Venezuela se queda sin pasado

Mariale Guerrero, William Colmenares, Mariana Sinobas, Pedro Gabriel Gil y María García, asomados al borde de la Bahía de Santander, esta semana./Alberto Aja
Mariale Guerrero, William Colmenares, Mariana Sinobas, Pedro Gabriel Gil y María García, asomados al borde de la Bahía de Santander, esta semana. / Alberto Aja

Cinco venezolanos residentes en Cantabria dejaron su país «para sentirse a salvo». Ahora, hablan de «prudencia» mientras esperan que el gobierno de Caracas caiga en manos de Guairó

Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

Cuando se acaba el café, María levanta la vista y dice: «Me acabo de beber mi pensión». Luego posa la taza, y parece mentira que quepa tanta ironía en ese gesto. María García fue profesora de Bachillerato en Caracas durante 26 años, y tras jubilarse, su pensión asciende a 18.000 bolívares, lo que al cambio son dos euros, «es decir, este café», dice. Sin embargo, cuando sonríe, su broma gana en brutalidad, porque lo peor que le sucede a María García, de 63 años, no es la inflación desmesurada que hace que todo cambio derrumbe el valor de sus posesiones, o que no pueda cobrar la pensión desde que reside en Cantabria en 2015. La brutalidad está en la frialdad con la que habla de la pérdida. Lo que ha dejado atrás es hoy un «vacío que lleva dentro» y que nadie ve, el mismo hueco que comparte con los otros compatriotas reunidos al borde del mar en Santander para este reportaje.

El océano y un régimen político de veinte años les separa de su hogar, Venezuela, el país que vive inmerso en una bicefalia de poder y que desde enero reza a Juan Guairó en el nombre del cambio. ¿Cómo se vive la esperanza desde casa? «Con prudencia», admiten. Acumulan en la espalda decisiones que vuelven relativa la actualidad, hasta el punto de que sólo creen «en los hechos». María, por ejemplo, un día llegó a casa después de haber pasado «siete horas haciendo cola en una tienda para comprar dos cajas de leche y detergente», y su hijo le dijo basta ya. «Vendí mi piso con toda mi vida dentro, lo vendí tirado. Sentí que había ahorrado toda mi vida para regalarlo y salir corriendo», dice. Tiene la mirada azul, la piel muy blanca, y un acento caribeño que no casa con el nordeste que acompaña el encuentro en la Bahía: «Venimos del Caribe, nunca me había puesto tantas chaquetas, y siempre tengo frío hasta en verano», dice con un humor que parece salir hasta debajo de las uñas. Se agarra a todo. Y sobrevive: «Tengo comida, techo, mis dos hijos están aquí y tienen empleo», dice, y sólo se quiebra cuando menciona a su nieto: «Él sigue allí». Sólo entonces, el verbo irónico de la profesora deja paso a lo de dentro. «Son muchas cosas, y la gente de aquí tiene que saberlo», dice con par de lágrimas, como si hiciera falta apelar a una empatía del pueblo cántabro para entender por qué casi dos mil venezolanos están residiendo en nuestra región.

¿Fin del chavismo? «Esperanza» y «prudencia» al otro lado del océano

Cuando Juan Guairó firmó como presidente interino de la República de Venezuela, 60 países reconocieron al líder, entre ellos España. ¿Cómo se vive este posible cambio en la distancia el emigrado? «Con esperanza y con prudencia», dicen: «En este momento, las cosas se están haciendo de forma diferente. Respetamos mucho las leyes y hemos esperado veinte años para salir de esta dictadura de criminales, siempre con la constitución, y ahora mismo contamos con el apoyo internacional», explica Pedro Gil, de la asociación Solidaridad Venezuela. «El pueblo quiere un cambio, hemos dejado atrás muchas vidas y presos pero ahora tenemos el aval de los países y en el marco del derecho internacional nos da un buen soporte», dice Gil, que reside en Castro Urdiales después de la detención del alcalde de San Cristóbal, Daniel Ceballos, para el que trabajaba su mujer.

Venezuela es habitual en las portadas de los periódicos, pero ¿qué hay detrás de las imágenes de las manifestaciones en Caracas, de las estanterías de supermercados desabastecidos? En mitad de esa narrativa, la experiencia personal de los emigrados tiene un antes y un después en la elección de Juan Guairó como presidente interino el pasado mes de enero. Reconocido por la Asamblea Nacional y unos 60 países -entre los que se encuentra España- , no es presidente de facto por el propio Maduro, que sigue al frente de la Asamblea en una dualidad institucional que refleja discursos paralelos entre los que ven en su régimen un lugar legítimo, y entre los que reclaman una democracia de facto.

