Botellón, hip-hop... y teatro

Juan, Julia, Vero, Bea, Pedro, Alejandro y Keko son unos jóvenes extremeños que celebran un botellón para despedir al parque 'Los cañones', que será cerrado al día siguiente. Durante esa noche saldrán a relucir todos sus problemas y sueños, los mismos que acucian a los adolescentes de toda España. Esta es la historia que la compañía Aran Dramática ha interpretado en el Centro Cultural Caja Cantabria toda esta semana para los institutos de Santander.

TEXTO:GONZALO SELLERS<br> <br>FOTOS: <br> <br>CELEDONIO
Botellón, hip-hop... y teatro

Un banco como único escenario. El atrezzo, alcohol y refrescos. Sin embargo, aunque los márgenes de las tablas muestren un páramo casi desierto, la historia que narra 'Los cañones' llena ese metafórico vacio con creces. Un botellón, una tradición que fue extirpada del imaginario juvenil español hace pocos años, sirve como cimiento para profundizar en las verguenzas históricas de un grupo de jóvenes extremeños y, por ende, de todos los españoles representados en esa franja de edad. Amores, drogas, precariedad laboral, ideologías polarizadas, violencia, insatisfacción, sueños...

Y en la estancia más oscura de la trama, un personaje radicalizado y un público inquietante. En un momento dado, Pedro, que aspira a ser soldado profesional, carga contra los inmigrantes, insultándoles y echándoles en cara venir a España a traer «mierda». Y los alumnos del instituto que el miércoles por la mañana asistían a la representación comenzaron a aplaudir y a silbar para dar su aprobación. Sinceramente, 'el sueño de la razón engendra monstruos'.

«No queremos pontificar, sino que el espectador reflexione sobre las ideas que brotan en la obra. Por eso siempre damos dos versiones de un mismo hecho», explica su director, Eugenio Amaya. «Lo de que el público aplauda esta frase es la primera vez que nos pasa», apunta.

Si el botellón actúa de foro donde los jóvenes reflexionan, discuten y se emborrachan, la jerga y los diálogos se erigen como la mayor virtud de una obra que acumula casi dos años de gira por nuestro país. El texto es obra de Juan José Marín Torvisco, un joven de Extremadura, de 21 años, que se estrena en el teatro con esta obra.

La voz de una generación

«Estaba trabajando con el técnico de sonido de 'Tejas verdes' (su trabajo anterior) y me presentó a Torvisco. Me enseñó sus cuentos y me gustaron mucho, estaban muy bien dialogados. Se notaba que tiene un talentazo natural para reflejar en papel la jerga natural. Consigue atrapar la voz de una generación», recuerda Eugenio.

Para conseguir ese efectismo anclado en la más pura realidad, la obra mantiene el pulso al descaro y a la inhibición de la gente que quiere retratar. Y es ahí donde, con una impostada naturalidad (apabullantes los actores: olvidan la desmesura y los vicios que podría acarrear unos papeles de este calado, y apuestan por una sólida interpretación que bebe de la espontaneidad. Felicitaciones, en especial, a Elías González y Ana Rosa Alegre), el juego se vuelve macabro con la aparición de las drogas, los celos y la violencia entre siete almas que, cegadas por la inexperiencia, no son conscientes de todos los rasgos que comparten.

El alcohol, secundario

«Es una obra que sirve a los jóvenes para pensar sobre temas relevantes y para que se vean identificados con algunos de los comportamientos, y también para los padres, porque de esa manera pueden conocer cómo son realmente sus hijos», señala Eugenio.

El alcohol, siempre presente en escena, actúa en esta ocasión como personaje secundario, pero, a la vez, influye en el comportamiento de los personajes. «No dignificamos el alcohol, se le toma como un personaje más», explica el director.

Uno de los momentos claves de la preproducción fue la elección de los actores, debido al peso que tienen en el desarrollo del argumento. «Queríamos crear un grupo homogeneo, que tuviese química y buena relación entre todos los componentes. Visitamos varias escuelas de teatro, organizamos un taller y acertamos. Hemos formado una familia».

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