Heroína por un tubo

Heroína por un tubo

España experimenta un repunte silencioso de la droga maldita. En vez de inyectarse, ahora se inhala con un canutillo o se fuma en pipa. Los nuevos toxicómanos tienen más arraigo social. «Unos delinquen y otros son trabajadores de clase media», dice un policía

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUAMadrid

El yonqui de hoy ya no es un tipo desdentado con las venas cicatrizadas. Antes el drogata mordía con la boca una goma enrollada a su brazo y se metía un chute de heroína con una jeringuilla tantas veces usada que, a la devastación causada por la droga en sí, había que sumar las infecciones de VIH, el virus de la hepatitis C o la tuberculosis. Ahora se consume sobre todo inhalada y en menor medida esnifada. El toxicómano deja la droga en un trozo de papel de plata que calienta con un mechero e inhala por un canutillo el humo que se desprende. El caballo produce un efecto casi inmediato en el cerebro. Con la droga aspirada, el subidón acontece en pocos minutos, pero más tardíamente que si se administrara por vía intravenosa. Además de ahorrarse neuralgias, náuseas y vómitos, síntomas que asaltan al no iniciado, con el 'chino' el paciente se libra de enfermedades contagiosas. La heroína causó decenas de miles de muertos en las décadas de los ochenta y noventa. No en vano, entre 20.000 y 25.000 personas perecieron por sobredosis y más de 300.000 requirieron tratamiento a causa de su dependencia. La policía asegura que se está produciendo un repunte silencioso de la heroína, circunstancia que desata temores ancestrales entre los españoles. ¿Vuelve la pesadilla del caballo? Las estadísticas aún no lo han apreciado pero lo cierto es que, en materia de drogadicción, la realidad va por delante de las encuestas.

Barrios madrileños como Lavapiés y Puente de Vallecas, o el Raval de Barcelona están reviviendo la pesadilla ochentera. Lo mismo ocurre en pueblos como Dos Hermanas, en el barrio de 'Las tres mil viviendas', ambos en Sevilla, San Francisco (Bilbao), El Saladillo (Algeciras) o ciertas calles del Almanjáyar (Granada), donde impera la ley de la frontera.

Las rutas de los alijos

La droga que se consume en España se cultiva en Afganistán y entra en Europa por medio de las mafias turcas. El epicentro del tráfico pasa por los Países Bajos y desde allí se distribuye por vía terrestre. «En Bélgica hay que pagar muchísimos peajes», sostiene el juez Vázquez Taín, quien resalta que en algún momento los narcos gallegos se han asociado con otras organizaciones para recoger la droga en el Estrecho y distribuirla en la península. «Del mismo modo que en los años noventa en un mismo barco iban a veces alijos de cocaína y hachís juntos, ahora puede estar ocurriendo lo mismo. Si los belgas cobran mucho, los gallegos la suben desde La Línea de la Concepción (Cádiz)», ilustra el magistrado.

Como Libia es en la actualidad un territorio sin la presencia del Estado, en el que campan a sus anchas los miembros del ISIS, las costas del país son un buen punto de embarque del derivado de la morfina, que siempre se ha trasladado en cantidades menores que la coca. Las fuerzas de seguridad europeas tienen en el punto de mira a los clanes búlgaros, cuyos vehículos llegan a cruzar siete países hasta llegar a España. Un itinerario socorrido es la ruta de los Balcanes, que parte de Afganistán, recala en Turquía y luego se ramifica entre Rumanía, Bulgaria Grecia y Albania para llegar en camiones a Holanda, un auténtico bazar de estupefacientes.

«Siempre ha sido más difícil incautar heroína que cocaína», apostilla un agente. Liquidar un 'narcopiso' topa también con muchas trabas. Cuando se logra, en ocasiones hay que tener un estómago recio para aguantar el hedor que desprenden las defecaciones y la orina, mientras se ven corretear cucarachas y ratas.

