JESÚS GARCÍA PRECIADO ESCRITOR, CRONISTA E INVESTIGADOR / «Al que le cortan la raíz pronto se le seca el tallo»

MARIÑA ÁLVAREZ
JESÚS GARCÍA PRECIADO ESCRITOR, CRONISTA E INVESTIGADOR / «Al que le cortan  la raíz pronto se  le seca el tallo»

Pregunta.-¿Cuántas voces escuchadas?

Respuesta.- A lo largo de 30 años que llevo dedicado a la recopilación de cuentos han sido cientos. Fruto de mi trabajo en RNE recorría aldeas y recogía todo tipo de materiales culturales, romances, costumbres, gastronomía y muchos, muchos cuentos. Los protagonistas son ellos, es de agradecer que hayan conservado en su memoria ese legado, y he decidido transcribirlo tal y como me lo contaron.

P.-¿Hacen falta más cuentistas?

R.-Hay narradores especialmente dotados, como Victoriana Arnaiz, de 96 años, de Meruelo, y antes a su madre, que entrevisté con 103 años. Es gente que vivió una época en la que ni se escuchaba la radio y había un culto a la palabra. Tenemos una literatura no escrita de gran valor sobre cosas cotidianas. Si pierden una vaca lo cuentan cautivando la atención, con su desarrollo, desenlace... Ahora, los medios de comunicación no dejan hueco para contarse las cosas, aunque afortunadamente también contribuyen a la recuperación de esa herencia.

P.-¿Son los cuentos cosa de niños?

R.-Son historias cuya recuperación depende de los adultos, y hay de todo, cuentos jocosos, de tontos y listos... Hay algunos de gran valor, como el de 'El culebrón', versión cántabra de 'La Bella y la bestia'; el 'Rabo de zorra', que lo es a su vez de la 'Cenicienta'; o las aventuras de 'Juanillo el oso'... Expertos en psicología infantil dicen que siguen siendo muy útiles para el desarrollo emocional de los niños, incluso los de miedo.

P.-¿Reivindica su universalidad o es su esencia puramente cántabra?

R.-Igual que hay razas pero el hombre es el mismo, el folklore es un vaso comunicante que cuenta con un denominador común en todo el mundo pero con matices significativos en cada lugar. Es nuestra cultura popular, con siglos de antigüedad, más aún los mitos, el primer sueño colectivo. La mitología cántabra tiene una personalidad particular. Yo soy universalista, pero opino como Lines Vejo, de Caloca, que al que le cortan la raíz pronto le seca el tallo. Un pueblo sin identidad no tiene motor que le empuje.

P.-¿Existe el idioma cántabro?

R.-Sí encontré que se conservan vocablos del castellano antiguo en las aldeas. En Lamiña (Ruente) oí a dos mujeres: -Chacha, los freires nacerán o plantaránlos-, -Los freires salen de la freirería- contestó, y esa palabra, que significa fraile, la encontramos en 'Los Milagros de Nuestra Señora', de Gonzalo de Berceo. En Soto de la Marina dicen que a los niños herniados los curaban con una 'bizna', palabra que sale en el Quijote y significa emplasto... Incluso de la época prerromana hay voces. Un cabuérnigo no habla como un pasiego, no tendría sentido unificar este lenguaje.

P.-¿Llega a confundir realidad y fantasía?

R.-Por suerte viví muchas fantasías. Estuve en la cueva de las anjanas, bajo el árbol de la injana, entré en el pozo del infierno. No los vi, pero llegas a sentirlos. En las aldeas estos personajes eran de carne y hueso. En Ruente había unas anjanas que increpaban a las mujeres cuando lloraban los niños, una le contestó mal y dicen que la fuentona manó virutas; en Trezueño eran tan reales que las veían lavar, echarse los pechos a la espalda... Yo conocí a una bruja, era una más del pueblo. Y en Oreña, cuando murió Tilita la Polanquera hallaron en su faltriquera un 'filitero' de cera, un muñeco para hacer mal, lo echaron a la lumbre y salieron unas llamas terribles. Todo eso pasó y a mí me lo han contado.

P.-¿Cree que Cantabria debe esforzarse más para recuperar sus tradiciones?

R.-Sí, porque aquí se llega al absurdo de que si encontramos algo nuestro, pero compartido con otras regiones -sobre todo con los vascos- nos desentendemos. Algunas ya se han perdido; yo tuve en mis manos el último cuerno de unicornio, lo usaban para hacer tres cruces en un caldero con agua, rezar un credo y curar a las vacas. La casa se quemó, y con ella el cuerno; debía de tener cientos de años, es posible que fuese de corzo, pero eso no importa. Son costumbres preciosas que no deben caer en el olvido.

P.-¿Si no se hubiesen escrito, cuánta vida le quedaría a sus cuentos?

R.-Este es el último momento para poder recoger los últimos testimonios, porque cada vez que muere un anciano desaparece una biblioteca entera. Cantabria debe plantearse un último rastrillado de la región, un estudio serio de lo que queda. Y después, seguir el mismo mecanismo, que los abuelos lo transmitan por vía oral, es una herencia de familia, como quien cuenta un secreto.

P.-Y la vida actual ya no da para más.

R.-Sí da, hay muchos mitos urbanos, leyendas, se cree en las adivinas, los curanderos... aunque los mitos modernos están lamentablemente invadidos por los americanos, son muy simples, hablan del bien y el mal. Una leyenda que se desmontó fue la del año 2000, de niños pensábamos que no lo viviríamos.

P.-¿Qué relato protagonizaría?

R.-El de la zorra que engañó al lobo, le mandó que fuese al rey león para oficiar de médico y acabó despellejado. Aunque yo habría sido más compasivo, no le diría aquello de «el de las calzas largas y el cucuruteju, otro día que vayas al conceju parla lo tuyo y calla lo ajenu».

P.-Si ahí está el alma de un pueblo ¿cómo son los cántabros según sus cuentos?

R.-A través de los cuentos con moraleja, más que cómo somos se ve cómo queremos ser: cautos, templados, con «buena correa», buscamos mantener el ánimo ante momentos difíciles. Estos valores son los propios de un pueblo capaz de trabajar duramente en el campo. El cántabro valora el esfuerzo y respeta a los desvalidos. Hay muchos cuentos en el que el tonto triunfa porque engaña al listo.

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