EDUARDO LAGO PREMIO NADAL / «La complacencia es el peor enemigo del escritor»

El autor galardonado por 'Llámame Brooklyn', «en algún modo un canto a la República y la España peregrina del exilio», promete que nunca se someterá al mercado

MIGUEL LORENCIBARCELONA
EDUARDO LAGO PREMIO NADAL / «La complacencia  es el peor enemigo del escritor»

El mismo azar que lo condujo a Nueva York hace dos décadas lo trae de regreso a España convertido en ganador del Nadal. Lo recibe con tanta sorpresa como orgullo Eduardo Lago (Madrid 1954) tras haber pasado cinco años «obsesionado» con 'Llámame Brooklyn, una novela de «amor, amistad, soledades y traiciones» que brinda a Enrique Alfau, el raro autor de 'Locos' que, como él, se instaló en Nueva York.

Lago está decidido a entregarse al poder del palabra escrita, pero advierte que no se rendirá a las leyes comerciales. «Si tengo algo que decir escribiré. No me someteré a los dictado del mercado», promete.

-¿De veras nunca se preocupó por publicar?

-Así es. Escribo desde siempre, pero nunca me preocupó publicar. Sí quería aportar algo, dar con una forma literaria que me llevara a zonas no transitadas y así surgió esta novela, a dos voces, y fragmentaria. Creo que el fragmento es la condición contemporánea. Nada está claro para nadie, ni nadie posee la verdad. Como Cervantes nos demostró, la verdad se construye desde muchos lugares. Si hoy mi primera novela tiene el Nadal es por Antonia Kerrigan, agente literaria muy especial que la movió como mejor le pareció y la presentó al premio.

-¿Cómo ve el futuro de la carrera que abre el Nadal?

-La literatura hoy se debate entre la necesidad auténtica y radical de pureza artística y las necesidades que impone el mercado. Esta amenazada por la ley del mercado y la tiranía comercial. Los autores lo tienen muy difícil. Siento un enorme respeto por este premio y espero seguir adelante con cordura. Escribiré si tengo algo que decir, pero jamás sacaré algo porque lo pida el mercado. Falla quien intenta acomodarse al público. No hay que dar al público lo que quiere. Te traicionas a ti mismo. Es absurdo buscar el éxito. El Nadal es especialísimo para mí. Estar en la misma lista de Carmen Laforet, Delibes o Ferlosio, a quienes leí con admiración en al adolescencia, es emocionante. Pero insisto, soy Nadal gracias a Antonia Kerrigan. Nunca me presenté a un premio.

-¿Quién es Gal Ackerman, su protagonista?

-Un escritor, huérfano de la guerra civil que a los 14 años averigua que es español y conoce su origen y su identidad. Para él, escribir su vida se convierte en una necesidad, pero tampoco tiene interés en publicarla. A mí me pasó un poco lo mismo. Tras unos años en el periodismo y en el mundo universitario y haber escrito unos cuentos, descubrí un mundo dentro de mí al que tenía que dar forma.

-¿Y se convirtió en una obsesión?

-Sí. Una obsesión de cinco años en los que he aprendido como se escribe una novela, a resolver los problemas técnicos. Lo mío era el cuento, pero la novela se convirtió en el centro de mi vida y de mi pensamiento. Una novela es como un partido de tenis. Hasta la última página, hasta el último segundo, no sabes si ganas o pierdes.

-¿Es ambiciosa?

-Mucho. Trata de tomar lo mejor la gran tradición americana de la que me he empapado. Busca trasmitir como es la condición humana hoy, y me di cuenta de que necesitaba volver a la guerra civil española. Me vi indagando, para mi propia sorpresa, en esa profunda herida que aún tenemos todos y que suponemos curada. Comprendí que los individuos no somos dueños de nuestro destino. Respondemos a las coordenada históricas. Ahora que se cumplen 75 años de la República, estoy satisfecho de esa indagación. En cierta medida esta novela es un canto a la República y la España peregrina del exilio. Arranca un 14 de abril, el día de la muerte de uno de los protagonistas.

-¿Qué temas aborda?

-La amistad, el amor, la lealtad y la traición en el marco de un intriga digamos que literaria. Es también un canto al poder y al misterio de la palabra escrita. Sigue el rastro de una búsqueda con varias historia entrecruzadas. La principal, la de un hombre sin raíces al que su padre explicará que estuvo en España con la Brigadas Internacionales, que su madre murió en el parto y que no pudieron dejarlo como huérfano. Regresa España y como todos los exiliados, no sólo políticos, es un hombre oscuro, habitado por unos demonios de los que se libra escribiendo. Se enamora hasta la locura de una mujer que es su alma gemela y a la que perderá. Es alcohólico, como el protagonista de 'Bajo el volcán tiene prisa y beberá hasta la muerte. Sólo podrá regresar a ese amor a través de una novela.

-Al recibir el premio se acordó del 'raro' Alfau. ¿Por qué?

-Alfau es un ejemplo y un símbolo. No quería saber nada de nadie. Escribía a su aire. Nacido en Barcelona 1902, instalado en Nueva York, escribió en inglés 'Locos un gran libro finalista del premio nacional en EEUU en 1990 sin que él hiciera nada por publicarlo. Alfau hablaba de 'americaniards, la mezcla de americanos y spaniarads. Es mi referente.

-¿Ha sido muy exigente consigo mismo?

-Sí. Es una obligación. La complacencia es el peor enemigo del escritor. Admiro profundamente a Philip Roth, que después de 20 novelas decía que no le veía la gracia al asunto pero que cada mañana se levantaba dispuesto a bajar de nuevo a la mina. Escribir es un trabajo duro, pero cada página resuelta te impulsa a la siguiente.

-¿Ha escrito con más ganas en español por estar alejado de su idioma?

-Con furia. Me daba miedo haber perdido la relación umbilical con la lengua de Cervantes. No la oía a mi alrededor y temía por mi castellano, con el que tengo una relación apasionada. He escrito añorando sus sonidos cada segundo. Esa nostalgia me ha dado empuje. No sé cual será mi siguiente obsesión, pero siento una profunda necesidad de regresar a la tradición hispánica y se que será una novela absolutamente española.

Feliz en Nueva York

-¿Qué le llevó a Nueva York?

-La casualidad. Tuve la oportunidad de hacer el doctorado gracias a la beca que me ofreció un decano hijo de republicanos. Luego me ofrecieron trabajo en un prestigioso college y soy realmente feliz en una de las ciudades más especiales del mundo.

-¿Ha cambiado mucho Estados Unidos en estos últimos años?

-Sí. La herida del 11-S sigue abierta y ha hecho surgir dos Américas. Nueva York es una ciudad muy liberal y que responde a la tradición de la verdadera fe en la democracia que representa Walt Whitman, pero el miedo y el terror lo dominan todo. El deseo de renunciar a ciertas libertades y que ganara un personaje tan siniestro como George Bush ha cambiado al país. Hay una tristeza enorme ante la que no han sabido reaccionar los escritores americanos. Nueva York es una ciudad herida, en un país enfermo, con una sociedad más autoritaria y una democracia a medio gas, con cosas como las escuchas y otras cosas que no sabemos. Me quedaré siempre con la América de Whitman.

-¿Su novela encierra una película?

-No lo sé. Ojalá. Soy un cinéfilo crónico y no me disgustaría. El cine es muy importante en mi forma de entender la literatura, pero nunca se sabe qué pasará es ese tránsito de la palabra a la imagen. Me dicen que Ruiz Zafón se niega a que se haga una película de su novela y puede que acierte.