Guerra abierta en el Despacho Oval

Donald Trump gesticula, ayer, ante la prensa en la Casa Blanca./AFP
Donald Trump gesticula, ayer, ante la prensa en la Casa Blanca. / AFP

Los fondos para el muro con México que exige Trump y le niegan los demócratas amenazan con cerrar el Gobierno

MERCEDES GALLEGOCorresponsal. Nueva York

Los encuentros en el Despacho Oval son puro protocolo, por algo se llaman 'photo opportunity'. Con la chimenea de fondo, ahora recargada de adornos navideños, los líderes que visitan al presidente tienen la oportunidad de tomarse una foto con sonrisa de dentrífico durante el apretón de manos y unas palabras de cortesía, a menudo pactadas. El de ayer, sin embargo, rompió con la tradición y sentó un nuevo estándar trumpiano al pelearse con los líderes demócratas del Congreso frente a las cámaras.

Al menos ocho veces Nancy Pelosi suplicó que «no tengamos esta discusión enfrente de la prensa», pero mientras a la congresista de buenos modales le incomoda la fricción pública, Trump se siente más cómodo en el plano de la confrontación, particularmente si hay cámaras delante. Por algo batió récords de audiencia al grito de «¡Estás despedido!» en su 'reality show' 'The Apprentice'.

Hace mucho que el mandatario ha calculado que ser políticamente incorrecto en inmigración da jugosos frutos electorales. Ayer subió la apuesta. «¿Pues sabes lo que digo?», atajó al final de la discusión. «Que sí, que si no consigo lo que quiero de una forma o de otra, ya sea por la militar o de cualquier otro modo que quieras llamarlo, cerraré la Administración, por supuesto», zanjó. El líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, sonrió satisfecho. Era lo que quería oírle decir, que si las negociaciones sobre presupuestos fracasan ante su insistencia de conseguir 5.000 millones de dólares para financiar el muro, la responsabilidad será suya. Pelosi calló desconcertada. La inesperada victoria en esa discusión pública le daba mala espina, y con razón.

La amenaza del cierre del Gobierno ha sido siempre una baza negociadora en la que los dos partidos calculan a quién culpará la opinión pública cuando dejen de llegar los cheques de las pensiones, se encuentren las oficinas cerradas y los funcionarios empiecen a perder días de trabajo, al quedarse en forzada excedencia. Desde que se instauró el actual sistema de prórrogas de presupuestos en 1976 ha habido una veintena de interrupciones en la financiación del Ejecutivo federal, pero hasta que Bill Clinton se quedó gobernando solo, sin apoyo del Congreso, ninguna había durado más de un día. Entonces se jugaba un visión de gobierno en la que Clinton quería dar prioridad a la educación y la sanidad. Esta vez es por una pataleta del presidente, determinado a cumplir con su promesa de construir un muro en la frontera con el dinero de los contribuyentes, pese a que durante la campaña prometió que lo pagaría México.

La primera reunión en más de un año de Schumer y Pelosi con el presidente tenía como objetivo negociar un acuerdo entre los 1.300 millones de dólares que los demócratas ofrecen para reforzar la seguridad fronteriza y los 5.000 que Trump quiere para su muro. Empezó, sin embargo, de mala manera, acusándoles en sus tuits matutinos de querer «fronteras abiertas para que entre cualquiera». Podían haber intuido que lo que buscaba era precisamente este espectáculo público en el que quedar de duro ante sus bases, a las que ha convencido de que se trata de «una emergencia nacional» porque por ahí «entran terroristas», aseguró. Pelosi volvió a suplicarle: «Tengamos una conversación (privada) en la que no tengamos que contradecirle en público». Demasiado tarde, la Casa Blanca es ya un cuadrilátero donde sólo se mide quién pega más fuerte.