La aguja de la memoria

'El sótano de ma' | Género: Terror; Dirección: Tate Taylor; Salas: Cinesa y Peñacastillo

GUILLERMO BALBONASantander

Lo perjudicial es dar por hecho que estamos ante una nueva entrega de terror psicológico. Lo dañino es creerse que se ha buscado una variante del subgénero de instituto. Ya se sabe, ese grupo de adolescentes tontorrones inmersos en una escapada presuntamente salvaje. Y lo estúpido sería perderse una de las mejores actuaciones de la temporada, la que brinda Octavia Spencer en este 'Misery' con enemigo colectivo y con Stephen King ausente. Con más pericia y personalidad el magnífico guion podría haberse convertido en una atractiva, fina y sugestiva vuelta de tuerca al rencor, a la venganza y a los límites y vasos comunicantes entre inocencia y culpabilidad.

'El sótano de Ma' estremece y provoca desazón y acidez moral cuando Spencer va soltando bilis con una interpretación por la que asoma todo tipo de aristas y miradas esquinadas. Esta 'Carrie' en época de likes, redes sociales, amigos como la cifra del producto interior bruto y linchamientos colectivos y muchas veces anónimos, puede sonar a pequeña cosa pero sus dardos están más vivos que nunca. Probablemente no exista un filme tan actualmente vivo en el presente como 'Furia' de Fritz Lang y es de los años treinta.

Tate Taylor, actor y cineasta de 'La chica del tren, que empezó a despuntar con 'Criadas y señoras', desaprovecha ese magma invisible del odio que va creciendo como una lava hasta impregnar las calenturas adolescentes de una transfusión de maldad y de enfermiza frustración. Cuando el filme se mantiene equilibrado entre vibraciones y ese contagioso cosquilleo de incomodidad, crece y se eleva con Spencer dando lecciones de sostenibilidad. Cuando se desata y enseña sus cartas se convierte en un manido thriller con tentaciones de telefilme y un desajustado ritmo entre el personaje y el entorno.

La sutileza desaparece y, tras unos flashbacks cada vez más torpes, la dirección descuida el estupendo guion y solo se obsesiona con alcanzar un clímax previsible y superficial. Lo que era una progresiva construcción de zozobra y desasosiego sobre la aguja de la memoria, las espinas del pasado y la manipulación emocional, muta en una búsqueda facilona de estremecimiento, más lúdico que lúcido, con lo que se desmorona toda la carga de crítica social que asomaba entre los resquicios de su planteamiento.

Ya no hay humor negro ni mirada cáustica y la esencia del escarmiento pierde su personalidad argumental. Nos queda Spencer, como una Kathy Bates domando adolescentes, persiguiendo los cristales afilados, la jeringuilla y las dosis adecuadas de venganza para linchar/pinchar todos los muñecos rotos que escondemos en nuestro interior como cadáveres en los sótanos de la memoria.