Mortandad, fraternidad, libertad

Los hermanos Sisters | Género: Western; Dirección: Jacques Audiard; Salas: Cinesa

Mortandad, fraternidad, libertad
GUILLERMO BALBONASantander

Más que un western, es un estado de vida. Cabe en él lo resabiado y solapado del género. También la atmósfera crepuscular de un modo de estar en el mundo que se escurre por las rendijas del paisaje. Tiene tanto de balada letal como de poema único sobre el amor y la muerte. El cineasta de 'Óxido y hueso', que se viene caracterizando por la singularidad narrativa, firma un western total desde la distancia, casi sin pretenderlo, desde un escepticismo constructivo en el que personajes y paisajes resultan tan fundacionales como decadentes.

'Los hermanos Sisters', curioso título basado en la novela de Patrick deWitt, es un trayecto mortal en el que la ambición, la ansiedad y el deseo configuran el destino pero que, como en los clásicos griegos, como en Itaca, lo importante es el camino. Y en ese pasaje, en ese discurrir, el director de 'Un profeta' traza una poética del género en la que asoman la mortandad, la fraternidad y la libertad.

Jacques Audiard, probablemente desde 'Sin perdón', ha firmado la mejor incursión en el territorio, los códigos y la iconografía de un lenguaje universal, al que recurre desde una mirada de extrañeza. Todo el filme es como una como una fotografía ocre en la que dos criaturas, hermanos con apellidos de hermanas, practican una especie de supervivencia desde el exterminio, cuya contradicción consiste en buscar su lugar de vida y en el mundo mientras siembran el camino de muerte.

La película está vertebrada por contrastes, dualidades y un juego de oposiciones entre la pareja protagonista –fantástico John C. Reilly–, y sus encuentros azarosos o no con otras criaturas y realidades. El cineasta de 'De latir, mi corazón se ha parado nunca' se aparta de los estereotipos pero los transgrede con sus planos, su gramática parda, su edificación estética rupturista. Ejemplos muchos: hay una manera diferente de mostrar la cabalgadura; el mar asoma en una escena bellísima, a modo de pausa de esa oscuridad y ocaso permanentes, y brillan los detalles, todo dentro de una burbuja de desazón, de pérdida, de juego entre el pasado y el futuro. Y la fisicidad lo empapa todo hasta incluso las notas de humor negro y picaresca.

En este sentido, el cineasta incluye un ritual de purificación por donde se anuncia la modernidad como esa ablución constante, desde la cisterna al cepillo de dientes. Está lo legendario pero también lo rutinario, y esa continua confrontación entre la barbarie y la civilización, entre la violencia y el diálogo, entre lo visceral y la utopía. Desde el tiroteo nocturno inicial, como un deslumbramiento, hasta el magistral homenaje fordiano final, el abrazo como la verdadera utopía, Audiard se mueve entre el homenaje y la furia personal, entre la catalogación de todos los fundamentos del género, geográficos y metafóricos, hasta el uso personal de la violencia.

De tal modo que crueldad y paisaje, melancolía e intimidad, salvajismo y naturaleza dialogan, se muerden, se ofrecen y se derraman con la misma facilidad como lo hace la sangre de quienes habitan esta odisea, esta mitología reconocible que revela, sin embargo, sus resquicios, sus lados oscuros, sus sombras. Una obra hermosa, serenamente inquietante, que estruja el nihilismo para supurar fogonazos emocionales.

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