Caníbal

Caníbal
FOTOLIA
Rosa Palo
ROSA PALO

Lo escribió Julio Camba: «A mí la naturaleza me produce una sola inspiración: la de dormir». A mí, en cambio, la inspiración que me produce es la de comer: veo un paisaje verde y frondoso y me entran ganas de echarme un bocadillo al coleto. O, mejor aún, de comerme el paisaje mismo: un sándwich de ría con salsa de sotobosque de helechos y doble de queso. Lo mío con la belleza es canibalismo. Y gula.

Los paisajes nuevos y hermosos son siempre una posibilidad: la de poder vivir allí para disfrutar todos los días de esa belleza que te sobrecoge y te abruma. Pero, para el de fuera, ese disfrute es temporal y se reduce a unos pocos días en los que sólo te da tiempo a arañar la superficie, por lo que confiarlo al recuerdo o a las fotografías es poca cosa, que la memoria es frágil y el encuadre limitado.

Por eso yo me fío más de la memoria de mi estómago y me como los paisajes. Los de allí y los de aquí, los verdes y los ocres, los de arriba y los de abajo, que el pulpo sabe mejor en Galicia que en ningún otro sitio, que sólo en Asturias la sidra no te deja resaca y que el caldero del Mar Menor está mucho más rico si te lo comes en un chiringuito con el cuerpo lleno de sal. Y eso lo sabemos todos: usted, yo, Julio Camba («La primera fabada que yo he tomado en mi vida me la ofreció en Somió don Melquiades Álvarez, y era tan buena, que a causa de ella estuve a punto de ingresar en el partido reformista») y Donald Trump. Por eso, el día en el que al presidente norteamericano se le antojó un helado quiso comprar Groenlandia. Para comérsela. Éste sí que es caníbal.