La oposición exagerada de Pablo Casado

Pablo Casado, durante el último pleno de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados./EFE
Pablo Casado, durante el último pleno de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados. / EFE

El líder del PP no duda en recurrir a la hipérbole para recuperar los tres millones de votos perdidos

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Pocos días antes del congreso del PP que aupó a Pablo Casado a la cúspide de su partido el pasado 21 de julio, el entonces candidato comentaba que su tarea primordial sería recuperar los tres millones de votos populares perdidos con Mariano Rajoy. Para eso, decía, tenía que dar un golpe de timón al discurso del PP, cambiar la imagen del líder y reivindicar los valores tradicionales del partido. Cuando casi se cumplen sus cien primeros días como jefe de la oposición, el viraje conservador es evidente, como también lo es que en el camino ha derrapado en algunos momentos con exageraciones que le han restado credibilidad.

Casado está omnipresente en la escena política; no hay día que no hable, algunos dos, tres y hasta cuatro veces, y cuando calla se expresa a través de las redes sociales. Todo un cambio respecto al silente Rajoy. Pero esta proliferación de intervenciones públicas conlleva sus riesgos, entre ellos, incurrir en la hipérbole por el afán de «fidelizar» al electorado popular y reenganchar al votante fugado por la derecha y por el centro.

El líder del PP defiende sin complejos el ideario conservador de su partido. «No es posible que España pueda absorber a millones de africanos», afirmó apenas una semana después de ser elegido presidente de su partido. Incluso precisó: «Hay un millón de inmigrantes esperando en las costas libias para abrir una nueva ruta por España». Cifras que causaron estupor, por desmesuradas, en el Ministerio del Interior, porque las entradas anuales de inmigrantes ilegales por mar desde África están bastante por debajo. Las cifras oficiales señalan que el año pasado llegaron por esa vía 40.000 indocumentados y 12.000 hasta junio de este año. Nada que ver con las alertas apocalípticas de Casado. Pero no era un patinazo como se le criticó. Las palabras del líder del Partido Popular tenían mucho sentido para el colectivo hostil hacia la inmigración africana y que comparte la idea de que «no hay papeles para todos» en España.

También quiere recuperar para el discurso de su partido que el PP es el gran valedor de la Monarquía, no tratada con la suficiente deferencia en la anterior etapa, a juicio del equipo de Casado. Para sepultar los momentos más turbulentos de la Corona, el líder del PP no dudó en pedir que se incorpore al lenguaje cotidiano «simplemente y sencillamente, y sin levantar la voz 'viva el Rey'». Sería bueno, dijo el pasado 9 de septiembre, que los españoles se fueran «acostumbrando» a introducir esta loa «en las conversaciones de la calle o del bar, del mercado, de la oficina o universidad». También se debería decir «viva el Rey», agregó, «cuando abrimos un hospital o un colegio, cuando pagamos las pensiones o un subsidio de desempleo, o abrimos kilómetros de AVE o carreteras».

Mil millones

Casado sabe que se juega parte de su futuro en las elecciones andaluzas del 2 de diciembre y ha entrado en la campaña sin pararse en barras. «Los andaluces no merecen mil millones de ayudas malversadas que acaban en mariscadas, en cocaína, en juergas y en prostitutas», soltó en un pleno del Congreso la pasada semana para denunciar el, a su entender, despilfarro de la Junta de Andalucía que preside Susana Díaz. Se refería al fraude de los ERE que se enjuicia en la Audiencia de Sevilla, pero que es improbable que alcance esos guarismos, o de las malversaciones de la Fundación Andaluza Fondo de Formación y Empleo, cuyos responsables frecuentaron clubes de alterne con cargo a las tarjetas corporativas, pero que según las investigaciones el dispendio está en el entorno de los 30.000 euros.

También metido en harina electoral, Casado subió el listón del orgullo nacional, otro sector del PP que se sintió huérfano con Rajoy, y en un mitin el pasado domingo en Málaga elevó «la hispanidad» a la categoría de «hito más importante de la humanidad, solo comparable con la romanización». El imperio español, agregó, es «probablemente la etapa más brillante, no de España sino del hombre». Recibió críticas de todos los colores, no ya de rivales políticos, sino de historiadores y académicos por sus palabras henchidas de nacionalismo español. Pero no se dirigía a ellos, el destinatario del mensaje era el votante popular desengañado con la respuesta de Rajoy hacia el reto soberanista de Cataluña y que no quiere un Gobierno achantado.

Casado quiere reafirmarse todos los días en la idea que expuso en el discurso con que cerró su victoria en el congreso del partido: «El PP ha vuelto». Ha regresado, además, con todas sus armas y bagajes para ser el bastión conservador que siempre había sido con un proyecto claro y definido, y sin que sus perfiles se difuminen en el altar del pragmatismo y la moderación.

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