Con la familia del presidente no se juega

Michelle Obama, con sus hijas. /
Michelle Obama, con sus hijas.

Las críticas de una asesora republicana a las hijas de Obama recuerdan otros polémicos comentarios sobre un tema vedado por la Casa Blanca

ÓSCAR BELLOTMadrid

Aaron Sorkin creó al presidente Josiah Bartlet como arquetipo de lo que debía ser un presidente de Estados Unidos. Dotado de un saber enciclopédico, progresista en sus planteamientos, cordial y cercano con su equipo de asesores, dispuesto a llegar a acuerdos pero sin temor a empuñar el mazo cuando de meter en vereda a los republicanos se trataba, el mandatario al que ponía rostro Martin Sheen en 'El ala oeste de la Casa Blanca' era la perfecta antítesis del inquilino real del 1600 de Pennsylvania Avenue con el que le tocaría cohabitar en el tiempo, George W. Bush. Sólo una mente tan brillante y un espíritu idealista como el de Sorkin podían armar a un estadista dotado de tamañas virtudes. Bartlet tan solo parecía tener una debilidad: sus hijas. En cuanto un periodista sobrepasaba el muro erigido por el mandatario, adentrándose en la esfera privada de Zoey, Ellie y Elizabeth, su padre reaccionaba encolerizado. Ninguna otra cosa -salvo la esclerosis que padecía- le hacía perder así los estribos.

Como tantas otras cosas, Sorkin extrajo este elemento del carácter de Bartlet de los presidentes que en el pasado habitaron la Casa Blanca. Y de los que habrían de llegar después, a tenor de lo ocurrido con las hijas de Obama estos últimos días.

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Malia y Sasha Obama han sido protagonistas involuntarias de una polémica desatada a raíz de los comentarios vertidos por una asesora republicana que acabó teniendo que renunciar, vista la repercusión de sus palabras. Dijo Elizabeth Lauten, directora de comunicaciones del legislador republicano Stephen Fincher (Tennessee), que las hijas del mandatario deberían haber mostrado "un poquito de clase" durante la ceremonia anual del indulto del pavo previa a la festividad del Día de Acción de Gracias. "Queridas Malia y Sasha, sé que ambas estáis en esos terribles años de la adolescencia, pero sois parte de la familia presidencial, intentad mostrar un poquito de clase", escribió Lauten. "Vestid como si merecieseis respeto", no como "en un bar", agregó Lauten, quien también invitó a las hijas del presidente a "no poner caras durante actos públicos televisados".

Apenas publicados dichos comentarios en su perfil de Facebook, las redes sociales bullían con la indignación de los estadounidenses. Lauten había cruzado una 'línea roja'. Había convertido a dos adolescentes de 16 y 13 años en arma arrojadiza contra el presidente. Ni siquiera hizo falta que la Casa Blanca respondiese a Lauten. Los internautas se le adelantaron y se cobraron la pieza.

Pero esta ya ex directora de comunicaciones no ha sido ni mucho menos la primera persona que ha tropezado con uno de los mandamientos por los que se rige Washington: con las hijas del presidente no se juega. Ni con las de éste ni con los vástagos de quienes en el pasado fueron titulares del Despacho Oval. Aunque en este tema, como en otros, mucho ha cambiado con el paso de las décadas.

El romance de la prensa con John y Caroline

Probablemente ningunos otros jóvenes habitantes de la Casa Blanca hayan suscitado nunca tanto entusiasmo entre la prensa y el público como John y Caroline Kennedy. El primero llegó a la Casa Blanca cuando ni siquiera tenía un año y su hermana contaba con tres por aquella época. Eran la más perfecta expresión de lo que representaba su padre para millones de estadounidenses: un símbolo de esperanza en un futuro mejor. Consciente de ello, JFK le dio a los fotógrafos amplio acceso a los pequeños. Todavía hoy, una de las imágenes más icónicas de lo que se conocería como 'Camelot' es aquella en la que John John se asoma bajo el escritorio de su padre mientras Caroline corretea sobre la alfombra con el escudo presidencial. Los niños, y Jacqueline, eran las mejores armas con que contaba Kennedy para mantener embelesado al país.

Imperaba en aquella época un código de relación entre el presidente y la prensa que nunca más volvería a darse. Los periodistas adoraban a un hombre que probó la profesión en su juventud y éste se servía hábilmente del 'cuarto poder' para llegar a las masas. Fue por esa razón que los medios nunca indagaron en el 'donjuanismo' del mandatario. No sería sino hasta después de su muerte cuando se divulgarían sus andanzas extramaritales.

Apertura de compuertas

El Watergate acabaría con ese clima de respeto entre poder político y medios de comunicación. El presidente Nixon había traicionado la confianza del pueblo y, por ende, la de los informadores. Los muros saltaron por los aires. ¿Qué estaba y qué no estaba ya permitido? Los preceptos que articulaban Washington fueron objeto de una profunda revisión.

La apertura de compuertas alcanzaría también a los hijos de los presidentes. Bien lo sufriría en primera persona Chelsea Clinton. La única hija de Bill y Hillary hubo de soportar un auténtico infierno tras el estallido del 'escándalo Lewinsky'. Pero ya mucho antes de ello tuvo que lidiar con el interés de la prensa por cuanto afectaba a su vida. Deshizo las maletas por primera vez en la Casa Blanca cuando tenía doce años y las sacó de allí con 20. Llegó como una niña y se marchó como una mujer. Los años más delicados para cualquier persona debió pasarlos, como ahora Malia y Sasha, bajo los focos. Y aunque sus padres tejieron una malla en torno a ella, no siempre lograron protegerla.

Estudió en la Sidwell Friends School, una elitista institución que también fue la elegida por el matrimonio Obama para Malia y Sasha. Buena parte de la prensa respetó al comienzo el pacto tácito de no intromisión en su vida privada. Pero algunos se lo saltaron. Fue el caso de Rush Limbaugh, locutor radiofónico y puntal de los sectores más conservadores, que en 1993 llegó a comparar a Chelsea, que por entonces tenía 13 años, con un perro. Limbaugh era reincidente. Ya en el pasado había dicho que Amy Carter era "la hija de un presidente menos atractiva" en la historia de Estados Unidos.

Chelsea había aprendido duras lecciones en la Casa Blanca. Y tuvo ocasión de transmitírselas a las dos jóvenes que llegarían a la mansión presidencial tras ella. Barbara y Jenna Bush apenas habían cumplido los 19 años cuando su padre se convirtió en presidente, un cargo que también había desempeñado su abuelo. Y como Chelsea, no tardaron en ver su nombre en los medios de comunicación por una noticia que no hubiesen deseado que apareciese. Los tabloides no dudaron en calificarlas de "fiesteras" tras haberlas pillado bebiendo alcohol cuando aún eran menores de edad -en EE UU hay que tener 21 años-. Y las cosas empeoraron cuando Jenna intentó usar un carné falso para adquirir bebidas. Se trazaron perfiles que incidían en el paralelismo entre los disolutos pasatiempos de las hermanas Bush y los de su progenitor, un reconocido juerguista que abandonó la botella gracias a la religión.

Jenna y Barbara eran auténticas bicocas comparadas con Malia y Sasha, dos adolescentes que habían dado poco juego hasta que a Elizabeth Lauten le dio por arremeter contra ellas. Rompió las reglas más sagradas de Washington y perdió su empleo por no tener en cuenta la máxima: con los hijos del presidente no se juega.