Luz y rugido

La actriz María León.
La actriz María León.
  • Con 'Marsella', María León deja claro que puede militar tanto en la comedia costumbrista como exudar desgarro, instalarse en la desdicha exhibiendo con clase esa naturalidad que solo poseen las actrices de talento

Destila esa complicidad embriagadora de las intérpretes que son antes mujeres que actrices. Hay algo volcánico, primitivo y de raza en esta faraona de comedia que deja asomar, en cuanto se le cruza un papel con pliegues, una extraña facilidad para matizar lo dramático y apropiarse de una idea, de un lugar, de un resquicio entre fotogramas.

Aunque el peso de Carmina (y amén) y de su hermano, el actor y realizador Paco León, es muy grande, desde que sintiera el Goya en sus manos por 'La voz dormida' ha crecido en solidez, supera cualquier encasillamiento y desliza con apasionada entrega sutiles encantos.

María León tiene algo de copla pegadiza y cuando aparece en pantalla uno no sabe si desprenderá un plano desgarrador con ojos fuertes y guiños a las actrices con carácter, o le saldrá un monólogo cómico mirando a cámara con tanta verborrea como seducción.

Con 'Marsella', más que dar un paso, lo que ha dejado claro es que puede militar tanto en la comedia costumbrista, en ese ecosistema donde junto a su hermano y su madre conforman un ADN de escuela de interpretación de clan y solera, como exudar desgarro, instalarse en la desdicha exhibiendo con clase esa naturalidad que solo poseen las actrices de talento.

Lo que la define es esa mezcla de serenidad y rugido, de mirada en suspensión y enérgica improvisación. Con una filmografía que revela una prudente y acertada elección de trabajos, esta actriz que transmite nervio y capacidad para salirse de la partitura más previsible, siempre enseña la vida entre las costuras de sus personajes.

En la road movie emocional y física de Belén Macías su perfil de chispa y genio enciende lo maternal y lo femenino. Su explícita transparencia radica en esa extraña facilidad con la que María León deja que lo epidérmico y lo oculto impregnen un cómplice vínculo que logra con el espectador.

Luminosa y casi siempre creíble, su cordón umbilical está hecho de delicadeza y sorpresa: ese relámpago natural que lo mismo resucita un personaje, que deja una invitación a seguir descubriendo el rastro invisible de una interpretación.