Pasen y vean... y escuchen

En la feria santanderina no sólo hay cedés y vinilos, sino películas en DVD, camisetas de grupos, chapas, latas para la pared.. / Daniel Pedriza

Un recorrido por la Plaza de Alfonso XIII que acoge hasta el domingo la tercera Feria Internacional del Disco y Coleccionismo

Javier Menéndez Llamazares
JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

Por muy civilizada que parezca la plaza de Farolas, su visita esta semana puede resultar de lo más peligrosa. A poco que uno le guste la música, un idílico paseo por la bahía o el ya tradicional selfie encaramado al Centro Botín puede acabar en una aventura comparable a un safari –surfero, por supuesto– o a una caza del zorro que termina con las bolsas llenas de discos y los bolsillos vacíos. Demasiadas tentaciones.

Quizás por eso, antes de acudir a la Feria del Disco los más precavidos cuentan el dinero y se lo toman con calma. Justo al contrario de los madrugadores, que ya revolotean por los puestos antes de la hora de apertura. Son los más fieles, los que nunca faltan a la cita y a los que el año de espera se les hace demasiado largo. Y también, los que permiten que las cuentas cuadren, como nos desvela Ana Sinatra, mientras recoloca la sección de grupos cántabros. En la pared de su puesto lucen vinilos añejos de Melopea, los Deltonos o Las Manos de Orlac, pero también de la última hornada: Los Estanques, Aitor Ochoa, Los Chicos…

Este año la feria tiene algunas ausencias notables, como la psicodelia americana de Caemu, aunque lo que más se echa en falta es la ambientación musical de pasadas ediciones; donde antes pinchaba Luis Avín ahora hay una trapa echada. Paradojas de la nueva ley de espectáculos, que parece conspirar contra su propio sector.

Sin embargo, la feria sigue siendo el hábitat ideal para esa especie de cazadores-recolectores que son los coleccionistas, y para los adictos al picoteo que no podemos resistir la llamada de un cajón repleto de discos, siempre que luzca encima la etiqueta adecuada. Así, como en uno de esos viajes interminables por la autopista, en los que te pasas horas adelantando y siendo adelantado por los mismos coches, los visitantes curiosean en los puestos casi siempre con un objetivo definido; a mi lado, por ejemplo, coincide en cada caseta un joven de melena asalvajada irreprimiblemente atraído por las etiquetas de heavy y rock. Le escolta una chica que cada vez lleva más bolsas en la mano, y cuando llega al puesto de los berlineses Scractch Records ya empieza a regatear con los vendedores.

Y es que la crisis parece que no va a terminar nunca, o en cualquier caso, que dejará secuelas permanentes, porque los que trata de negociar son mucho más numerosos que otros años. Eso sí, si los vendedores te bajan un euro, luego te cobran la bolsita. Quince céntimos por el medio ambiente, o para lavar la conciencia de nuestros gobernantes.

Otros recorren toda la plaza preguntando por un disco concreto, por poetas cantados o por el cante jondo. Aunque la mayoría se entretienen rebuscando, en una temporada en la que parece haber menos ofertas que de costumbre. En pocos puestos hay saldos –DiscosXmil tiene singles a un euro, en Disco Loco son los elepés–, aunque los precios en general parecen más contenidos. «Con internet está todo muy tasado», comenta Manu, que no tiene ni tienda física porque en Madrid no podría mantenerla. En su puesto el que suscribe encuentra un botín, trescientos singles de los más granado del pop nacional de los ochenta y noventa.

Y se lleva para casa un single de cubierta redonda, el 'Sha la la' de los Kamenbert, una banda mod barcelonesa con la que el éxito fue esquivo. Sin embargo, se queda con las ganas de arramplar con media feria, desde el 'Moros en la costa' de Morcillo el Bellaco hasta los primeros singles de Parálisis Permanente. Y hasta de llevarse discos repetidos, que ya es vicio: 'La amenaza amarilla' de Los Nikis –aunque sea la reimpresión de Lolypop–, 'Luces rojas', de Los Flechazos… Y muchos plásticos de los Ramones.

Aunque los gustos están cambiando, y se nota en los puestos. En los últimos años se ha multiplicado la oferta de cedés, algo anecdótico hace un lustro, cuando parecía casi un pecado confesar que en casa tenías duplicada toda la discografía, en vinilo y en compactos.

Sin embargo, los cedés han cobrado tanto protagonismo que sus precios se equiparan casi al de los vinilos. Misterios del mercado. O la lógica de la edad: para los nacidos en los noventa era el formato dominante, hoy día arrinconado por el mp3 y la 'música invisible'. La nostalgia va por barrios, pero a ver cómo se revenden en las ferias del futuro las descargas digitales y las compras en itunes.

Al final, lo que menos hay son singles. En algunos puestos ni siquiera han traído. En cambio, se venden películas en DVD, camisetas de grupos, chapas, latas para la pared, figuritas de resina con los Kiss o los Stones, posters, parches… Hasta Robert Smith de los Cure mira a la catedral, serigrafiado en un pañuelo gigante. Pero, mientras llega la decadencia, todavía podemos disfrutar de los pequeños placeres de la feria. Como charlar con los vendedores; cada uno tiene su historia, y mucho que contar sobre su vivencia del mundo de la música. Y en cualquier puesto, agazapado entre otros título, puede uno encontrar un pedacito de su biografía, en forma de banda sonora de su propia vida. Como cuando aparece 'Ya lo ves', de los ponferradinos Menta, y uno no puede evitar sacar una foto y enviársela a Mario Tascón, su batería, como un déjà-vu de 1980. Así que, como reza el cartel de Discos Satélite, 'Pasen y vean'. Y no traigan demasiado dinero: podrían salir arruinados

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