Hace apenas una semana caía 'El Belleza', uno de los jefes de una organización que controlaba veintiséis viviendas en El Raval (Barcelona) donde se consumía heroína y cocaína. Los Mossos de Esquadra aducen que los 'narcopisos' siempre han existido –desde hace veinte años hay noticias de ellos– pero nunca hasta ahora se había urdido una red tan tupida que se extiende por Can Tunis, La Mina o la Zona Franca. Tan pronto como se desmantelan surgen otros mediante el expeditivo método de la patada en la puerta. La especulación inmobiliaria y la abundancia de pisos vacíos están ayudando a que la okupación de casas sea una práctica común cuando la presión policial se torna asfixiante.

Un breve paseo por Lavapiés, el barrio más 'cool' de Madrid –según la revista 'Time Out'–, demuestra que el trapicheo nunca se ha ido de las plazas y calles más recónditas. En el parque del Casino de la Reina es mejor no adentrarse de noche. Es un punto de encuentro de toxicómanos, zombis que se pinchan o fuman heroína en los portales y las entradas de aparcamientos. Las agujas han vuelto a aflorar como hongos en el estiércol, mientras los narcopisos están a la orden del día. Manuel Osuna, portavoz de la Asociación de Vecinos de La Corrala de Lavapiés, atribuye la irrupción de la droga a los últimos golpes policiales llevados a cabo en la Cañada Real, a tan solo veinte minutos de la Puerta del Sol en coche. Este asentamiento levantado por las bravas es el mayor supermercado de la droga en España. Las acciones de las fuerzas de seguridad contra clanes de traficantes han inducido un éxodo de camellos al barrio. Por el lugar, que presume de ser el más guay de Madrid, pululan tipos de ojos somnolientos y andares errabundos. «Los desalojos y demoliciones de chabolas de El Gallinero también han influido; hacen que la gente se busque la vida en otros sitios», arguye el dirigente vecinal. «Antes el problema quedaba invisible pero ahora lo vemos en los portales, aunque el Ayuntamiento niega que haya habido un incremento del consumo. Ahora no hay 'cundas', también conocidos como 'taxis de la droga', porque no es necesario viajar a la Cañada Real. En Lavapiés se compra y se vende».

«Si los propietarios no denuncian, la Policía no puede ir allí y detenerles, salvo si los pillan in fraganti», apunta Osuna. Es un secreto a voces que en el edificio situado en el número 15 de la calle Doctor Piga se trafica con heroína, pero los dueños del inmueble se desentienden del problema. El edificio ha pasado por tantas manos que nadie sabe con certeza a quién pertenece. Por lo visto era una propiedad embargada por un banco que a su vez la vendió a una empresa inmobiliaria. «Hay pisos vacíos que son de entidades bancarias. Si no pagan la comunidad de vecinos, ¿cómo van a asumir otros conflictos? No saben qué hacer con los pisos que tienen y pasan de la historia. De los 'fondos buitre' ni te cuento, lo que a ellos les importa es vender a buen precio».

Sin embargo, Agustín Rodríguez, el cura de la Cañada Real, un hombre que lleva trabajando veintinco años en el mundo de la drogadicción, niega la premisa mayor que invoca la asociación vecinal. «Las intervenciones policiales que están saliendo por televisión no van contra españoles, sino contra extranjeros. Los clanes gitanos siguen vendiendo. Si se van los foráneos, no van a externalizar el negocio. Sí que es verdad que hay un repunte importante del consumo de heroína. En la Cañada se mantiene el trasiego, porque está aumentando el consumo por otros lados. Es verdad que ha bajado algo el nivel de personas que vienen a pillar y consumir, pero no de forma exagerada», cuenta Rodríguez, quien asevera que las 'cundas' siguen haciendo sus servicios, a 15 euros el viaje.

Volumen de incautaciones

A la luz de los datos de la memoria anual de la Fiscalía General del Estado correspondiente a 2017, publicados en el mes de septiembre, los agentes se incautaron de más de 524 kilos de heroína, el doble que en el año precedente. El mayor alijo se aprehendió en noviembre de 2017 en el puerto de Barcelona, donde se intervinieron 330 kilos de heroína. No se decomisaba una cantidad semejante desde 2009.

