Marchena mira a Estrasburgo

El presidente de la Sala, Manuel Marchena, se dirige a los acusados en una de las primeras sesiones de la vista. /EFE
El presidente de la Sala, Manuel Marchena, se dirige a los acusados en una de las primeras sesiones de la vista. / EFE

El presidente de la Sala echa mano de precedentes dictados por el Tribunal de Derechos Humanos para sustentar cada uno de sus pasos

DAVID GUADILLA

Eran las 10.20 del pasado martes y Manuel Marchena tomaba la palabra. «Vamos a iniciar la vista oral». Arrancaba el juicio del 'procés', con doce dirigentes soberanistas en el banquillo y los ojos de medio mundo mirando al Salón de Plenos del Tribunal Supremo. En especial los de la Unión Europea, pendiente de cómo se desarrolla un proceso de este calado en uno de los países más importantes del club, y con los soberanistas haciendo campaña para cuestionar la independencia de la Justicia española. No habían pasado ni cinco minutos desde el inicio y Marchena ya había aludido en dos ocasiones al Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) para recalcar que sería «flexible» y tendría «generosidad» con los tiempos de intervención de las defensas.

Los procesados, las acusaciones y el propio presidente de la Sala son conscientes de que las sesiones que se celebran en el Supremo son como una primera parte. Solemne, muy relevante y casi definitiva. Pero no del todo. Porque luego llegará el Constitucional y sobre todo Estrasburgo. Allí se decidirá el partido. Los abogados de los dirigentes soberanistas están convencidos de que Europa puede dar un revolcón al Supremo en el caso de una sentencia condenatoria. Su confianza se basa en algunos precedentes. Por ejemplo, cuando el TEDH decidió revocar la 'doctrina Parot', lo que permitió la excarcelación de varias decenas de etarras. Pero acudir a Estrasburgo no es ninguna pócima mágica ni un tribunal que eche al traste de forma sistemática las sentencias españolas. Más bien al contrario. Sin ir más lejos, avaló la ilegalización de Batasuna y hace unos meses también dio la razón a España al impedir la acumulación de condenas de presos de ETA.

Hacia dónde se incline la balanza depende de muchos factores, y con un juicio retransmitido en directo por internet las referencias al Tribunal Europeo de Derechos Humanos no paran de resonar en el Supremo. El letrado de Oriol Junqueras, Andreu Van den Eynde, lo sacó a colación en una docena de ocasiones durante su discurso del martes. «No me he encontrado a nadie en Europa que entienda que la respuesta a estos hechos tenga esta severidad», afirmó.

Jordi Pina, que defiende a Jordi Sànchez, Jordi Turull y Josep Rull, recordó a Marchena que «las apariencias importan», y sacó a relucir el varapalo que Estrasburgo dio el año pasado a la Audiencia Nacional al observar dudas razonables en la imparcialidad de la magistrada Ángeles Murillo en un juicio a Arnaldo Otegi. En la misma línea, Marina Roig, la abogada de Jordi Cuixart, aventuró que «a quien va a condenar Estrasburgo no va a ser a Rusia o a Turquía, sino a España».

Todos son conscientes de que tras el juicio llegarán los recursos ante el Constitucional y el TEDH

Lazo amarillo

Unas apelaciones que no parecen inmutar a Marchena. Sabe dónde se la juega. Y mueve sus piezas. Se demostró el miércoles, cuando el representante de Vox, Pedro Fernández, cuestionó si se iba a dejar a Sànchez llevar un lazo amarillo. Por procedimiento la cuestión no tocaba, y Marchena se lo recordó al abogado. «Pero se lo voy a aclarar». El magistrado demostró que tenía la lección aprendida y que esperaba la petición. Para sorpresa de algunos miembros de Vox, Marchena anunció que el símbolo de los soberanistas podrá estar en la solapa del expresidente de la ANC. ¿Con qué argumento? Con dos sentencias dictadas hace unos años por Estrasburgo condenando a Bosnia y a Bélgica por no permitir en un juicio el uso de símbolos religiosos en un juicio. Y eso vale, aseguró el juez, para los políticos. «Así que no voy a poner ningún obstáculo».

El jueves sucedió algo parecido con otro tema polémico. La utilización del catalán en el Supremo. Las defensas insistían en que se estaban vulnerando los derechos de los procesados al no poder utilizar su lengua natal. ¿Qué hizo Marchena? En la misma línea, apeló a sentencias y directivas dictadas por instituciones europeas protegiendo el uso de idiomas minoritarios para permitir a los acusados hablar en catalán. Al final, para evitar que las traducciones acabaran por entorpecer el relato, Junqueras y Joaquim Forn hablaron en castellano. «Es un placer», llegó a decir el líder de ERC. Marchena no quiere que nadie cuestione que está siendo un juicio con todas las garantías y mira de reojo a Europa.

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