Entretanto, los venezolanos hablan de medicamentos, de carne de pollo y arroz. «Me hijo se puso enfermo y no había forma de encontrar suero para hidratarlo, tampoco podías encontrar antibióticos». Mariale Guerrero, psicóloga de 34 años, eligió emigrar antes que alargar esa incertidumbre: «Nos fuimos para vivir más tranquilos, en paz». En ella, los términos suenan dulcificados, como si estuviera acostumbrada a comprender: «Cambias tu vida, cuelgas el título y tu profesión, y dejas aparte toda tu vida. Si compraste casa o tenías negocio o trayectoria, lo dejas todo porque necesitas apostar por un futuro, y desde que ha entrado este gobierno, Venezuela no lo tiene». En su caso, tras cerrar la empresa que tenía de atención multidisciplinar con seis personas, decidió seguir formándose: «La Universidad de Cantabria fue la única que nos facilitó el proceso para hacer todos los trámites», dice. Ella hizo una especialización; su marido, arquitecto, un máster. Su hijo, con 8 años, crece en Santander con botiquines llenos. Pero en la familia, algo siempre estará vacío.

«Mi vida era bella»

Claro que hay dolor en su forma de contar sus respectivas experiencias; claro que cualquier pregunta puede parecer una indiscreción emocional, pero cómo se escucha a alguien que ha dejado atrás a sus hermanos, a sus tíos, las calles de su infancia, el sabor de la fruta, el calor del Año Nuevo, ¿cómo se le pregunta a una joven de 36 años que envía por correo medicamentos a sus amigas, qué espera de Guairó? Mariana Sinobas contiene el gesto cuando pronuncia la palabra «esperanza». La dice despacio, como dice despacio también que sólo conoce a sus sobrinos por internet.

«Mi vida era bella», dice con como si cada sílaba le pesara en la boca: «Que tus sobrinos cumplan años y no los puedas felicitar porque están regados por el mundo es una de las cosas que nunca voy a poder superar. Y mira que he superado cosas en Venezuela». Entonces cuenta que en el último año que vivió allí la atracaron cinco veces, las dos últimas con pistola, y uno entiende que el dolor obliga a decirse despacio: «La última vez que me atracaron desee el tiro porque lo que venía después no iba a ser nada bonito. Gracias a que un ángel pasó por allí y me metió en su coche, llegué a casa». Ese mismo día se lo dijo a su familia: «Yo me voy, yo aquí no sigo». Así fue como desanduvo los pasos de su padre, natural de Reinosa que emigró a Venezuela, y que ahora con 80 años vive «sin su correspondiente pensión», emigrado en Los Corrales de Buelna. Los demás miembros de su familia «están regados por el mundo». ¿Cómo quedarse cuando el país registró 23.047 muertes violentas en 2018?

El dato

2.000
venezolanos es la cifra aproximada de residentes en la actualidad en la comunidad autonóma, según las cifras que maneja la Asociación Solidaridad Venezuela de Cantabria (Asolvecan).

La inseguridad de la que hablan no sólo de armas, ataques, o secuestros; no habla sólo de bienes de primera necesidad, de quirófanos sin utensilios, de racionamiento o de una caja de huevos que cuesta más que el salario mínimo. «Vinimos por las carencias de cosas más básicas; no sólo comida y gasolina, sino por la seguridad personal ante la alta delincuencia que hay, y sobre todo por la represión que podíamos recibir al ser mi esposa funcionaria de un gabinete de un preso político emblemático», dice Pedro Gabriel Gil, el más joven de los venezolanos reunidos. El preso del que habla es el alcalde de San Cristóbal, Daniel Ceballos, «junto con Leopoldo López». Por eso huyeron, porque después podían ser ellos.

La paradoja de las instituciones por duplicado

Venezuela se enfrenta a una situación insólita, desde que en 2017 el Gobierno de Maduro declarara en desacato la Asamblea Nacional (AN, en manos de la oposición) y convocó unas elecciones para crear la nueva Asamblea Constituyente, que además de tumbar la constitución chavista de 1999, se aprobó para eludir las órdenes del Parlamento elegido de manera legítima en las urnas en 2015. Maduro juró su cargo al frente de esa Asamblea Constituyente el pasado 11 de enero, apenas rodeado de representantes de algunos gobiernos como Rusia, Turquía, Cuba y México. En esa bicefalia, la AN decidió asumir las competencias del poder Ejecutivo. Un día más tarde, el presidente de la misma, Juan Guairó, se proclamó presidente interino. Estados Unidos y la Unión Europea reconocieron a Guairó. Ahora, hay dos presidentes de parlamentos en un mismo edificio.

