El tetris de Pouso

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

A ver si nos aclaramos, porque realmente no puede resultar tan difícil de entender. O, al menos, no debería. Porque por mucho que alguno se sienta varios palmos por encima del resto de los mortales –si con el título de entrenador se adjunta también la facultad para levitar, a alguno deberían impartirle de paso clases de vuelo sin motor, no sea que se acabe estrellando–, la evidencia es innegable y, como bien dijo Alfonso Guerra, «lo que no puede ser, no puede ser… ¡y además es imposible».

Y es que el fútbol será un juego todo lo complejo que quieran, pero en el Racing más que un juego de equipo lo que parece es un mecano o un tetris, en el que el mecanismo sólo funciona cuando se consiguen encajar bien las piezas. Y es que la primera parte que nos propinó ayer nuestro querido equipo fue para divorciarse por procedimiento de urgencia. De no ser por el enorme amor que la sufrida afición profesa a sus colores, esos cuarenta y cinco minutos habrían propiciado que más de un seguidor hiciera trizas su carnet y lo lanzara a la bahía, presa del desengaño. Horrible se queda corto como adjetivo para describir el encuentro dantesco que se marcó el Racing, precisamente cuando más falta le hacía la victoria.

Hemos llegado a estas alturas del curso sin los deberes hechos y la afición lo sabe, el equipo es consciente de ello y hasta los rivales han tomado buena nota y llegan dispuestos a pescar en río revuelto. Los primeros compases, con un Logroñés tocando en su propia área, mareando a nuestros delanteros, hicieron internacional a César Caneda –por cierto, ¿quién permitió que se fuera de aquí, cuando aún le quedaban años espléndidos?–, que impartió un máster de cómo se toca el balón en defensa, precisamente eso que se suponía que iba a hacer el Racing este año.

Pero la verdadera tormenta se desataría en el minuto 20, cuando hasta cinco atacantes del Racing se escondieron en el área rival, esperando un imposible pase al pie, mientras Jerín bregaba veinte metros más atrás, incapaz de encontrar un solo compañero desmarcado. Cierto que no es elegante abroncar a los tuyos, pero en este caso la pitada –y las posteriores, que fueron varias y por motivos similares– estuvieron más que justificadas.

Y es que el Racing de Pouso juega horrible. Horriblemente mal. Da igual las excusas que invente, o las culpas que lance hacia el pasado. Su Racing no carbura. Y tiene delito, porque en realidad sólo hacía falta lo más sencillo, colocar bien el puzzle. Menos mal que, después de tres cuartos de hora de boicotearse a sí mismo, el míster dio su brazo a torcer y recompuso el desastre: bastaba con mover a Sergio al centro del campo y poner en las bandas a dos extremos con hambre. Y ni eso, porque Acosta ni siquiera es un especialista de la línea de cal. Pero con dos pinceladas bastó para que el viejo equipo de Viadero recuperase el amor propio y, sobre todo, el control del partido. Y no se logró una goleada por nuestra ya tradicional falta de puntería.

Más allá de los goleadores, el encuentro tuvo dos nombres propios: Jerín y Juan. Soberbios. Espectaculares. Dos jugadores para soñar. Para no dejar nunca la titularidad en este club. Seguro que Pouso los manda a la grada la próxima semana. Al final, ganamos y lo celebramos con ganas, e incluso con rabia. Pero ya no nos engañamos. Si subimos, será un milagro. Pero es que, visto lo visto, si ganamos al Sanse será por alguna intercesión divina de Nando o de Manolín. A menos, claro, que Pouso aprenda de una vez a colocar las piezas de este rompecabezas. Que tampoco es tan difícil. Incluso, aunque seas un simple aficionado, de esos que «no entendemos nada».