Dar la nota por encima de la media

Los cien mejores expedientes de bachillerato y ciclos formativos del país se reúnen en Santander

Pablo Iyú, Antonio Alonso, Cristina Cañete, Carlota Gutiérrez, María García y Belén Picazo, ayer en el Palacio de La Magdalena, donde se alojan. :: /María Gil Lastra
Pablo Iyú, Antonio Alonso, Cristina Cañete, Carlota Gutiérrez, María García y Belén Picazo, ayer en el Palacio de La Magdalena, donde se alojan. :: / María Gil Lastra
Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

Si no fuera porque utilizan las palabras precisas para articular la percepción que tienen del mundo, se diría que los seis chavales que están sentados en la campa del Palacio de La Magdalena son sólo eso, chavales. Pero su manejo del lenguaje los coloca en otro lugar. Dan la nota cuando hablan y no por las palabras que dicen, sino por el mundo que representan con ellas; excesivamente nítido para tener la edad de empezar a conducir. «Aquí estamos rodeados de gente afín, pero más que por las notas altas, por las cualidades necesarias para alcanzarlas», dice Pablo Iyú. Y eso va más allá de un poderoso cociente intelectual. Cuando les preguntas qué les angustia, contestan que «la soledad o perderse por buscar el éxito», en vez de las cifras del paro o qué van a estudiar o dónde. Detrás de su expediente hay una actitud vital que los completa: «Yo quiero aprender y pregunto todo, soy tan curiosa que a veces estoy deseando que el ponente se calle para hablar», dice Belén Picazo, de Ceuta, y futura estudiante de Diseño en la Complutense de Madrid.

«Tenemos vivencias similares por cómo nos han tratado», añade. Y ahora todos están aquí, en Santander, con ese «inconformismo» al que alude la futura periodista Cristina Cañete y que se concreta en una curiosidad evidente: demandan asombrarse más allá de los temarios envasados de los currículos escolares, «porque el sistema no educa para tener un pensamiento crítico sino para memorizar y soltarlo rápido en un examen». Por eso, tanto Pablo, como Cristina o Belén, o cualquiera de los cien participantes en el Aula Ortega y Gasset, saben que su presencia esta semana en la UIMP se debe a una inquietud que los hace dar la nota, estar por encima de la media en el sentido metafórico y literal de la palabra.

Pablo Iyú va a estudar Física Matemática en Edimburgo y, con la acreditación de la UIMP colgando del pecho, uno no entiende que haya dejado de ver 'The Big Bang Theory' hasta que llega la explicación: «La serie se convirtió en un drama amoroso sin nada de ciencia», dice. «Lo mejor son las primeras temporadas», y entonces el resto de estudiantes acompaña su aclaración con una afirmación unánime. «Yo estoy viendo Juego de Tronos», aporta Antonio Alonso. Está sentado a su lado. Catalán de Cornellá y un sentido del humor «raro», cuando le preguntas si conoce los libros, suelta que ya está «por el dos». «Son geniales», añade alguien. Ahora tendrán tiempo de leer más tras haber dejado atrás las lecturas obligatorias. «En mi comunidad no había obligatorias». «Es lo peor que te obliguen a leer». «Pues a mí me encantó 'El árbol de la ciencia', de Baroja», dice Belén, la única mujer del bachillerato tecnológico de su instituto.

Contra los tópicos

La conversación siempre sucede así, a latigazos, con frases concisas que completan los argumentos, como descargas eléctricas que recorren el corro en el que están sentados para atender esta entrevista. Todos leen. Incluso prensa. «Leo prensa económica y estoy suscrito a El Periódico de Cataluña», dice Antonio Alonso, y mientras la sociedad cuelga a los 'millennial' todos los tópiccos posibles, este futuro estudiante de Economía y ADE pone en entredicho la inacción de los jóvenes a los que se les presupone un enganche a las pantallas. Todos están en las redes, «¿y qué hay de malo? Yo las uso para conectar con la gente», dice Cañete. Y enfrente, Carlota Gutiérrez, futura ingeniera aeroespacial, completa que no hay nada de malo en ellas sino en «cómo se usa». Pero todo argumento, ante el tópico, cae al vacío, de ahí la puntilla de Cañete: «Somos el nuevo meme», y aclara que los nacidos en 2000 ya no son 'millennial', sino generación Z». Así se llaman ellos. Les toca lidiar con la categorización de la generación aupada sobre los restos de la devastación financiera, pero en el caso de los Ortega y Gasset, lo hacen con una media de bachiller superior a la media: 63 son chicas y 37 chicos, que en su mayoría se inclinan por ciencias de la naturaleza y la salud (65%) y el 20% por la rama científico tecnológica: sólo el 15% proviene de las humanidades y las ciencias sociales.

Y sí, también en esta élite, los que provienen del ámbito de las humanidades sufren la impresión de estar «tirando su nota», y como dice María García, «se nota en el ambiente cuando dices que vas a hacer Medicina en vez de otra cosa». Lo sabe porque ella lo va a estudiar en La Laguna. Sin embargo, los demás, es como si tuvieran que lidiar con cierta letanía: «A mí todo el mundo me decía 'tienes que', tienes qué'», pero ahora empieza su verdadera obligación, articular con formación el talento de estar por encima de la media.

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