Qué fue de... José Álvarez Gancedo | Consejero de Ganadería y Pesca entre 1995 y 2003

«Me gusta tomar el blanco con los amigos y leer los periódicos»

Nieves Bolado
En los ocho años de su mandato tuvo que afrontar las crisis de las vacas locas, del Prestige y la extensión de la fiebre aftosa
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José Álvarez Gancedo dedica su tiempo a la familia. / A. Fernández

Cuando en el año 1982 José Álvarez Gancedo (León, 1936) se encontraba plácidamente veraneando, como solía hacerlo, en San Vicente de la Barquera, recibió la visita de José Antonio Rodríguez, primer presidente de Cantabria, y de Valentín Almansa, primer consejero de Ganadería. Llevaban un objetivo: convencerle para que entrara a formar parte de aquel equipo que trataba de desarrollar la autonomía de la región. Entonces estaba bien asentado en León, sus hijos eran pequeños, pero le tentaron las dos ofertas: «Participar activamente en un proyecto ilusionante, y vivir en Cantabria, algo que me atraía. Siempre dije que mis sitios del mundo para vivir eran esta región y León».
Álvarez Gancedo se había licenciado en la Universidad de Oviedo en Derecho y Sociología. Había opositado duramente, y con éxito, para formar parte del Cuerpo Superior del Estado, destinado, desde el Ministerio de Agricultura, a Madrid, León, Córdoba y Badajoz. Cuando recibió la oferta de venirse a Cantabria «ya había estado aquí en el año 1965 para trabajar en la puesta en marcha de las zonas de montaña en Picos de Europa y había tratado de volver a seguir haciendo este trabajo».
Aceptó, finalmente, la oferta de Rodríguez, y en 1983, se incorporó a la Consejería de Ganadería y ya se quedó definitivamente en la región. Desarrolló su trabajo con la suficiente eficiencia como para que fuera llamado a formar parte del primer Gobierno de coalición del PP y el PRC. «Yo no era militante de ningún partido, aunque había sido muy crítico con Hormaechea. No me afilié al PRC hasta el día siguiente de dejar toda mi actividad política, y todos los cargos públicos, en 2003». Cuando le llegó el nombramiento era jefe de servicio «y asumir el nuevo cargo me costaba dejar de ganar 24.000 pesetas al mes. Acepté por coherencia, porque creo que no basta con criticar sino que hay que participar para cambiar aquello que no nos gusta».
Ha sido el consejero de Ganadería al que le tocaron las peores papeletas, que resume como los malos momentos de su vida política: «Nada más llegar se declaró la enfermedad del carbunco, después la fiebre aftosa, y tuve que ordenar el cierre, durante 14 miércoles, del Mercado Nacional del Ganados. Muchos ganaderos que al principio se me echaron encima, después me agradecieron aquella medida».
Nada parecido a lo que pasó por los efectos del Prestige y la crisis de las vacas locas. «Aquello fue muy duro. Tuve que ordenar el sacrificio de 32.000 vacas en nuestra región. Recuerdo en especial un día que tuve que acudir a una explotación que llevaban un padre y sus hijos y comunicarles que había que sacrificarles las más de 200 vacas que tenían. Aquel día salí de allí llorando». Como consejero también de Pesca tuvo que hacer frente a los efectos de la marea negra en las costas de nuestra región y su incidencia en la economía de los pescadores. «Fue algo desconcertante, no sabíamos cómo defendernos. Pasé unas semanas horribles. En los ocho años como consejero no tuve ni un solo día de vacaciones, ni los fines de semana, porque es cuando se celebran las ferias y los eventos». Lo más gratificante lo vive ahora «y es cuando ahora me encuentro con muchos funcionarios que cruzan la calle para saludarme o me invitan a un blanco. Eso creo que significa que dejé un buen recuerdo».
Cree que es necesario reorganizar la administración autonómica y piensa que es «una barbaridad» tener 102 ayuntamientos, «con 30 o 40 sobraban porque no hay economía que aguante la actual estructura. Alguien tendrá que poner un punto final a esto». Cuando en 2003, después de dos legislaturas completas, dejó de ser consejero, además de afiliarse al día siguiente al PRC, comenzó una nueva vida como jubilado. Ahora su jornada comienza a media mañana comprando los periódicos, «siempre EL DIARIO MONTAÑÉS y El País» y les dedica tiempo para su lectura. «A la hora de tomar los blancos, quedo con los amigos. Suelo comer en casa y después de la sobremesa sigo leyendo los periódicos hasta que cierro los ojos para echar una cabezada. Me dedico a cuidar a mis nietas de 9 y 5 años, vuelvo a casa, veo las noticias en televisión, alguna película, y a la cama. Una vida de lo más tranquila y rutinaria». Qué placidez y qué suerte.
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