La idiocia urbana

La idiocia urbana
Rosa Palo
ROSA PALO

Cuando Marx habló de «la idiocia de la vida rural» es porque no conocía la actual idiocia de la vida urbana, que la idiocia es muy democrática y no hace distingos hoy en día. Pero peor aún es intentar trasvasar la idiocia de una vida a la otra, de la urbana a la rural: pregunta si hay wifi fue lo primero que le dije a mi santo cuando me comentó que había encontrado una casa estupenda en el campo. Lo segundo, si tenían Nespresso, que una no es persona si no se toma un café recién levantada. Y allí que nos fuimos con el portátil, la 'tablet', los teléfonos, tres cargadores y cinco cajas de cápsulas de ristretto.

Y aquí que estamos con los aparatos medio muertos, utilizando los datos de los móviles a base de cartillas de racionamiento y bebiendo café de olla. Idiotas urbanos que mitificamos lo rural, lo bucólico, lo artesanal, el descanso y la desconexión del mundo exterior para luego acordarnos de la fibra óptica y de las cafeteras italianas. Y hasta de las mosquiteras: anoche entró en la cocina un bicho tan grande que no sabía si era una libélula o el Falcon del presidente. Poco nos pasa.

«Vete al bar, que allí seguro que pillas wifi», me dijo la dueña de la casa. Oiga, señora, sin ofender, que a los bares los parroquianos vamos a beber, no a trabajar. Que ya me las apañaré para mandar las crónicas, aunque sea a través de palomas mensajeras y me tenga que hacer colombófila, como Don Pantuflo. Pero lo más alucinante es que, en medio de este mundo analógico, en una farmacia me han vendido unas compresas con iones negativos, rayos infrarrojos, nanotecnología y elementos biomagnéticos. En serio, no me invento nada. Así que he conectado una compresa al ordenador. Y ya tengo wifi.