«Esto son hechos», dice William Colmenares, «y los hechos son que el pueblo venezolano está pasando hambre, muriendo por falta de medicamentos y huyendo despavorido, a veces a pie, de la miseria que el socialismo del siglo XXI le ha impuesto». Él vive en Cantabria desde enero del pasado año, y cuenta -«si se me permite mostrar mi orgullo»- que su hijo mediano se graduará en Santander este verano en Ingeniería Informática. La formación de sus hijos fue, así como la inseguridad, la razón para dejar Venezuela. Ingeniero doctorado en automática, dejó su carrera académica tras 30 años de profesor, dejó también su casa, para que sus hijos pudieran terminar sus carreras en Uneatlántico, donde «les han convalidado parte de los estudios que habían realizado». Allí se veían constantemente interrumpidas, y uno de los hijos amenazaba con dejarlo. Por eso están aquí, en Cantabria. Y a pesar de que el doctorado de William por la Universidad de Toulouse es europeo, y por tanto, lo podría convalidar, salen adelante con un negocio de medicina natural que acaba de montar en General Dávila, y con las clases que imparte 'online' a través de la Organización Universitaria Iberoamericana (de Canadá).

El padre de Mariana dejó atrás Reinosa enla posguerra y progresó en Venezuela: ahora,los dos están en España

«Me dedico a matar tigres», y enseguida lo traduce como «hacer trabajillos». Incluso está llevando una tesis doctoral a distancia, y eso que en Venezuela, por la edad, ya está jubilado (las mujeres a los 55 años y los hombres a los 60) y debería cobrar su pensión. «Esa se la queda íntegra mi mamá. Es la única que queda allá, y aunque sólo le da para comprar una caja de huevos, al menos los tiene». ¿Cómo es posible que la riqueza de un país como Venezuela se contradiga con realidades personales como estas? William Colmenero habla entonces de su padre para demostrar la involución que todos denuncian. «Mi padre vivía en una Venezuela rural, sin luz, ni agua, ni carreteras. Nació en la misma casa que su padre y que su abuelo, y con una matrona. La familia vivía de sembrar frijoles y criar cabras. Era una zona muy desértica. Sin embargo, mi papá estudió, y ese señor que logró sacar la Primaria a los 18 años, pudo entrar en la industria petrolera y eso cambió su vida y la de toda la familia». Así fue como pasó de la Venezuela rural a la Venezuela moderna: «Papá tenía ahora luz, agua, atención médica, se compró un coche, se trajo a sus siete hermanos y todos se levantaron con él».

En la historia del padre de William está la catarsis de una sociedad que ahora, una generación después, ve cómo el camino de ida les obliga dar la vuelta entre protestas, manifestaciones y migraciones. Ese señor que se sacó Primaria con 18 años tuvo cuatro hijos, «pero ninguno de los cuatro quedamos en Venezuela». Esa es la moraleja de una historia que tiene a William viviendo en España y sus tres hermanos en Estados Unidos, «todos graduados universitarios de ese papá que cultivaba fríjoles y que comenzó barriendo en la industria petrolera». El caso de Mariana Sinobas o el de María García evidencia sin embargo lo fallido de la fábula: sus padres españoles emigraron en la posguerra, cuando el hambre y la carestía obligó a nuestro país a emigrar. El padre de Mariana dejó atrás Reinosa, y ahora es su hija la que desanda el camino para volver a empezar: aquí están de vuelta, en Cantabria.

«Nos prepararon nuestros padres, nos lograron, y por fin cuando estás en esa edad de 'ahora me toca a mí', te obligan a irte. Vete y déjalo todo atrás, no eres nada en el país al que vas, a menos que homologues o te reinventes», dice. «Ahora sólo importa darle esa oportunidad a tus hijos. Todo lo que has trabajado y luchado, no sabes si valió la pena». Y cuando entra en juego Estados Unidos y su sentimiento de intervención, responde: «¡Claro que Estados Unidos quiere el petróleo de Venezuela! ¡Y yo también lo quiero, no que lo regalen a China o a Cuba como están haciendo!». Y por una vez no esconde el cansancio de ciertas respuestas. La pregunta, en cambio, siempre es la misma: «¿Volveríais a Venezuela?», y en su prudencia está la prueba de que el hogar no es la casa que allá dejaron, sino el estado mental que ahora tienen que sostener.