'Las nieves del kilimanjaro'

Con música de Bernard Herrmann y un colorido escenario de fondo, Henry King se pregunta por el ocaso físico y mental en un filme donde lo turbador, lo nostálgico y lo documental tiene cada uno su tempo

Hildegard Knef en 'Las nieves del Kilimanjaro' (1952)./
Hildegard Knef en 'Las nieves del Kilimanjaro' (1952).
Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONA

Participa de ese exotismo cromático de la mirada de postal y de la incursión en la mezcla de romance y aventura. Y, por supuesto, es una de las adaptaciones emblemáticas de la obra de uno de los narradores universales mas pegados a la pantalla para lo bueno y para lo malo. Porque el autor de 'El viejo y el mar', Ernest Hemingway, es el narrador de este relato autobiográfico, a mayor gloria de Gregory Peck, en el que Henry King revela su potencia y solidez narrativas y certifica ese tono clásico.

'Las nieves del Kilimanjaro' tiene su esencia y su propia caligrafía y es uno de esos ejemplos, evolución o no, de que las películas de ahora ya no se parecen a las de esa década de los cincuenta. Más grandilocuentes entonces, más vacías ahora, pese a que los medios y el desarrollo del lenguaje audiovisual indique lo contrario.

El escritor Harry Street protagoniza el viaje por África en busca de lo desconocido y el filme en flash backs se convierte en geografía y cartografías de una manera de entender la vida. A la estrella la acompañan en la constelación dos actrices muy diferentes: Ava Gardner y Susan Hayward. Evocación, redención, pasado y presente, España por cierto siempre en el imaginario del escritor de 'Fiesta', otra obra que King adaptaría años después de su inmersión africana. El anti-héroe que se pregunta por el significado de la vida, la mirada atrás, el drama con paisaje al fondo, el ocaso físico y mental y el perfume del romanticismo impregnan esta suma de trayectos. Todo es vistoso, la música de Bernard Herrmann, el compositor fetiche de Hitchcock, enmarca los escenarios cambiantes y las pasiones desatadas, y las heridas y gangrenas de guerras y amores se suceden como una novela gráfica magníficamente contada y con destellos de belleza natural.

Ava Gardner posa durante un descanso del rodaje de 'Las nieves del Kilimanjaro' (1952).
Ava Gardner posa durante un descanso del rodaje de 'Las nieves del Kilimanjaro' (1952).

El tándem Peck/Henry King ya se había ido contruyendo con cintas como 'Almas en la hoguera' y 'David y Betsabé' y aquí logra una de sus mejores ecuaciones estéticas ensalzada por la interpretación de la actriz de 'Mogambo', los paisajes de Tanzania y la fotografía de Leon Shamroy. El ejercicio del cineasta combina eficacia y personalidad visual gracias a una sabia utilización de todo el aparataje técnico y de la intensidad narrativa. Del mismo modo, el filme exuda una atmósfera y un ecosistema especiales donde lo turbador, lo nostálgico y lo documental tiene cada uno su tempo y también su conjunción inteligente para que la historia, solo malograda por un final feliz inexistente en el libro, no pierda sus esencias dramáticas.

La huella del autor de la Generación Perdida con ese juego existencial y distanciado, se plasma en la cinta a través de las referencias a España y a la Guerra Civil, la bohemia de París, entre otros viajes y nomadismo. No hay interés de King en profundizar en el universo psicológico del personaje que encarna Peck. Por el contrario su peripecia vital su revisionismo y su vínculo con el destino está retratado a traves de la mirilla de lo sentimental.

Gregory Peck, Hildegard Knef, Ivan Lebedeff, Maya Van Horn y Ava Gardner en diversas escenas del rodaje de 'Las nieves del Kilimanjaro' (1952).

Tanto Shamroy como la dirección artística, firmada por Lyle Wheeler, John Decuir, Thomas Little y Paul S. Fox, fueron candidatas a la estatuilla. De la mano de Zanuck, sello también notoria en la cinta. En el original literario el breve relato se convierte en una monumental odisea paisajística con sinfonía romántica. Es verdad que hay una cierta pincelada National Geographic que atraviesa la cinta y la deja desmayada, como afrontada con desgana. A cambio asoman diálogos y reflexiones nada desdeñables sobre la creación literaria, el compromiso del escritor y la invención. Una existencia atormentada enmarcada por un azaroso arcoíris final.

Una obra de fogonazos, hoy bastante olvidada, que puede ser exponente de esas historias de aventura, conquista, relatos míticos subliminales y, sobre todo, muchas ganas de contar historias.

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