XESÚS VÁZQUEZ ARTISTA / «Desde que empecé a pintar en los 60 he visto pasar profetas de la muerte del arte»

El pintor cántabro, tras la reciente retrospectiva que le dedicó el CGAC, presenta en Siboney sus nuevas obras 'Noche y niebla' reúne acrílicos, esculturas y collages de los tres últimos años

GUILLERMO BALBONASANTANDER
XESÚS VÁZQUEZ ARTISTA / «Desde que empecé a pintar en los 60 he visto pasar profetas de la muerte del arte»/
XESÚS VÁZQUEZ ARTISTA / «Desde que empecé a pintar en los 60 he visto pasar profetas de la muerte del arte»

Cuando se le pregunta sobre posibles claves y códigos de su pintura, le gusta recordar aquella respuesta de Salvador Dalí a interpretaciones atrevidas. «Lúcida y dalinianamente, cito de memoria, dijo que aunque él no supiera el significado de una obra que estuviera pintando, no quería decir que tal obra no significara nada, sino que su significado era tan intenso y maravilloso que se escapaba al razonamiento lógico».

Xesús Vázquez mantiene un escepticismo constructivo y crítico respecto al lenguaje que pueda tapar, manipular, incluso ensordecer la pintura. Siempre acaba reclamando una voz primigenia y primitiva, como si acabase de pintar uno de los bisontes de Altamira. Tal vez por ello huye de las etiquetas y se fuga de la identidad que pueda fijar una creación que sólo la entiende en constante construcción.

Es artífice de una creación de cuarenta años de pintura, tras haber forjado una de las trayectorias más celebradas, solitarias y coherentes del arte español. No por casualidad, el CGAC, el centro de arte de Santiago, le dedicaba recientemente una retrospectiva que subrayaba su «reflexión sensible», su oficio de «pintor, poeta y pensador», «en la que se perciben cambios, pero sin una dirección preestablecida, porque Xesús Vázquez no progresa, sino que ahonda». Aunque parece negársele en Cantabria la antológica que merece, su incansable búsqueda ya tiene reflejo en las nuevas obras que la galería santanderina Siboney exhibe hasta abril bajo el epígrafe de 'Noche y niebla'. Un conjunto de acrílicos, piezas escultóricas y collages que se asoman a lo oscuro de la historia a través de un creador que piensa que «todo el arte es una forma de conocer, de aprehender la vida».

-¿Cuáles son los pilares y criterios que se revelan tras estas nuevas obras que presenta en Siboney?

-La cuestión plantea un revelarse en el acto de la contemplación, que casi excuso la respuesta. Entiendo que es imposible que yo tome la distancia necesaria respecto de mi trabajo como para considerarme contemplador del mismo. El tiempo sí que te hace contemplador de tu propia obra, sobre todo cuando estás en un proceso creativo distinto. Así, podría hablar de mi trabajo de quince años para atrás -por ejemplo y siempre con muchas comillas-, con cierta distancia, como contemplando el trabajo de otro artista, o de uno ya fallecido, pues así, cuando eres y piensas y sientes de manera distinta de cuando creaste determinadas obras, puedes adoptar cierta mirada crítica. La mirada crítica respecto de la obra en proceso, actual, es intensa, implacable, feroz, pero de un orden distinto al que puede enunciar qué es lo que hay en esas obras. Podría decirse que es una mirada sin palabras. Selectiva, eliminatoria, atenta al proceso de elaboración y sus infinitas implicaciones, pero no enunciativa.

-Se dice de usted que es un pintor fronterizo, siempre al límite ¿está de acuerdo con esta definición?

-Si tal la definición implica que trato de rozar los bordes de lo expresable, de comentarlos, criticarlos y expandirlos; de enfrentar el trabajo al límite de mis posibilidades intelectuales y emocionales y de conocimiento de los materiales de mi trabajo, la acepto. Dicho con toda modestia y atención hacia mis limitaciones, describe mi posición como artista.

