchos territorios para vivir, los mayores puede pasar meses en el pueblo y otros tantos en la ciudad, los jóvenes de la ciudad lo mismo, gente que pasar el verano en los pueblos... El uso del tiempo y el espacio ha cambiado, y la movilidad es la clave en la sociedad postindustrial.

-Hay pueblos vacíos en invierno que se llenan en verano. ¿Tendemos a esa flexibilidad? ¿Eso es habitar o es otra cosa?

-Empieza a haber estadísticas que recogen este tema. Hay una encuesta de infraestructuras y equipamientos que acertadamente ya pregunta: ¿cuál es la población máxima estacional en este núcleo en el año?, porque los equipamientos e infraestructuras deben dimensionarse en función de estas máximas. Una cosa es la despoblación, que es pérdida de población, y otra despoblamiento, que es cuando a esa pérdida de población se le acompaña el abandono de los espacios, del territorio y las comunidades, en definitiva ruina económica y territorial. Hay que pensar en ese mapa en ruinas en España, y no es tanta, al menos es mucho menor de la que imaginamos, porque a muchos de esos territorios se les ha insuflado vida en los últimos 20 o 30 años. Recuerdo el caso de un pueblo en Segovia llamado Madriguera. Era el más deprimido de toda la provincia cuando yo hice el doctorado y representaba el paradigma de la marginalidad. Sin embargo, hoy hay un proceso de gentrificación rural muy importante en este entorno, de forma que, en la actualidad, Madriguera se ha convertido en uno de los pueblos más caros y sofisticados de toda la sierra de Ayllón.

-Pero eso es ocupar el espacio, modificarlo, reinventarlo, si quiere... ¿Qué oportunidades tiene el medio rural que conocemos mientras sigue perdiendo población? ¿Dónde está su futuro?

-Una de las cosas más llamativas de la manifestación que hubo en Madrid contra la despoblación hace unas semanas fue la frase 'sin cabras no hay paraíso' (en la pancarta de los hijos del alcalde de Peñarrubia) que nos da, además, una perífrasis genial para abordar esta problemática: sin cabras no hay paraíso, pero tampoco sin ganaderos, sin ganado equino, sin forestales con sentido ambiental, sin agricultura, a ser posible ecológica, no hay paraíso. Creo que podemos usar esto del paraíso y añadir a las cabras todo lo que reclame cada territorio, porque los usos del suelo son distintos y no todo se mantiene de la misma manera.

-La problemática es la misma, y sin embargo, nada que ver.

-Una de las claves de este problema es que hay que hablar de espacios rurales en plural: no hay un espacio de montaña sino muchos espacios de montaña. Hay que entender todo esto en plural, porque cada territorio juega un papel distinto. Mira el Pirineo, aquellos pueblos que estén a cincuenta kilómetros de estaciones de esquí tienen un mercado inmobiliario mega activo, llena de casas y movimiento. Está mucho peor la zona del Prepirineo que no tiene recursos para explotar el turismo y el deporte. Lo mismo sucede en Cantabria con Liébana, que muere de éxito por el turismo, el orujo, el paisaje y la cultura, y es entorno de montaña. Cada zona es distinta.

-Se firmó recientemente un pacto regional por la montaña que pide actuaciones concretas, como una discriminación positiva para estos lugares en temas legales o fiscales. ¿Qué opina de esas medidas?

-La discriminación positiva, como su nombre indica, puede ser positiva, y aunque puede ser necesaria, en sí misma no es suficiente. Está muy bien siempre que hubiera una educación social y sensibilización demográfica que acompañe a esas medidas, sobre todo cuando uno se empadrona como algo voluntario. Antes, cada diez años se hacía el censo, se plantaba el tipo a tu puerta y contaba miembros en la casa. Ahora ya no se hace esa gestión, y los censos se hacen a partir del padrón, que es algo voluntario. Eso, unido a la alta movilidad de los inmigrantes y la sociedad actual... La población debería ser más sensible con los temas demográficos y estadísticos, todos los ciudadanos tenemos una responsabilidad desde un punto de vista social y cívica.

«Las zonas rurales son servicios ecosistémicos»

–¿Qué papel nuevo podemos darle al mundo rural?

–El futuro de los espacios rurales pasa por una mayor integración territorial, económica, social y ambiental. Ese proceso va a seguir existiendo, sí o sí. Sin embargo, de la misma manera que hay diferentes tipos de espacios rurales, hay diferentes futuros para los espacios rurales. Cada uno va a jugar un papel distinto en esa sociedad progresivamente va a estar más y más urbanizada. Algunos espacios rurales se van a integrar y van a acabar confundidos con los espacios periurbanos; a otros, su integración les va a reportar beneficios, y otros se van a quedar al socaire de los procesos de modernización que estamos viviendo.

–¿Cuáles serán las zonas rurales que van a quedar fuera?

–Los más inaccesibles, es decir, aquellos más vulnerables, los más distantes de los mercados, en definitiva los más frágiles para enfrentar el futuro. Una salida podría ser empezar a considerarlos como servicios ecosistémicos, un término que habría que empezar a usar.

–¿En qué consisten esos servicios ecosistémicos?

–Son recursos que benefician a las personas, como el agua limpia, el aire limpio, el paisaje, la capacidad de captación de Co2, el papel de los bosques. Los economistas están empezando a poner valor a esos servicios al darse cuenta de la importancia que tienen: uno de los futuros de los espacios rurales está ahí, en reivindicar el valor de esos servicios.