«Es sorprendente que la gente siga votando»

«Es sorprendente que la gente siga votando»

La ganadora del último premio Herralde, Cristina Morales, que participa en los 'Martes', apunta que «donde existe más carga de ficción es en la política institucional»

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARESSANTANDER.

Cuando Cristina Morales (Granada, 1985) se llevó el premio Herralde en 2018, en su trayectoria contaba ya con tres novelas -'Terroristas modernos (2017), Ed. Candaya, 'Malas palabras' (2015), Editorial Lumen y Los combatientes (2013), Ed. Caballo de Troya- y un libro de cuentos, además de las becas Han Nefken y Fundación Antonio Gala. Saludada por la crítica como una de las voces más interesantes de la narrativa española actual, su novela 'Lectura fácil' pone voz a cuatro mujeres, emparentadas entre sí, con diversos grados de discapacidad intelectual, que conviven en un piso tutelado en la Barcelona de nuestros días, devastada por la crisis y los desmanes inmobiliarios, en la que bajo el manto de la corrección política bullen los movimientos sociales libertarios. Cada una de estas mujeres -Nati, Patri, Marga y Àngels- dejará constancia de su propia rebelión frente a una sociedad tan opresiva que incluso pretende esterilizarlas. Y la 'lectura fácil' a que alude el título es una metodología para hacer más comprensible un texto a lectores con discapacidad.

-En un primer vistazo, un lector despistado podría pensar que ciertos pasajes de su novela están escritos en verso...

-Aunque la poesía no está en la base de la técnica de la 'lectura fácil', escribir esta 'novela dentro de la novela' sí que supuso para mí cierto juego poético, porque tuve que tener en cuenta nociones como el ritmo, de la extensión de cada línea, de la musicalidad que generaban por ejemplo las enumeraciones. Y en unas frases tan cortas que, efectivamente, lo que parecen son versos.

-El concepto 'lectura fácil' implica que también exista una 'dífícil'. ¿Cuál sería la 'escritura difícil'?

-Más que ese contraste, yo buscaba crear un texto que fuese en ocasiones legible y en otras interesante. Porque muchas veces la ilegibilidad no viene de la dificultad, sino de un contenido insoportable, ideológicamente.

-En su novela asoman personajes reales como Juan Soto Ivars; ¿son interferencias de la realidad en la ficción?

-Es un halago cuando alguien cierra el libro y piensa: «No sé si lo que he leído ha ocurrido en la realidad o no». Pero la diferencia entre ficción y realidad no es demasiado útil a la hora de juzgar una novela. Y lo mismo que sabemos que las circunstancias de muchas obras las han tomado los autores de la propia vida, por otro lado las novelas forman parte también de la realidad, porque se insertan en el discurso.

-Aunque no es un tema muy común en la narrativa española de las últimas décadas, su novela tiene una fuerte carga política.

-Los detentadores del poder frente a las políticas de la vida: ahí pone el foco la novela. El filósofo Paul B. Preciado habla de necropolítica, en un sentido de anulación, de muerte; si de verdad hubiera una realidad política, sería la del entorno más cercano, una política de lo cotidiano.

-¿Y la política 'real', entonces?

-Lo único que tiene de real es la realidad de la opresión que genera. Donde existe más carga de ficción, sin ambages, es en la política institucional, mediática: aquí hay embellecimiento, estilización, mentira...

«Es un halago cuando alguien cierra el libro y piensa: «No sé si lo que he leído ha ocurrido en la realidad o no»

-En su novela se menciona al 'yayo' Marx; ¿está obsoleta la izquierda occidental?

-Ese es un problema que no me quita ni un segundo de mi tiempo. Cuando el personaje habla de los 'yayos cebolletas' Marx y Engels lo hace dándoles el valor que tienen como fundadores de una dialéctica de opresores y oprimidos, pero al mismo tiempo, como 'yayoflautas', porque hay partes de ese discurso que necesitan una actualización, empezando por el aspecto sexual y de género, o en lo académico, cuando sostiene que hay una vanguardia intelectual y una masa a la que dirigir.

-'Ni amo, ni Dios, ni marido, ni partido, ni de fútbol', reza la portada de su libro. ¿La retórica libertaria todavía tiene tirón?

-Naturalmente. La que no sirve es la electoral y democrática, que demuestra tras todas las elecciones que es errática y no nos da ninguna emancipación. Es sorprendente que la gente siga votando.

-¿Y para qué serviría no votar?

-Para no legitimar el sistema.

-¿Qué valor tiene, entonces?

-En realidad, el voto es lo de menos. El sistema electoral está configurado como un búnker, del cual sale un gobierno, siempre, porque si no sale, se va a repetir la elección.

-¿Y las diferencias entre un partido u otro?

-Soy bastante escéptica en eso; todos defienden el mismo statu quo: jerarquía frente a bases que la sostienen.

-En cual caso, y vistas las últimas experiencias, parece que el país no se para porque no haya gobierno.

-El sistema está bien pertrechado, sigue funcionando también con gobiernos interinos. Y eso que en España parece existir un pacto de caballeros para sostener la farsa y no poner en cuestión los resultados electorales, como si los recuentos fueran perfectamente limpios.

-En Cataluña hay gente que dice que es de España y gente que dice que no lo es. ¿Es una explicación de 'lectura fácil'?

-Más bien es una simplificación de lo político, una realidad que está en la calle.

-¿Y tendrá también una 'solución fácil'?

-Desde luego, mis personajes no están preocupados por solucionarlo; solamente por exponerlo.

-Ha escrito en un artículo que nunca va al cine...

-No es un artículo testimonial, sino más buen un 'articuento', como los de Millás. Aunque, efectivamente, yo voy al cine poquísimo.

-¿Es algún tipo de fobia?

-No soy un caso raro, creo; muy poca gente va al cine. Ahora los productos audiovisuales se consumen en casa.No tengo ni internet, ni netflix, ni tele. Lo único que oigo es la radio.

-¿Y esa renuncia?

-Mi imaginario de lo visual no pasa por lo audiovisual, simplemente, sino por la danza y el teatro.

-En el teatro

-Mi primera novela, 'Los combatientes' fue llevada a escena por una compañía de Santander, Ruido Interno. Era la primera vez que se adaptaba un texto mío.

-¿Por qué utiliza la danza como metáfora en su novela?

-Uno escribe con lo que uno tiene a mano, fresco. La 'cocina de mercado', como dice Javier Pérez Andújar. La danza es parte de mi vida, de mi trabajo. Y un modo de ver el mundo.

-Hace unos días, una lectora santanderina protestaba en las redes por el discurso machista del personaje de una novela. ¿Ya no existe el pacto ficcional?

-Vaya por delante que esa señora hace muy bien en criticar el libro que no le ha gustado. Tenemos que ser guerrilleras con ese pilar de la literatura occidental que pasa por lo machista.

-¿Incluso, aunque se trate de una sátira?

-Aunque no he leído el libro, pero me parece muy bien que ese debate esté sobre la mesa. Una opinión de ese tipo puede abrir debates muy interesantes. Sobre la corrección política, por ejemplo.

-Y con Mecano, ¿qué le pasa?

-Con ellos no, sino con una canción muy definitoria de un modo de entender lo lésbico, desde un punto de vista muy heterosexual y retórico.

-Pues a menudo se vende como cima de la sensibilidad.

-Qué bien que haya personas diferentes, ¿verdad? Las que aprecian esa canción y las que no la apreciamos, y podamos decirlo.