Ficciones

Olga Agüero
OLGA AGÜEROSantander

Las denuncias falsas para cobrar seguros crecen en Cantabria. Ante el incremento de pastorcillos mentirosos –aunque esta vez viene el lobo de verdad en vísperas electorales– la Policía Nacional de Cantabria ha instalado el Veripol. Sucedáneo más esmerado del mediático polígrafo de Conchita que detecta denuncias falsas –de mayor enjundia, que no es muy complicado– automáticamente. Al parecer, según el lenguaje utilizado en el texto de la denuncia un modelo matemático discrimina entre ficción y realidad. Lo cual convierte al Veripol en una herramienta muy útil en hemiciclos y Moncloas, al estilo del omnipresente VAR futbolístico, que ya supera en credibilidad al Supremo, para discernir lo falso y lo verdadero. Cuestión que cada día –escupitajos dialécticos mediante– aparece más turbia. Siempre hay excepciones, algunas declaraciones como las bombas inteligentes de precisión laser de Borrell, no precisan de polígrafo para desenmascararse, porque ya se desacreditan solas.

Con todo, el Veripol aplicado a la política iluminaría algunas sombras. Le dijo la alcaldesa de Santander al concejal Mantecón: «No puede venir el último de la fila y creerse más que trece». Para eso ya está el exciudadano David González. Que tiene más poder que trece ediles del PP y toda la corporación. Veripol podría desvelarnos por qué un concejal no adscrito se adscribe siempre al PP, huérfanos de un voto para la mayoría que proporciona generosamente este señor. No vayan ustedes a malpensar que tan reiterada coincidencia es algo más que simple casualidad.

Mientras tanto el presidente de la Autoridad Portuaria nos ha escrito una encíclica en el periódico lavándose las manos del inmoral tráfico de armas a Arabia Saudí desde Santander. Para justificarse dice ser «el último eslabón de una cadena de mando». Somos el único puerto donde el patrón manda menos que los marineros. No necesitamos aplicar ni polígrafo ni Veripol al escrito del presidente. Porque la verdad supura por las costuras de sus párrafos. Nadie está obligado a proceder contra su conciencia. Nadie necesita permiso para defender su ética. Lo que necesita es valor. Siempre hay quien prefiere perder los principios a perder el cargo.

 

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