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'Dos hombres en Manhattan'

Jean-Pierre Melville dirige y protagoniza este filme de intriga política sobre el que posa una mirada desencantada apoyada en una excelente fotografía en blanco y negro

Escena de 'Dos hombres en Manhattan' (1959)./
Escena de 'Dos hombres en Manhattan' (1959).
Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONA

Como muchos de los factores humanos que componen la entraña del cineasta Jean-Pierre Melville esta obra de intriga político periodística puede interpretarse como un lúdico y paródico ejercicio de estilo. El amigo francés en el cine americano (el noir empapado de negro, y viceversa).

Cinta inédita en España en su momento, olvidada a veces en la corta pero intensa filmografía del cineasta francés, 'Dos Hombres en Manhattan' participa de esa atmósfera realista pero indefinida, fantástica a su manera, donde la ambigüedad se convierte en el eje de la trama. En este caso la relación de un periodista y un fotógrafo sin escrúpulos que investigan la desaparición de un delegado francés de la ONU.

El propio director coprotagoniza esta obra de sus inicios, casi una ópera prima que cuenta como aliciente el hecho de estar rodada en Nueva York, cuya ambientación entre sombreros, abrigos, calles y locales está marcada por la sucesión de entrevistas que la pareja de reporteros realiza para averiguar el paradero del desaparecido. Una tipología humana, siempre femenina, en la que se asoman los estereotipos de las mujeres pródigas en las imágenes inherentes al género negro.

Cartel promocional de 'Dos hombres en Mahnahttan' (1959).
Cartel promocional de 'Dos hombres en Mahnahttan' (1959).

Melville, junto a Pierre Grasset, traza este itinerario urbano fundamentado en ese aire displicente y de extrañeza en el que se suceden los testimonios y las reiteraciones e insistencias como la del vehículo perseguidor.

'Deux hommes dans Manhattan' es menor y apenas se sostiene si la comparamos con la primera tarjeta de presentación del cineasta plasmada en 'Bob le flambeur' (1956) pero es un buen documento para diseccionar el estilo y las inquietudes de un peculiar hombre de cine que dejaría después obras maestras como 'El silencio de un hombre'.

Exploración, vuelta de tuerca de géneros, mitomanía y homenaje a una mirada y a unos sonidos. La música, por ejemplo, viene firmada por Ch. Chevallier y el jazzista Martial Solal, quien más tarde compone la banda sonora de la mítica obra de la nouvelle vague, 'À bout de souffle' (1960) de Godard, donde por cierto el propio Melville hace una aparición destacada. Aunque aún no estamos en el Melville radical de estilo seco, planos cortantes y silencios, sí se presiente esa dirección cuidada, extremadamente estilizada, aquí apoyada en una fotografía excelente en blanco y negro de Nicolas Hayer.

En lo argumental si bien se transmite la sensación de que al propio Melville le interesa poco lo que sucede con los dos periodistas, compensa la intriga con ese aire de complicidad entre la pareja de protagonistas y la dureza ética de los personajes que encarnan. Ahí se revela ya con contundencia el nihilismo del cineasta y su mirada desencantada. Exento de esa radicalidad, el filme tiene un trayecto inicial más purista en favor de la consolidación de su estilo para después caer en otras concesiones dramáticas, convencionales, de género.

Diversas escenas de 'Dos hombres en Mahnahttan' (1959)

No obstante Melville va sumando cavilaciones en voz alta, reflexiones sobre el sistema: la corrupción moral, el sensacionalismo, la ambición... 'Dos hombres en Manhattan' mantiene una estructura de género: la reconstrucción del personaje desaparecido a través de las entrevistas/testimonios de las mujeres que lo conocieron.

Pero entre el guiño y la exploración estética, la miscelánea marca la historia que tan pronto parece abordada de puntillas, desaforada y apresurada, cómo echa mano de la voz en off, de esas reiteraciones que se antojan superfluas y esa estampación de la urbe a través de calles, nombres y lugares míticos. Pero la irregularidad, el homenaje, ese aire libertario a lo Cassavetes, y la vuelta de tuerca del noir colisionan con una forma de analizar los modelos clásicos y avanzar transgresiones y ese mestizaje que el propio Melville practicó y aplicó en un cine, el suyo, con ADN y códigos propios.

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Melville llegó a renegar de la película, más por su presencia interpretativa que por los resultados de su vocación incipiente de estilo. Poses, cinismo, melancolía, código moral, juguetona trama para zarandear al amarillismo periodístico, todo ello avanzando el debate sobre los límites de vida privada. Una papilla de democracia y resistencia, de historia escrita y fotografiada. Y travellings, picados y contrapicados, luces y sombras y un improvisado juguete de jazz, calles, mitos como Broadway, el Capitole, el Mercury Theatre, ironía y complicidad en un paseo nada complaciente.