Según fuentes policiales, el prototipo del consumidor ha cambiado, al menos el que acude a las barriadas marginales en busca de una dosis. «El perfil es muy variopinto, desde el clásico drogodependiente que delinque hasta el trabajador de clase media que se ha enganchado e, incluso, personas de clase alta. Normalmente, empiezan con la coca y acaban en la heroína», dice un inspector que demanda el anonimato.

La droga maldita es ahora más barata, circunstancia que ha acrecentado su consumo. La micra de heroína, que solo sirve para apaciguar el mono, puede salir por cinco euros, mientras que el 'manchado' (mezcla de heroína y cocaína) se vende por diez. El policonsumo es la tónica dominante, de modo que la heroína se toma a la vez que el alcohol, la coca y psicofármacos como el Rohypnol. «La cocaína produce el 'flash' y luego para poder dormir el drogadicto se fuma una pipa de heroína para relajarse un poquito», dice el juez José Antonio Vázquez Taín, uno de los pioneros en la lucha contra la droga en las Rías Baixas.

Si las incautaciones crecen, significa que la demanda es pujante. El año pasado la producción de opio en Afganistán batió todos los récords: 9.000 toneladas, suficientes para satisfacer todo el mercado mundial. En el país asiático, la mayor fábrica de opio del planeta, los cultivos ilegales de amapolas adormideras suponen entre el 20% y el 32% del PIB nacional y generan 590.000 empleos. Con todo, el juez Vázquez Taín sostiene que los señores de la guerra no han conseguido colocar toda la cosecha.

Polvo adulterado

Pese a que el incremento del consumo de heroína es un hecho en Europa y, sobre todo, en los Estados Unidos, en España las encuestas y estadísticas no lo han constatado aún. Ni el Plan Nacional sobre Drogas (PND), ni la Fundación Proyecto Hombre, ni la Fundación de Ayuda a la Drogadicción (FAD) han registrado dicho crecimiento. La Encuesta sobre Alcohol y Drogas del PND cifra en un parco 0,6% la proporción de personas que ha probado alguna vez en su vida la heroína, frente al 0,7% de 2015 y el 0,8% de 1995. «La alarma que se está suscitando tiene dimensiones internacionales. Lo más preocupante se produce en los Estados nidos [donde en 2017 murieron 60.000 personas por sobredosis]. Allí no hay programas de reducción de daños, como las salas de venopunción (narcosalas) que tanto escándalo suscitaron cuando se abrieron. Pero es un modelo que no tiene nada que ver con España, donde el consumo está en mínimos. La percepción social es más importante que la realidad, ya que en barrios de determinadas ciudades se están concentrando narcopisos. No son situaciones extrapolables», dice el vicepresidente de la FAD, Ignacio Calderón.

Los análisis que se han hecho a algunas muestras prueban que los toxicómanos se inyectan o fuman heroína muy adulterada, de modo que su pureza oscila entre el 5% y el 25%. Y es que ciertos aditivos con los que se mezcla la heroína obstruyen los vasos sanguíneos de pulmones, hígado, riñones y cerebro, además de causar infecciones y lesiones muy graves en esos órganos.

Mariano, nombre ficticio de un camarero y vecino de Lavapiés, se apunta a las teorías conspiratorias: «No hay nada como sembrar el miedo y el terror. Se alimenta el sentimiento de inseguridad, la gente se marcha de los barrios, bajan los precios de los pisos y cuando ya se ha expulsado a los habitantes tradicionales del barrio, el precio por metro cuadrado sube. Todos ganan: las inmobiliarias, los bancos, el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, que recaudan más impuestos». Mariano respira por la herida, pues hace años tuvo que vender su pequeña buhardilla en Lavapiés porque carecía de medios para rehabilitarla.

 

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