Un viaje milenario al corazón de Santillana

Un viaje milenario al corazón de Santillana

La Colegiata de Santa Juliana, declarada Monumento Nacional, es una de las principales construcciones románicas de Cantabria

JAVIER GANGOITI

Si no fuera por las cámaras de fotos y los móviles de última generación de los turistas no habría forma de distinguir la visita de un viaje al pasado. Será el adoquín que cubre todo el suelo de la villa, los escudos medievales que adornan los muros de piedra o las buganvillas que crecen en las esquinas, pero Santillana del Mar tiene esa historia fascinante que invita a visitarla una y otra vez.

Ni siquiera hace falta retroceder miles de años y acercarse a la cueva de Altamira (a escasos dos kilómetros del pueblo) para intuir su atractivo. En cuanto uno llega a este pequeño pueblo se da cuenta de su valor e importancia como uno de los núcleos clave en la Edad Media de Cantabria. Su interés se debe, entre otros secretos escondidos en la villa, a la Colegiata de Santa Juliana. Levantada sobre un monasterio del siglo IX y reformada durante los siglos XVI y XVII, culmina el extraordinario patrimonio de Santillana del Mar frente a la plaza del Abad Francisco Navarro. Aquí todo tiene su historia.

Ya antes de que abran el claustro a las visitas, decenas de personas rodean el monumento. Todos vienen de lugares diferentes, y posiblemente el tamaño de su mochila delata también su destino. Si el equipaje se ha transformado ya en una extensión de la espalda del excursionista, no hay duda: están ante un peregrino realizando el Camino del Norte hacia Santiago de Compostela. Con todo lo que les queda por delante, 446 kilómetros, les vendrá bien descansar y admirar el románico con un vaso de leche (la mejor que han probado) y un trozo de bizcocho, otro de los tesoros ineludibles de la localidad.

El templo fue levantado sobre un monasterio del siglo IX, y atravesó diferentes reformas en el XVI y XVII

En el siglo III, Juliana de Nicomedia fue condenada por su padre, uno de los perseguidores más feroces de la época

Todavía no han abierto la puerta cuando alguno ya ha agotado la batería de la cámara. No es para menos. La fachada, los escudos y las inscripciones del exterior de la colegiata ya son un auténtico lujo, pero la verdadera belleza está en el interior. Una vez dentro, la entrada sitúa al visitante en la galería oeste del claustro, justo a la izquierda de uno de sus rincones más especiales. En esa esquina se encuentra la capilla de la familia Polanco, un noble linaje originario de la villa. Justo al lado, se impone una de las figuras más brillantes y hermosas de la cita: una representación de Luis IX de Francia. El propietario de la capilla estaba emparentado con los monarcas galos y no dudó en hacer un hueco a esta preciosa figura. Los más observadores ya han visto este parentesco en el escudo tallado a los pies del sepulcro, donde luce la Flor de Lis (una imagen distintiva de los 'luises' franceses).

Dando la vuelta a la galería se hallan diferentes sarcófagos apoyados sobre el suelo. Ahí descansan diferentes abades y personajes relevantes del siglo XV, justo cuando el vuelo fulminante de las palomas interrumpe el silencio, asustando incluso a los turistas. «¡Ay!», exclaman los más sumergidos. Lo cierto es que sólo por la paz de la morada merece la pena dar al menos dos vueltas a la galería antes de entrar a la iglesia. Aquí ya pueden abrir bien los ojos porque no se permiten fotos. Hay que retener en la mente todos los pilares, arcos y las diferentes figuras que homenajean a la mártir.

Todos esos elementos, incluido el enorme órgano (¡qué órgano!) que custodia la sala capitular, cuentan la historia de una doncella de finales del siglo tercero, Juliana de Nicomedia (actual Turquía). Convencida cristiana en tiempos de una gran cacería contra estos fieles, tuvo la mala suerte de ser hija de uno de los más ardientes perseguidores paganos. Cuando supo de la religión de Juliana, su padre la condenó a palizas y extremo dolor antes de ser decapitada. Muchos no pueden evitar una mueca de desconsuelo al leer cada detalle. Tal vez por eso sea tan difícil abandonar la iglesia. La solemnidad del templo invitan a quedarse varios minutos presenciando la figura de Juliana de Nicomedia.

Su vida forma parte del legado de Santillana del Mar. Una herencia que convoca a turistas de todo el mundo a una villa fascinante. No en vano atesora un monumento inigualable y una historia al alcance de pocos lugares en el país. Con razón es uno de los pueblos más bonitos de España (y por qué no, del mundo).

 

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