Estilizada parranda

'John Wick: Capítulo 3 -Parabellum' | Dirección: Chad Stahelski; Género: Acción; Salas: Cinesa y Peñacastillo

GUILLERMO BALBONASantander

Me puse el reto de hacer la cuenta de muertes que contiene el filme pero la eficacia asesina de John Wick me superó. Quise distanciarme de esta apuesta salvaje, de acción por la acción, incluso de videojuego en carne, hueso y sangre, pero me deje llevar por la acción planificada y detallista de sus escenarios y de su coreografía letal. En fin, adopté una postura seria ante tanta superficialidad y quedé atrapado en el bucle de esta parranda estilizada donde el argumento se limita a una interminable persecución y el enredo es mera opereta de exterminio. Pero tras todos estos visillos de paradoja visual, mirada aparente y deslumbramientos mortal, el regreso de John Wick rezuma un humor negro, autoconsciente, paródico y deconstruido que la convierte en material profundamente jocoso.

La peripecia de fuga y redención, amparada en rituales de códigos familiares, mafiosos, legados de honor, traiciones y sicarios, mercenarios y perros (aunque son hombres los que más muerden) tiene algo de distopía en modo Fortnite, aquí un juego de supervivencia en el que el trajeado y cojo personaje que encarna Keanu Reeves arrastra su pasado y se enfrenta a centenares de cazadores con ganas de lucrarse. Todo el filme es una puja al alza por la cabeza de este outsider, proscrito y patético hombre en fuga. Esta tercera entrega (habrá más, muchas más) con el añadido epígrafe de 'Parabellum' –por si existía alguna duda–, posee vocación de serial interminable por cuanto la capacidad de superivencia del personaje carece de techo y límite.

Hay una condición de viñeta en cada fragmentación de la huida y el filme alcanza cotas insuperables en su ecuación de humor y acción como el combate en la Biblioteca de Nueva York con los tomos de la 'Divina Comedia' de Dante y unos cuentos populares rusos como escudo, la lucha con cuchillos en un pasillo angosto, o la persecución nocturna de motos y caballo por las calles de la ciudad, todos ellos cuadros epatantes de singular atracción. Chad Stahelski y David Leitch –especialistas en escenas de acción– iniciaron hace un lustro esta hipérbole de cine de género. Venganza, violencia extrema (casi gore en ocasiones) pero con sentido caricaturesco y conflictos esquemáticos y primarios. Con semejantes ingredientes la apuesta no ha hecho más que dar vueltas de tuerca, encumbrar los escenarios y estilizar las coreografías hasta ese éxtasis final, una media hora de cristales y espejos laberínticos a modo de instalación de arte contemporáneo. Crudeza desnuda y cine-espectáculo de alto calibre, adrenalina y pulsiones viscerales.

El objetivo es básico: que el espectador se crea dentro de un interminable juguete de acción y muerte donde la lucha es polivalente, se estructura en fases y todo adquiere textura de cómic afinado. Es pornografía de la violencia presentada entre luces de neón y una cuidada e intachable estética de videojuego trágico. No asumir esas premisas significa rechazar el filme desde el primer plano. Si no es así, se asistirá a una danza barroca de muerte y dolor, de originalidad e impacto inmediato, de efecto y brutal eficacia.