Los 'diablos rojos' ya han ganado su Mundial al unir a una Bélgica fracturada

Los 'diablos rojos' ya han ganado su Mundial al unir a una Bélgica fracturada

Los de Roberto Martínez hacen enloquecer un país dividido en lo político entre Flandes y Valonia, y necesitado de este subidón de autoestima

ADOLFO LORENTE

Cuando alguien ideó aquello del hombre orquesta, seguro que estaba pensando en los corresponsales de Bruselas. Uno se dedica a escribir de todo y sobre todo, pero cuando llega el momento de hacerlo de Bélgica, de intentar definirla, el teclado deja de sonar. Es una sensación extraña. Un silencio que siempre suele terminar en fracaso. Hoy también. Digamos que Bélgica es Bélgica. Suena simple, pero quizá sea la mejor descripción de un país fracturado por la política, surrealista en casi todo y que ha enloquecido con el fútbol de los Hazard, Kompany, Courtois, De Bruyne y Lukaku, que han conseguido emular la gesta de 1986 en México llegando a las semifinales. En Rusia, el diablo se viste de rojo y ha olido sangre. Quieren su estrella en el pecho cueste lo que cueste.

Si el nacionalismo se cura viajando, en Bélgica basta con que el balón eche a rodar. Lo dijo Boskov, «fútbol es fútbol». Tan simple y tan inexplicable. Tan pasional y tan ilógico. Tan mágico. Bienvenidos a 'La Belgique', un peculiar país que alberga una pequeña capital capaz de mecer a todo un continente. Bruselas es el club, es la UE, nuestro kilómetro cero.

Pero hay otra Bruselas, la belga, el faro de un país ridiculizado hasta el infinito (protagonizan la versión francesa de los famosos chistes de Lepe) y acusado de ser una suerte de Estado fallido después de que los atentados terroristas de París y Bruselas le pusieran ante un espejo desconocido. Y no, no eran tan perfectos como se pensaban. Todo lo contrario.

Tiene la extensión de Galicia, una población algo superior a la de Andalucía y vive en permanente crisis presa de los caprichos de la política. En realidad, de los caprichos nacionalistas e independentistas flamencos de la N-VA (sí, los anfitriones de Carles Puigdemont y demás huidos), que anhelan con desintegrar el país pero que han visto con estupefacción cómo en sus grandes feudos (Amberes, Gante o Brujas) la gente se ha echado a la calle extasiada con su selección nacional. La de todos. La gente ha vuelto a dejar en evidencia a los políticos. «La unión hace la fuerza», titulaba ayer con grandes caracteres la portada de la 'Libre Belgique', uno de los grandes periódicos del país.

Se anima en inglés

Caras pintadas, camisetas, pelucas, gafas, pulseras, bufandas, cubrerretrovisores... Imagine el objeto de 'merchandising' más extraño y lo encontrará en un supermercado belga. Si es que queda, claro, porque bastantes semanas antes del inicio del Mundial, el país sólo respiraba fútbol sabedores de que había llegado su hora. Corren, pelean, muerden y, encima, juegan de maravilla al fútbol. Tienen una ventaja sobre el resto. No se han cansado de ganar. Nunca lo han hecho. ¿Se acuerdan de esa España de la Eurocopa de 2008 en Austria y Suiza que logró, por fin, romper la maldición de cuartos? La Bélgica de hoy tiene el mismo brillo en los ojos que esa España de ayer. Quieren ganar, se sienten invencibles.

El país necesitaba este subidón de autoestima. La fractura entre sus dos grandes comunidades es total. Lo de Cataluña y las polémicas lingüísticas es un juego de niños comparado con lo que sucede en la tierra de Tintín, del Manneken Pis (el niño que mea burlón), del chocolate, la cerveza, las 'frites', los mejillones o el maestro del surrealismo, René Magritte.

Debe ser tal la admiración que sienten por él que no se explica de otro modo las 'belgadas' burocráticas que dominan la rutina diaria. ¿Cómo se explica si no que para fichar al actual seleccionador, Roberto Martínez, la federación pusiese un anuncio pidiendo currículos de entrenadores? Sí, Bélgica es Bélgica. Y esto, paradójicamente, es parte de su encanto.

El país está dividido en dos mitades más o menos simétricas: Norte y Sur, Flandes y Valonia, neerlandés y francés, ricos y menos ricos, independentistas y socialistas. Al este, sobrevive un pequeño enclave alemán y en el centro, se ubica Bruselas, situada en zona flamenca pero abrumadoramente francófona. Bueno, francófona, pero también inglesa, española, italiana, polaca, portuguesa, maltesa, letona... La UE es esto. Bruselas es la capital del mestizaje, de la diversidad, de la integración. Tiene ese algo que hace que decenas de miles de europeos expatriados por cuestiones de trabajo se hayan convertido a los Diablos Rojos.

Pero no siempre fue todo tan idílico. Hace unos años, se regalaban las entradas para ver a la selección y, ahora, los 50.000 asientos del Rey Balduino, el antiguo Heysel, se han quedado cortos. Para evitar herir sensibilidades, los detalles se cuidan al máximo. Por ejemplo, la cuenta de Twitter de la selección está en inglés, 'The Red Devils'. Ni en francés, ni en flamenco, ni en alemán, los tres idiomas cooficiales.

Más detalles. Cuando suena el himno, 'La Brabançonne', hay jugadores que lo cantan en francés y otros, en flamenco. Eso sí, siempre abrazados. Porque cuando el balón echa a rodar, los belgas se limitan a ser belgas, dentro y fuera del campo. «Jugamos y nos divertimos. Yo no tengo colegas flamencos o francófonos, tengo amigos belgas», confiesa su estrella, el 10, Eden Hazard.

Pase lo que pase en Rusia, Bélgica ya ha ganado su particular Mundial. La magia del fútbol era esto.

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