Más bien, susurrante y bermeja

La espía roja | Género: drama; Director: Trevor Nunn; Salas: CinesaSantander y Peñacastillo

Más bien, susurrante y bermeja
GUILLERMO BALBONASantander

El toque british logra suplir carencias, maquillar el relato y dopar con anfetamina estética la debilidad del guión. De igual modo dos actrices, la siempre sobria y magistral Judi Dench y la joven Sophie Cookson, muy en su sitio, aportan matices donde la cinta balbucea por incapacidad de Trevor Nunn y por ese empeño en priorizar la ilustración con corrección, todo muy aséptico, sin profundizar en una personalidad singular. Dench, que es capaz de elevar a la excelencia todo lo que la echen encima, refleja las entrañas del personaje desde la evocación en un interrogatorio patético, y salva el espíritu de este retrato basado en un caso real y ajeno al perfil estereotipado de lo que ha representado el espionaje durante el siglo XX.

Problemas de conciencia, enredos amorosos y decisiones tomadas más con el corazón que con el intelecto hacen de este caso un perfil especial. Realizador televisivo de una versión de 'El rey Lear', Trevor Nunn dirigió una película por década, 'Noche de reyes' y 'Lady Jane', antes de enfrentarse a este perfil curioso de trama oscura y línea clara donde están implicados el MI5, la KGB y los estudios e investigaciones de física en Cambridge.

Lo que sucede es que 'La espía roja' es monótona, narrada en bucle, sin distinguir la tempestad de la calma y su academicismo – en sí mismo nada negativo– se acompaña de una atmósfera acusada de telefilme. La vida de Melita Norwood, que participó en el programa de armas nucleares de su país durante la posguerra y transmitió secretos cruciales a la KGB, lo que permitió a los soviéticos acelerar la construcción de su propia bomba atómica, es el fundamento de la historia pero ni de la alternativa entre pasado y presente ni de la singularidad emocional, sentimental e intelectual del caso, Nunn sabe exprimir algo de savia nueva. El trabajo hacia dentro de Dench y la frescura y fragilidad de Cookson revelan más asideros que el equilibrio de fuerzas al que apela la ficción al mostrar el discurso moral y político de fondo con la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría como parámetros.

El espionaje, sus sombras y secretos apenas adquieren textura porque el filme se limita a ilustrar, con pulcra ambientación, una serie de pasajes un tanto plomizos y uniformizados en diálogos y situaciones. Pese a la difícil convivencia en la que discurre el camino vital de los personajes y sus diatribas y peripecias, la reiteración es norma y es imposible notificar el drama de unas dobles vidas que se antojan trágicas. Todo es convencional y de postal con diálogos de manual y tesis superficial, epidérmica y vulgar. Más que espionaje, el relato resulta susurrante, de porcelana, y más que roja, bermeja. Una mirada simplista, sin tensión, desmayada en un bombardeo de convenciones.

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