Este contenido es exclusivo para suscriptores

Accede 2 meses gratis a todo el contenido y disfruta de la mejor experiencia publicitaria

logo-correo-on2.svg
Acceso ilimitadoNuevas secciones y más contenidosNueva app solo para suscriptoresCartas de autor en tu emailOfertas y eventos exclusivos

Las 47 cuerdas de Mary Lattimore

La arpista estadounidense, que ha colaborado con Jarvis Cocker, Arcade Fire o Thurston Moore, hipnotiza al oyente con su nuevo disco de composiciones melancólicas y meditabundas

Mary Lattimore./Jackie Young
Mary Lattimore. / Jackie Young
Carlos Benito
CARLOS BENITO

El arpa carga con cantidad de clichés injustos. Muchas veces se la ve como un instrumento decorativo, simple pasatiempo para damiselas aristocráticas del pasado, que como mucho puede añadir algún 'glissando' ensoñador al sonido de una orquesta. Vienen a la cabeza los versos de Bécquer («del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo veíase el arpa») y traen con ellos un montón de connotaciones románticas, sensibleras, que pelean en la memoria con la imagen también inevitable de Harpo Marx y su acometida circense de las cuerdas, ¡todas esas cuerdas! El arpa del estereotipo es un armatoste aparatoso y obsoleto, cuya vigencia se quedó en el impresionismo de Ravel y Debussy. Pero, por supuesto, ese tópico es una barbaridad sin ninguna justificación, quizá se trate incluso de un prejuicio machista ante el abrumador predominio de intérpretes femeninas: el arpa es, de hecho, un instrumento muy apreciado por los compositores de clásica contemporánea, ya que los pedales multiplican las posibilidades de este 'piano desnudo', como se le suele llamar. En el jazz, se convirtió en una excelente herramienta de improvisación gracias a figuras como Dorothy Ashby o Alice Coltrane. Y, en la música popular de nuestros días, la mantienen muy viva artistas tan diversas como Joanna Newson, Serafina Steer, Baby Dee o Zeena Parkins.

La estadounidense Mary Lattimore es el último nombre añadido a esta nómina de arpistas ilustres que ensanchan los límites convencionales de su instrumento. Nacida en Carolina del Norte, criada en Filadelfia y afincada en California, estaba marcada desde la infancia, ya que su madre es arpista de orquesta sinfónica: la pequeña Mary empezó sus estudios con el piano, pero a los 11 añitos se pasó al arpa, un poco a regañadientes. Con el tiempo, fue adquiriendo nuevas destrezas y se dio cuenta de que podía trasladar el arpa a cualquier terreno que le interesase. «Creo que el arpa es el instrumento más gratificante y complejo, el más hermoso, mágico y exuberante. Si te enganchas a ella, te sobrepones al precio que hay que pagar: el coche alargado para llevarla de aquí para allá, el apartamento en el primer piso que vas a necesitar, el espacio que ocupa, las 47 cuerdas, el mantenimiento, el aprendizaje de su diseño y su mecánica... No puedes llevar una manicura glamurosa. Lleva mucho tiempo sentirte cómodo con ella, no la dominas con rapidez. Pero, si te atrae el sonido particular del arpa, no hay ninguna otra cosa que suene igual, así que te atrapa», desarrolló en una entrevista con 'AV Music'.

Encajar y sorprender

Desde luego, Mary Lattimore ha acabado tocando el arpa en entornos muy alejados de las estampas de veladas artísticas en salones refinados. Ha colaborado con gente como Jarvis Cocker, Sharon Van Etten o Kurt Vile, ha acompañado a Arcade Fire ante miles de espectadores desbocados y ha improvisado junto a Thurston Moore, el guitarrista de Sonic Youth. Ella misma reconoce su asombro ante todas estas ramificaciones de su carrera: «En el instituto, tocar música clásica para arpa era algo muy diferente de lo que me interesaba de verdad. Nunca se me ocurrió encajar en una banda. Me gusta poner el arpa en contextos inesperados; no pensar dónde puede encajar, sino cómo puede sorprender a la gente», ha comentado a la revista 'Paste'.

La carrera en solitario de Mary se hizo esperar, pero arrancó finalmente en 2016 con 'At The Dam', al que siguió un año después la recopilación 'Collected Pieces'. En sus composiciones, la artista estadounidense amplía con efectos electrónicos las posibilidades de su instrumento y emplea un pedal de 'loops' para acumular sucesivas capas de sonido. El resultado es una música hipnótica, contemplativa, serena, que la propia arpista compara con la sensación de estar bajo el agua: las cuerdas repiquetean, se multiplican en distintos planos y se obstinan en motivos melódicos que se acercan, se alejan y parecen oscurecerse de pronto como si una nube hubiese ocultado el sol. En su nuevo disco, el recién editado 'Hundreds of Days', las texturas se enriquecen con sutiles arreglos de piano, theremin, guitarra, sintetizador o incluso voz, en piezas melancólicas y evocadoras que lo mismo pueden remitir a los cánones clásicos que a la banda favorita de la propia Mary, The Cure: no resulta tan difícil imaginarse a Robert Smith, en el ángulo oscuro, cantando 'On the Day You Saw the Dead Whale'.