Julianne Moore, una 'rara avis' en la jungla de Hollywood

Julianne Moore, en 'Siempre Alice'. /
Julianne Moore, en 'Siempre Alice'.

El papel de una prestigiosa lingüista que padece el mal de Alzheimer le sirve para plasmar con una crudeza sobrecogedora la fragilidad del destino de cada ser humano

ÓSCAR BELLOTMadrid

Julianne Moore es una 'rara avis' dentro de la jungla de Hollywood. Tal vez sea por ello que han tardado tanto en llegarle los parabienes que ahora le llueven en casacada. Natural, sencilla, sin miedo al paso del tiempo y a las arrugas que a otras estrellas atemorizan, activista por los derechos de los homosexuales y embajadora de Save the Children. Capaz tanto de despertar los sueños eróticos más inconfesables de los espectadores besando a Amanda Seyfried en 'Chloe' como de abordar con total franqueza y desprovista de afectación los problemas de una familia tan poco convencional como la que integra junto a Annette Bening, Mia Wasikowska y Josh Hutcherson en 'Los chicos están bien'. Tan pronto es la madre perfecta como una mujer cargada de sensualidad. Un día mantiene una relación incestuosa con su hijo ('Savage Grace') y al siguiente se calza las botas de una cantante de folk a la que no hace falta mucho mirar para descubrir que tras ella se encierra la figura de Joan Baez ('Im not there').

Porque si de algo ha huido siempre Julianne Moore es del encasillamiento y de esos aires de diva que sí se da la Havana Segrand a la que pone rostro en 'Mapa de las estrellas', el filme de David Cronenberg que le valió una de las dos nominaciones con las que concurrió este año a los Globos de Oro. La otra, recabada por 'Siempre Alice' y convertida ya en galardón, la ha situado como 'favoritísima' de cara a la 87 edición de los Oscar.

Rodada en apenas 23 días y con un presupuesto minúsculo cuando de Hollywood se habla -cuatro millones de dólares- 'Siempre Alice' es el drama que tanto tiempo venía demandando Hollywood para hacerle, por fin, justicia a esta hija de un juez militar y una psicóloga que llevó una vida nómada en sus años mozos y que pisó las tablas de Broadway mucho tiempo antes de entrar en el radar de los cinéfilos interpretando a una doctora en 'El fugitivo' (Andrew Davis, 1993). Un papel secundario al que, sin embargo, dotó de la profunda carga emocional que infunde a todos sus trabajos. Como esa estrella porno adicta a la cocaína que queda marcada al perder la custodia de su hijo a la que ponía rostro en 'Boogie Nights', el filme de Paul Thomas Anderson que le valió su primera nominación al Oscar allá por 1998.

Más de década y media ha transcurrido desde entonces, un tiempo que le ha servido para sumar otras cuatro candidaturas a la estatuilla dorada. La segunda le llegó, en el año 2000, por 'El fin del romance', cinta basada en una novela de Graham Greene en la que se sumergía en una apasionada e ilícita relación con un escritor. Hubo de conformarse con aplaudir desde su asiento mientras Hilary Swank subía a recoger el premio gracias a 'Boys dont cry'.

Tres años más tarde volvía a pisar la alfombra roja con una doble candidatura bajo el brazo: a mejor actriz, por el papel de una perfecta ama de casa que escondía bajo su perenne sonrisa una tormenta de pasiones en 'Lejos del cielo', y a mejor secundaria, merced a su rol de Laura Brown en 'Las horas'. Pero una vez más pinchó en hueso. La Catherine Zeta-Jones de 'Chicago' se llevaba el Oscar a la mejor actriz de reparto en tanto que Nicole Kidman, compañera de reparto de Moore en la película de Stephen Daldry, hacía lo propio en la categoría de mejor intérprete principal.

El drama del olvido

El nombre de Julianne Moore no volvería a aparecer entre las finalistas a los premios que concede la Academia de Hollywood hasta este año, pese a actuaciones tan dignas de aclamación como las que ofreció en 'Hijos de los hombres', ese título de Alfonso Cuarón que hubiera merecido mejor fortuna en la 79 edición de los Oscar, o en 'Crazy, stupid, love', donde le ponía los cuernos a Steve Carell.

Cierto que seguía siendo respetada. A esas alturas se había ganado un estatus que la mantenía protegida del olvido. Pero seguía pendiente una cierta reivindicación. Lo logró, en parte, enfundándose los trajes que Sarah Palin lució mientras peleaba por convertirse en la primera vicepresidenta de Estados Unidos en 'Game change'. Su interpretación de la exgobernadora de Alaska que pasó de galvanizar la campaña del republicano John McCain a hundirla en el fango le sirvió para hacerse acreedora del Globo de Oro a la mejor actriz en una miniserie o película para televisión meses después de alzarse también con el Emmy. Pero lo mejor estaba por llegar.

Richard Glatzer y Wash Westmoreland hallaron en ella la perfecta combinación de fortaleza y vulnerabilidad que andaban buscando para retratar el dolor de una familia que ve cómo quien hasta el momento la había mantenido unida se sumerge en esa paulatina despedida que conlleva el Alzheimer.

Prestigiosa lingüista que da clases en la Universidad de Columbia, Alice Howland no tarda en percatarse de que sus facultates mentales están deteriorándose de modo irreparable. Lo que ocurre a continuación no es sino un progresivo descenso a los infiernos que arrastrará a sus tres hijos y a su esposo

Huyendo del recurso a la lágrima fácil, Moore dota a su personaje de una vitalidad decadente que sacude al espectador conforme se aproxima el inevitable desenlace. La contraposición entre esa energética mujer del principio, capaz de dominar con su intelecto a toda una sala de universitarios, y la suerte de bebé adulto a que la reduce la enfermedad al final, le sirve para plasmar con una crudeza sobrecogedora la fragilidad del destino de cada ser humano. Un canto a la vida iluminado por el talento de una actriz a la que todo apunta que, ahora sí, Hollywood hará justicia.