Bonnie y Clyde, los mejores guionistas

Bonnie y Clyde, los mejores guionistas
  • Al final el mejor gag de los Oscar fue un error

El cine solapado por el cine. Los mitos carcomidos por sus personajes. La ilusión y los sueños desbrozados por 'La La Land' maldita y esperpéntica realidad. Al final, el mejor gag de los Oscar fue un error. De sobre en sobre y tiro porque me toca...la estatuilla. Warren Beatty y Faye Dunaway, más Bonnie y Clyde que nunca, ejercieron de ladrones de equívocos y en la noche blanca y dorada de la diversidad de Hollywood casi acaban acribillados, como en la ficción, pero a bromas en Twitter, entre finales alternativos y capturas de pantalla.

Jimmy Kimmel, el presentador más hierático pero certero de los últimos años, había resumido el año cinematográfico con una lúcida sentencia: «Los blancos salvaban el jazz, los negros la NASA». Pero nadie esperaba que los mejores guionistas de la noche fueran la pareja acartonada de presentadores/atracadores en ese cierre antológico de errores que daban ganas de apelar al ojo de halcón para conocer en el desempate cuál de las dos películas tenía la estatuilla más larga. Hace ya años que en un reparto más industrial, comercial y de intereses que de verdadera justicia poética, se ha prodigado el absurdo de que mejor director y mejor película no coincidan.

Hace unas horas, al suspense se le añadieron notas carnavalescas y 'Moonlight' y 'La La Land', dos grandes y muy diferentes creaciones, quedaron enterradas por un chiste malo que los hermanos Marx hubieran incluido con naturalidad en su camarote desbordado por candidatos ávidos de estatuilla. Mientras Donald Trump, ese error político, había decidido contraprogramar con otra gala, un planeta Hollywood de blanco y plata toreaba con los dorados de la moda sobre una pasarela que auguraba palos al presidente sobrevalorado. Sin embargo, todo quedó en un tibio y fino pasaje anti Trump, con homenaje y coronación a Meryl Streep, más melifluo que ácido.

La cosa empezó con Justin Timberlake bailando entre los asistentes y se acabó más amarga que 'Manchester frente al mar'. El grito, algo mudo y discursivo, fue el de tolerancia frente al miedo, y hubo lugar para recordar el muro (con Gael García Bernal ejerciendo de necesario grafitero), Siria, los refugiados y las medidas antinmigración de Trump con el homenaje al director iraní Asghar Farhadi.

Turistas en la sala

El momento gag de la ceremonia fue el fruto de un 'engaño' –como el que sufriríamos todos al final–, cuando un grupo de turistas que pensaban que iban a visitar una exposición accedieron a la sala y recorrieron el espacio entre el escenario y la primera fila de estrellas con sus móviles, entre el asombro y la sensación de haber recalado en el museo de cera. El 'selfie' más mediático de Ellen De Generes queda ahora eclipsado por este itinerario de anónimos ilusionados.

Del cielo del Dolby Theater de Los Ángeles llovieron golosinas pero no pudo ser lo del mejor capricho cinéfilo de la noche: ver a Isabelle Huppert con su Oscar. Aunque la encantadora y cautivadora Emma Stone es una justa ganadora. Y Casey Affleck, que parecía un extraño extrañado de verse entre su hermano y el resto de estrellas, obtuvo un merecidísimo premio. Seth Rogen y Michael J. Fox rindieron homenaje a 'Regreso al futuro' y el mundo afroamericano vivió su justo protagonismo aunque a veces todo sonara a forzada cuota social. Luego llegó el 'pasapalabra' de sobres, errores y cintas de vídeo.

El poder del cine para hacernos soñar era la máxima que presidía la melodía sentimental de una noche que acabó envuelta en la neblina de una equivocación, con ese efecto especial que tienen las pesadillas. Bochorno glamuroso. Antes Jimmy Kimmel había mandado un 'tuit' a Trump. Al final, entre la confusión y el surrealismo, invitados y espectadores parecíamos personajes de 'Zootrópolis', mientras la fantasía quedaba detenida por la policía política y un lema de pensamiento único: «a ver quién mete más la pata».

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