Cuatro mujeres invidentes cumplen el reto de hacer cumbre en un tres mil

Los guías se valían de una barra de madera para indicarles por donde tenían que ir./JAVIER LACHA
Los guías se valían de una barra de madera para indicarles por donde tenían que ir. / JAVIER LACHA

La ascensión fue al pico de Turón del Neouvielle, en el pirineo francés, con la ayuda de los guías de Basquelands Way

ANA CHUECA

3.035 metros de altitud, más de dos días de travesía y apenas un 1% de resto de visión. No son dos dimensiones incompatibles. Al menos ya no. No desde este fin de semana. Ana, Begoña, Silvia y Nekane, de Donostia y Hernani, han sido «las primeras mujeres invidentes en lograr la ascensión de los 3.035 metros del Turón del Neouvielle, en el pirineo francés», según Basquelands Way. Con ellas, guiándolas e indicándoles en cada momento cómo pisar para no tropezar con las piedras, Gemma, la hermana de Begoña, y Alfonso Nuñez, Javier Leache y Rafa Zuza, los guías de Basquelands Way. Además de Jewa, la perra guía de Begoña.

Todo empezó como «de broma» mientras hacían sus travesías mensuales con el grupo de montaña de la Once. «Necesitábamos un reto y Alfonso (uno de los guías) nos propuso subir este tres mil. Y lo hicimos», afirma Ana. Una cumbre especial por la visión reducida de sus protagonistas, pero también porque «han sido las primeras invidentes en el primer tres mil cuya ascensión se encuentra documentada», según los guías.

Las mujeres se orientaban por la voz de los guías.
Las mujeres se orientaban por la voz de los guías. / JAVIER LACHA

Agarradas a una barra de madera que el guía sujeta por delante las cuatro se dejaron guiar arriba en la montaña hacia la cumbre del Turón del Neouvielle. «Vamos describiendo con la voz todos los pasos que hay que dar, pero ellas sienten si hay que girar o hay una pequeña ascensión a través de la barra. Es como si les hablará y les transmitiera el movimiento», explica Javier, el segundo guía del grupo. «En los tramos más complicados sirve de palanca», añade.

El grupo llegó al refugio de Glére situado a 2.140 metros de altura sobre las 16 horas del viernes pasado. «Era importante que el tres mil tuviera un refugio cerca donde se pueda hacer noche y que dentro de la dificultad que entraña el pirineo francés fuera sencillo», explica Javier. Así pasaron dos noches en el refugio, una antes de subir a la cima, otra después de alcanzar la cumbre. El sábado a las 07.00 horas comenzaron las ascensión. Sobre los 2.500 metros el sendero se acabó dando paso a las pedreras. Ahí fue donde Begoña decidió parar y empezar el descenso antes de alcanzar la cumbre. «La mejor decisión que he tomado en mi vida. Me daba terror bajar, siempre es más complicado que subir ir». Begoña estuvo trabajando sin mayor problema hasta los 60 años, a partir de entonces comenzó a perder la vista hasta quedarse sin visión.

El resto del grupo llegó a la cima a las 14.45 del sábado. Abrazos, algún que otro lloro y un irrintzi y después de disfrutar de las vistas que Alfonso, Javier, Rafa y Gemma les describieron, iniciaron el descenso. «Llegamos al refugio pasadas las 23.15. Ya estábamos en sitio seguro cuando era de noche, pero encendimos los frontales para que nos vieran llegar. Hicimos más de ocho horas de descenso sin parar», matiza Rafa, otro de los guías.

Ana se sorprende, «¿tanto tardamos? Pensaba que fue menos, se que fue largo pero no pensé que tanto». «A mí en el refugio esperandos se me hizo eterno», la contradice Begoña, «veía la luz de los frontales desde el refugio, pero sentía que no avanzabais, ahí sí que me preocupe». «En total estuvimos 16 horas de travesía. Es muy complicado calcular los tiempos cuando vas con personas que no pueden ver, porque nunca saben lo que les va a costar», puntualiza Rafa.

Rafa, Begoña, Silvia, Nekane y Javi, ayer en Donostia.
Rafa, Begoña, Silvia, Nekane y Javi, ayer en Donostia. / USOZ

Fuerzas de dentro

La subida del tres mil fue un reto personal para todas ellas, una forma de superarse. Pero cuando se está a límite, hay que sacar fuerzas de lo más profundo para seguir adelante. Ana lo hizo dedicándole la ascensión a su hermana: «Se lo ofrezco a ella, esto es para mi hermana, quiero dedicárselo. Siempre ha sido muy valiente pero ahora tiene alzhéimer, por eso no me ha acompañado. Sigue siendo una luchadora. Cuando íbamos al monte y empezaba a olvidarse de los caminos ella me decía 'yo soy tus ojos y tu eres mi guía'», se emociona. Ana empezó a perder la visión hace casi diez años, «ahora de uno no veo nada y en el otro me queda un 0,04% de resto visual».

Silvia empezó desde pequeña con un problema del nervio ocular, además de miopía. A lo largo de los años ha ido perdiendo visión hasta quedarse con apenas un 1%. Ella insiste en que lo hizo por sí misma, pero sus pensamientos los ocupaba su primo Iñigo Zabaleta, un experimentado montañero y escalador que en 2011 perdió la vida tras el desprendimiento de una piedra en el macizo de Dos Hermanas. «No entendía que veía él en el monte, me parecería exagerado. Ahora sí que le entiendo. Todas las montañas te ponen en tu lugar», reconoce. «Tardamos 16 horas en hacer cumbre y repetiría esas 16 horas todas iguales, sin cambiar nada», sentencia.

El sentimiento de Nekane es distinto. Todavía sigue recuperándose del cansancio físico y emocional de la ascensión, «siento músculos que ni sabía que tenía». Su ceguera, genética, está presente desde que era pequeña. «Veía como Ana y Silvia disfrutaban, mientras yo sufría porque sentía que no podía. Ellas y los guías me ayudaron mucho cuando estaba desbordada. El irrintzi que lancé en la cima era para ellas». «Voy más tranquila con ellas que con gente que ve. Ellas me entienden y conocen mi situación». En su caso fue la rabia que sentía por no poder estar cerca de su hermano, preso a miles de kilómetros de su casa, y por toda «aquella gente que no respeta los derechos humanos», lo que le dio fuerzas para acabar. Cada una vivió una experiencia única y completamente distinta, pese a subir juntas, ayudándose mutuamente, la misma cima. A pesar de todo, las cuatro coinciden y agradecen a los guías: «Sin vuestros ojos no hubiéramos visto la montaña». «Cada una teníamos nuestro truco para salir adelante. Ana se ponía a meditar, yo necesitaba hablar y cantar para distraerme. Ellos sabían llevarnos a cada una de nosotras», renoce Nekane. «El reto era mío pero el triunfo fue de ellos», añade Silvia, «tuvimos confianza ciega en ellos». Su respuesta es clara: «Un guía necesita a quien guiar». El grupo ya está pensando en su próximo tres mil.