Gijón, una mezcla de rojo, verde y blanco

Gijón, una mezcla de rojo, verde y blanco

Más de 1.500 aficionados viajaron para animar al equipo en el mayor desplazamiento de la temporada

MARCO GARCÍA VIDARTSantander

Manolín Preciado, dentro de su estatua en los aledaños de El Molinón, miraba al sol que lucía con una sonrisa más amplia que en otros partidos del Sporting. Porque ayer venía su Racing. Pocas esculturas recibirán mas cariño en todo el mundo. A eso de la una de la tarde, dos centenares de verdiblancos venían a rendir tributo a un Preciado que para ellos siempre será uno de los grandes de su historia. Un ramo de flores, abrazos a la estatua, bufandas, gorros... Y fotos por miles. Como si fuese una petición al santo de turno para que diese suerte en un día tan importante. «Es el desplazamiento más bonito para la afición del Racing. Está cerca de Santander, es un equipo amigo y además está el recuerdo a Manolo», acertaban a decir todos. Eso sí, a nadie se le pasaba ayer por la cabeza una reedición del pacto de Llanes. Había demasiado en juego para ambos equipos.

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El día, radiante y con una temperatura perfecta, invitaba a acercarse a Gijón. La finalización de esa cuasi interminable obra de la autovía ha convertido el viaje en cosa de hora y media. Así que el plan de muchos verdiblancos consistió en pasar la mañana en la ciudad asturiana. A los del Sporting no hacía falta animarles mucho. Los bajos de El Molinón, convertidos en una suerte de multitud de establecimientos, sobre todo de hostelería, dan una vida enorme al campo. Con los asturianos inmersos en la pelea por el ascenso y el Racing por evitar caer al pozo de la Segunda B, una ciudad en rojo, verde y blanco estaba asegurada. Tras los homenajes gastronómicos de rigor en Gijón, llegó el primer momento intenso del día. Sobre las cuatro y cuarto de la tarde aparecían los autobuses de los dos equipos al estadio. La afición del Sporting tiñó de bengalas rojas la llegada de los suyos. Poco después llegaba al autobús verde del Racing. Los verdiblancos que esperaban a los suyos no se acolecharon ante tanto grito de Sporting, Sporting y sus voces animando al Racing prevalecieron mientras el autocar del Racing hacía la maniobra para aparcar.

Dentro del estadio, el millar y medio de racinguistas estaba en una de las curvas del fondo norte. Junto al verde y blanco, mucho color carne de aficionados sin camiseta, porque al sol pegaba de lo lindo. Durante el calentamiento de ambos equipos, y mientras llegaba el grueso de la parroquia rojiblanca, a ellos era a los que más se oía. Poco antes de empezar el partido, llegó otro jolgorio. Fede San Emeterio, que no podía jugar por estar sancionado, se mezclaba con toda la hinchada verdiblanca. Como uno más. Otro ejemplo de que la comunión entre grada y plantilla es más que grande.

El himno del Sporting atronaba mientras todo un estadio ya abarrotado levantaba sus bufandas a la salida de los dos equipos al campo. El ambientazo era de los que impresionaba. Con el partido ya empezado, la curva de color verdiblanco llamaba la atención a más de uno cuando, de repente, millar y medio de personas animaban a su equipo... de espaldas. Con el transcurso de los minutos, los cántabros dejaban en mal lugar a la hinchada local. Se les oía mucho más. El delirio llegó cuando Juanpe mandó el balón al fondo de la red del Sporting con un soberbio cabezazo.

El empate enfrió algo a los santanderinos y animó a los locales. En el segundo tiempo, hasta que el Racing aguantó la igualada, los suyos se dejaban la garganta en la grada en busca de la machada. Pero el segundo y, sobre todo, el tercer gol del Sporting terminó de enfriar los ánimos de la parroquia verdiblanca. Algún sector de la grada rojiblanca gritaba a Segunda B, pero el resto del estadio protestaba. El Racing es un equipo querido en Gijón.

El día perfecto de partido ante un equipo mucho mejor situado en la clasificación, no tuvo el premio soñado en cuanto a resultado. Pero sí en cuanto a entrega, tanto de jugadores como de afición. Por eso, al final de la tarde en El Molinón, el corazón de Manolo, dentro de esa estatua, seguía sonriendo en rojo, verde y blanco.