Los 42 que se convirtieron en casi 300

Los verdiblancos no pararon de animar durante todo el partido. /Javier Cotera
Los verdiblancos no pararon de animar durante todo el partido. / Javier Cotera

Los agraciados con las entradas sorteadas se mezclaron con el resto de afición y gozaron de la fiesta del ascenso junto a los jugadores | En una comunión con el equipo, los poco privilegiados que se desplazaron a Palma de Mallorca celebraron la victoria sobre el césped de Son Malferit con toda la plantilla

Marcos Menocal
MARCOS MENOCALPalma de Mallorca

Los sentimientos se hacen indestructibles cuando media el exilio. En el destierro todo crece; la nostalgia, por supuesto, pero también la fortaleza. Y es que cuando te alejan de lo tuyo, cualquier signo de cariño te hace más resistente. Esa lección la tenían bien aprendida 'Los 42 de Palma', que cuando se les unió toda la expedición cántabra parecieron por momentos los '300' espartanos cuando se les unieron los 'sin entrada'. Los agraciados de aquel sorteo, medida salomónica, que determinó que ellos y sólo ellos pudieran tener una entrada para acceder a Son Malferit, una especie de Fort Knox rudimentario pero que se cerró a cal y canto. Bien porque sus dueños no querían ser minoría en su propia casa o bien porque no entraba ni un alfiler. La gran mayoría de ellos viajaron con la prensa cántabra y algunos de los patrocinadores del club, otros prefirieron hacerlo por su cuenta. Sea como fuere lo común tiende a juntarse y de ahí que una vez en la isla los '42' terminaron juntos. Ellos, y aunque fuera de manera esporádica, los más de 100 que sin que el sorteo les hubiese sonreído aparecieron a primera hora en Son Malferit. Allí los 42 se mezclaron con los de sus colores. Un sentimiento.

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La víspera fue tensa. Una noche a la que se le paraba el reloj; algunos de ellos salieron a dar un paseo por la zona de Can Pastilla, la misma donde el Racing colocó su cuartel general el pasado jueves cuando aterrizó en la isla. No pudieron pasarse por el hotel para darles ánimos puesto que a la hora que llegaron los jugadores ya velaban armas. De esos 42, algo mas de una veintena formaron grupo durante toda su estancia en la isla, el resto se sumó al batallón una vez en el estadio. Abrazos en los aledaños.

Por primera vez en mucho tiempo, la afición del Racing se sintió en inferioridad numérica por cuestiones obvias. Algo más de un millar de aficionados blanquiazules les recibieron a su llegada al campo. Las bengalas azules comenzaron a echar humo en señal de intimidación. «Da igual, hombre, es normal. También nosotros lo hicimos en Santander», admitía Luis García, uno de los '42 de Palma'. Llevaba una bufanda verdiblaca al cuello, camisa del Racing y bermudas vaqueras. Indumentaria de guerra. Como si fuera un uniforme oficial, sus compañeros salieron de la misma manera al ruedo.

El partido se siguió con tanta intensidad como deportividad por parte de ambas aficiones

En el campo se hicieron fuertes en una de las esquinas de Son Malferit. Ellos y sus paisanos, entre todos, abarrotaron el minúsculo reducto, la minigradona que habilitaron para la afición local. «Vamos a ganar», recitaba con orgullo Álex, un pequeño racinguista de apenas diez años que podrá decir dentro de un tiempo eso tan apreciado cuando se es aficionado: 'Yo estuve allí'.

La gloria se puede saborear a tragos o de un golpe. Estar en el campo ayer, como lo estuvieron los 42, no da tiempo para degustarlo en el momento. A buen seguro que hoy, y a partir de mañana irán digiriendo lo que significó estar en el 'infierno de bolsillo' en el que su equipo se batió el cobre. Fuera se libró otra batalla, la de conseguir acceder pese a todo. Algunos asumieron que no iban a poder y se buscaron la vida en los bares de alrededor; un centro comercial, una cafetería que jamás recordará tanta gente foránea del equipo rival. Jamás. También los hubo que no se rindieron y hasta última hora pelearon una entrada suelta y perdida en las taquillas. Hay quien salió victorioso con su teoría espartana y terminó juntándose con los 42 en la minigradona. El árbitro señaló el arranque y fue entonces cuando la cosa se olvidó de números. Ni 42, ni 100 ni 150... Todos a una en la esquina de los indestructibles.

El fútbol es medicina, pero hay veces que funciona como un anestésico y otras como un amnésico. Quita los dolores y hace olvidar, pero sin seguir ninguna norma establecida. Por eso durante muchos minutos los aficionados subidos en el improvisado templete a modo de grada disfrutaron con su equipo sin que les doliese nada y también, por momentos, perdieron la noción de donde estaban. Grandeza

Los 42 eligieron para juntarse el partido de los nervios. De la emoción al cubo. Uñas que no crecerán mas, lágrimas... Cada córner, saque de banda, falta al borde del área era una tortura para la 'minilegión' verdiblanca. Y entonces, aún peor. El gol del Atlético Baleares fue como un interruptor que les apagó. Trataron de levantarse, pero el ambiente se los comía. Y sin embargo... Todo cambió. El gol del empate reactivo a los 42 y los convirtió en 1.000. Nadie se volvió a sentar más en la incómoda grada. No hizo falta. La agonía y el sufrimiento se tatuaron en el alma de los foráneos hasta que llegó el final. Y de repente, invasión. Los aficionados saltaron al escenario de la batalla de las batallas y en un abrir y cerrar de ojos, como por acto de magia, recibieron los refuerzos. El resto de verdiblancos que se encontraban dispersos por el campo se sumaron a aquella esquina tan personal. «Sergio, Sergio...», gritaba Lourdes, mientras corría en busca del cántabro. A Andrés Díaz, le llegó la suerte y el privilegio de poder estar en la fiesta de rebote. Las entradas sorteadas le tocaron a una cuñada y se las regaló. «Un gol, un gol nos ha bastado un gol». Disfrutó en primera persona. No hizo falta policía en el terreno de juego; los jugadores descamisados, el presidente con el botella de champán, Chuti Molina se marcó un calentamiento al más puro estilo de un torero.... Nadie media los sentimientos. Iván Crespo abrazaba y besaba a Pepe Barros, el eterno socio que nunca falla. El aficionado que siempre está. Siempre.

Y con las fuerzas intactas, pee a todo, la fiesta se trasladó al hotel del Racing. Al autobús del Racing le siguió de cerca el que transportaba a los 42, pero que a esa alturas ya era casi cien. Y directos a la piscina. Los inquilinos del hotel felicitaban a los jugadores como si fueran seguidores de siempre. Y es que en un hotel donde la gente está de vacaciones cualquier algarabía es bienvenida. Y uno a uno se fueron tirando al agua sin pudor alguno. Y allí, mientras los balcones del hotel se llenaban de curiosos y excursionistas con el móvil grabando la escena, los racinguistas de carné se aguantaban las ganas de tirarse al agua con ellos. Chuti Molina acabó sumergiéndose, al igual que Alfredo Pérez, el presidente. Se salvo el segundo de a bordo que se escapó por la tangente, Pedro Oriz. Después del chapuzón, la plantilla se comió una paella en uno de los comedores anexos a la piscina mientras los 42 y compañía se apañaban con las cervezas en la barra del bar. Hay tiempo para todo.