Wes Anderson, un director obsesionado con la fotografía

Wes Anderson. /
Wes Anderson.

El realizador de 'El Gran Hotel Budapest' destaca por darle un aire retro a sus películas, su meticulosidad con las simetrías, su particular humor absurdo y por un sentido narrativo y visual sobresaliente

JAVIER VARELAMadrid

Hablar de Wesley Mortimer Wales 'Wes' Anderson es hacerlo de un director de cine, de un guionista, de un actor esporádico y de un productor de cortos y anuncios. Un director de cine que genera escepticismo en muchos cinéfilos y un todoterreno que, sin embargo, ha destacado por darle un aire retro a sus películas y con cierto tinte de anticuado. Mucha culpa de ello la tiene esa apuesta tan personal por la fotografía que convierte cada plano de sus películas en imágenes definitivas. De hecho, Anderson es capaz de conseguir -algo muy difícil en el cine actual- que con sólo ver cuatro planos de una película suya la reconozcamos al instante.

Las películas de Wes Anderson van unidas, inescrutablemente, con el nombre de Robert D. Yeoman, su inseparable director de fotografía, que les convierte en el tándem que más cuida la fotografía del cine actual. En sus películas, y 'El Gran Hotel Budapest' no es menos, deja patente su obsesión por las simetrías, por los puntos de fuga y por respetar los principios básicos de la fotografía como mantener los tres tercios a lo alto del plano. Tal es su obsesión por la fotografía que muchas de sus escenas parecen distorsionadas y más pensadas para una foto que para un plano, algo que los puristas del séptimo arte no le perdonan y le echan en cara. Otra de sus peculiaridades es su pasión por el color amarillo, con todos sus matices y gamas. Tal es su 'pasión por este color que los sets del rodaje, el atrezo, la vestimenta y escenarios suele tener esa influencia.

Pero no todo en Wes Anderson es la imagen y su obsesiones. Hablamos de uno de los directores más interesantes de la actualidad, poseedor de un sentido narrativo y visual sobresaliente que le ha llevado al podio de buena parte de la crítica y de sus incondicionales. Eso y su fascinación por el humor absurdo, algo que muchos de sus detractores le echan en cara y que en muchas de sus películas le lleva a abusar de argumentos mínimos y de largos diálogos -en alguna ocasión faltos de sentido-.

'El Gran Hotel Budapest' es la última gran obra de este director estadounidense que ya sorprendió para bien con 'Rushmore', 'The Royal Tenembaums', 'Hotel Chevalier' o 'Moonrise Kingdom'. Todas ellas destacan por ser en realidad cuentos cinematográficos a través de los personajes, de los paisajes y de los planos. Su meticulosidad por los detalles se puede ver también en las bandas sonoras de sus cintas, que también cuida hasta el extremo y que se pueden disfrutar por igual con sus guiones y sus escenarios. En contra se puede decir que tanto sus películas como sus personajes -de forma intencionada- viven en una burbuja propia, ajena al tiempo y a las modas. Quizá por eso provoquen tanta fascinación.