Hasta el infinito…

Toy Story 4 | Género: animación; Dirección: Josh Cooley; Salas: Cinesa y Peñacastillo

GUILLERMO BALBONASantander

Arrebatadoramente romántica, prodigiosa en su construcción visual, 'Toy story 4' más que cerrar una tetralogía, prolonga un estado donde el juguete, la imaginación y los afectos abren otra ventana a la ilusión.

No hay zonas cero ni opacas ni muertas en esta exaltación de poderoso ingenio y ritmo exuberante. Más que una película, un título ubicado en una de las grandes franquicias de la historia, y cumbre de la animación, que lo es, 'Toy story' se ratifica como un territorio reconocible donde a partir de un personaje primario y artesanal ('basura' es el eufemismo repetido como un mantra frente a lo tecnificado y sofisticado pero vacío) se levanta un templo imaginativo, incesante en sus soluciones narrativas y formales y todo ello en apenas tres escenarios íntimos, globales y bien diferentes: el domicilio familiar, una tienda de antigüedades y una feria o parque de atracciones.

Y, sin embargo, el filme nunca se muestra grandilocuente ni barroco. Su potencia y capacidad para reinventarse no debe distraer de su enorme sutilidad para los detalles. La profundidad de campo y las texturas, planos y perspectivas, movimientos de cámara y detalles transversales son de una perfección y un encanto difícilmente superables.

El debutante Josh Cooley eleva la secuela a otros parámetros estéticos y narrativos sin traición ni salidas de tono. Hay en 'Toy story 4' una hondura visual siempre encauzada para dotar de vida a esos juguetes que dan la vuelta a su identidad y sentido existencial para convertirse en guías y en metáforas de la búsqueda de libertad y de la necesidad de amar. Frente al desarraigo y la orfandad hay una lección no moralizante (salvo las concesiones cosméticas habituales inherentes a Disney) que discurre y crece sin agresiones ni discursos: el compromiso, la amistad, la querencia, la pertenencia.

Pero todo este magma erupciona con coherencia y, como un latido, se desborda con toda su lava imaginativa desde un volcánico sentido de la aventura, el asombro y el deslumbramiento visual pleno de hallazgos y de delicados golpes de gracia, ironías y en equilibrio permanente entre lo coral y lo protagónico, un factor que suele suele hacer descarrilar muchos títulos de animación por desmesura y ambición mal entendida. Además, idéntica armonía posee su mirada infantil, exultante y jocosa, imparable y esa reflexión adulta que habita en sus imágenes.

Como en el Ford de 'Centauros del desierto' aquí el rescate de un personaje recorre la columna vertebral de esta ópera colorista sobre lo pequeño y lo grande, la aventura interior y la exterior. Hay delirio y revisitación de géneros, viaje íntimo y apelación a superar los traumas, asideros y saltos al vacío. Vértigo y emoción. Regálense este juguete en verano. Su mando está en el cerebro y su cargador en el corazón.

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