Lo que el porno se llevó

James Deen y su entonces novia Stoya, durante el estreno en la Mostra de Cine de Venecia 2013 de ‘The Canyons’, el salto al cine convencional de este actor porno. /
James Deen y su entonces novia Stoya, durante el estreno en la Mostra de Cine de Venecia 2013 de ‘The Canyons’, el salto al cine convencional de este actor porno.

Las denuncias de violación de sus exnovias y parejas en el cine X hunden la carrera de James Deen, que llegó a lo más alto tras romper el tópico del actor ‘machoman’ musculado y agresivo del género

ANTONIO CORBILLÓN

Nació un día antes que James Dean y aprendió a fumar con el mismo aire de chico vulnerable en las calles de Londres, después de largarse de su casa en Oxford (Inglaterra) con 15 años y vivir su etapa punk a la sombra del Big Ben. Sus colegas okupas le pusieron el apodo por su gestualidad que imitaba al actor. El talento de Bryan Matthew Sevilla también aspiraba a triunfar delante de las cámaras pero en un género muy distinto. A los 11 años se aficionó al porno, a los 13 ya sabía que quería dedicarse a ello. A los 18, la edad legal, estaba curtido tras quitarse la timidez practicando sexo ante mirones en fiestas clandestinas. En los créditos X, James Deen (con un ligero cambio en Dean para evitar problemas legales) era el antes y el después.

En febrero pensaba celebrar sus 30 años encaramado en el podium de las estrellas masculinas del cine erótico. Una fulgurante carrera labrada desde esa mayoría de edad. Doce años en los que ha rodado 1.304 películas (su web presume de 3.000). Y una década en la cumbre de lo suyo y con salarios de 200.000 euros al mes. Acumulaba todos los óscar de esta industria. Desde su casa de Pasadena, en el corazón del Hollywood erótico californiano, era el auténtico rey.

Y con una imagen de chico sensible y feminista. Que mira a los ojos a sus parejas sexuales y capaz de lo que parecía imposible: atraer a miles de mujeres hacia unas escenas que dejaban atrás la casquería ritual. Esas cintas que despiezan a las mujeres en imágenes de contrapicados frente a machos musculados que siempre mandan. Tenía incluso un influjo casi exótico ya que, bajo la delicadeza epidérmica de Bryant Sevilla, fluye sangre de judíos sefardíes turcos, mezclada con inglesa y alemana.

Hasta que llegó James Deen, ellos consumían el 80% y las productoras actuaban en consecuencia. De él dijo Bret Easton Ellis, icono literario de la Generación X americana, que este actor «representa la democratización de esta cultura». Era como tener sexo «con el vecino de al lado». Sevilla supo estrujar esa percepción. Firmaba listas de consejos para encender a las mujeres en revistas femeninas y se comprometió a donar la mitad de los beneficios de su web a la lucha contra el cáncer de mama. Incluso hizo sus pinitos en el cine convencional de la mano de otra de sus novias, Lindsay Lohan y del director Paul Schrader (guionista de Taxi Driver) en The Canyons. El hombre común que todas desean. «Yo no voy a fiestas, ni me emborracho ni tomo cocaína. Soy bastante... normalillo», dijo en una entrevista en el Observer en 2012.

Toda esa labor se ha hundido en unas horas. Un terremoto que ha reventado los medidores de temperatura de la poderosa industria de la costa Oeste, dedicados hasta ahora a premiar la adrenalina de las grabaciones. El sector está conmocionado con las acusaciones de exnovias y compañeras de reparto que acusan al modosito James Deen de ser un contumaz violador. Hace unos días, Stoya, su más reciente expareja y estrella como él del género, incendió Twitter con un par de mensajes: «James Deen me cogió y me folló mientras le decía que no, que parase... Ya no soporto asentir cuando la gente me habla de él».

Ley no escrita, pero clave

Mientras duró su idilio y su sociedad laboral (apenas dos años) fueron conocidos como los brangelina del porno, en comparación con el éxito de Brad Pitt y Angelina Jolie en el cine convencional. Con aire intelectual, jóvenes y guapos, cuando se separaron en 2014 ella confesó en Twitter estar «metafóricamente rota». Dos horas después James respondía: «¡¡¡¡¡¡necesito un adulto!!!!!!».

Otras dos actrices recogieron la primera piedra de Stoya para lapidar la fama de James Deen sin piedad. Tori Lux declaró a la revista The Daily Beast que, tras un rodaje en 2011, el actor, que no participó en las tomas, le invitó a «olerme los testículos». Ante su negativa, la empujó contra un colchón, se sentó encima a horcajadas y le propinó varios sopapos en la cara, según su versión. Al coro de quejas se sumó también Ashley Fires (otra exnovia), que denunció que el intérprete «casi me violó al salir de una ducha en un estudio».

Siempre al filo de la sospecha, la industria del sexo enlatado hizo bandera de la ley no escrita No significa No, respecto a las relaciones sexuales no consentidas. De repente, el modelo masculino que parecía representar como nadie esa comprensión se revela como un macho intolerante. Y ahora rescatan de su curriculum comentarios como «es la ley más estúpida que jamás he oído». O, cuando dijo que, «no es violación si dices antes sorpresa... entonces es una fiesta».

Las redes se han llenado de hashtag para atacar a James, que también se ha defendido en Twitter de unas «afirmaciones indignantes, falsas y difamatorias». Pero el juicio popular ya lo ha perdido aunque ningún juez ha recibido acusación alguna. Y el hipersensible mundo porno le ha echado. Las productoras anuncian que no trabajarán más con él , las revistas eróticas le cierran sus puertas y ha cesado en el sindicato. Pornoactor muy vocacional, Bryan Sevilla-James Deen dijo que «si alguna vez me quejo de este negocio, quitad mi culo de vuestra vista». Le ha llegado el momento de vestirse y salir de escena.