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La cabeza y el corazón más prodigiosos

Raúl Gómez Samperio
RAÚL GÓMEZ SAMPERIO

Ni Churchill, ni Zarra, ni Santillana. La mejor cabeza que la naturaleza ha colocado en un cuerpo humano ha sido la de Leonardo Torres Quevedo. Ahí está para recordarlo el busto del «ingeniero e inventor cántabro más universal», obra de Eduardo Anievas, que nos recibe en la entrada de la sede del Gobierno de Cantabria, en Peña Herbosa, anunciándonos que patentó el primer teleférico para el transporte de personas (1887); aplicó la tecnología mecánica a las máquinas de calcular (1893-1901); concibió un sistema de dirigibles consagrados durante la I Guerra Mundial; inventó el primer mando a distancia, el telekino (1902-1906); construyó el primer teleférico abierto al público, el del monte Ulía, en San Sebastián (1907) y el primero de Norteamérica, el del Niágara (1916), que por cierto sigue funcionando. Además, con sus ensayos sobre Automática (1914), sus ajedrecistas, primeros autómatas dotados de inteligencia artificial (1912-1922) y su aritmómetro electromecánico (1920), primer ordenador en el sentido actual del término, se adelantó en décadas a los pioneros de la informática.

 

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