-Y eso de la muerte de la pintura, ¿cómo lo lleva? ¿Le sugiere algo más que cansancio?

-Comencé a pintar, más o menos, cuando se decretó por primera vez la muerte de la pintura, hacia finales de los sesenta. Desde entonces he visto pasar generaciones de profetas con anuncios de diversos apocalipsis, imprecaciones, y condenas contra quienes tozudamente nos empeñamos en seguir utilizando, entre otros instrumentos, pinceles. Parecen no darse cuenta de que algunos pintores hemos hecho la digestión de 'su' Duchamp al mismo tiempo, o antes, que ellos. Y además, de postre, y a diferencia de 'ellos', hemos notado otras presencias por 'ellos' denostadas y excomulgadas. Por ejemplo, Dalí. Ahora de lo que hablan 'ellos', la enésima generación, es de muerte del arte. Y uno de los que la vienen pregonando declara que su interés por el arte viene de una especie de éxtasis estético que le sobrevino por la contemplación de una warholiana caja de jabón Brillo

Memeces. Et circensis.

Varios mundos

-¿Qué valoración hace de la retrospectiva que le ha dedicado el CGAC recientemente?

-Hace veintiún años, alguien -por suerte no recuerdo quién fue- dijo de una exposición mía en esta misma galería en la que ahora expongo, que parecía una colectiva. Era una puya de rejón de castigo y al mismo tiempo me produjo la alegría del elogio. Era evidente que no se había enterado de nada, pero daba a entender que allí, en mi trabajo, había varios mundos, y eso era lo que yo quería que hubiese. Tres versiones de cuadros de aquella exposición, el 'Atalaya Goethe II' y dos de los titulados 'Caverna', han estado en la del CGAC.

-¿Siente que tiene aún muchas cosas más que decir?

-Ver juntas por primera vez obras de las series que más he desarrollado, que representan esos mundos, y que abarcan tanto tiempo de vida, es la oportunidad que me ha brindado la exposición de Santiago. Otra, en los pasos previos de preparación y selección junto con el comisario, que fue Juan Manuel Bonet, el tremendo ejercicio de autoconfianza ante la magnitud del proyecto, que constituye tanto una de las narraciones posibles de ti mismo como artista, cuanto, sobre todo, una mirada crítica sobre tu trabajo. También la posibilidad de contemplación de tu obra en el sentido que apunté antes; esa cierta distancia que te permite concluir, por ejemplo, que has de entregarte al arte sin argucias, ni astucias, ni cicaterías. Que ya que te juegas en él tu vida, el tiempo de tu vida, ni has de perderlo ni admitir componendas. Que has de hacer lo que puedas hacer, lo que sientas que debes hacer, sin miedo ni cálculo excesivo, aunque ni tu mismo entiendas bien por qué lo haces. Confiar en que esa fantasmagoría, por decirlo orteguianamente, que es el arte, puede fluir también de ti si estás preparado y crees en su poder de simbolizar lo más humano que hay en los seres humanos.

Por último, creo que con la muestra se reforzó mi idea de hace tiempo de que eso que llamamos estilo sólo se establece retrospectivamente, y es el resultado, el conjunto, de los mundos que seas capaz de desarrollar, de vivir. Uno es esos mundos.

-¿No cree que en las nuevas generaciones existe una tendencia demasiado fácil a la mímesis y escasa vocación de investigación? ¿Qué opinión le merece la parafernalia que rodea al mundo del arte, en el que algunas veces el artista es el menos importante?

-Las respuestas que se me ocurren tienen que ver con lo anterior. El mercado y los medios de comunicación del mundo del arte, y los otros también, demandan novedades con extrema voracidad y establecen, aparte de la mirada de usar y tirar, una especie de cédulas de existencia o carnés de identidad basura. Es decir, ponen en marcha el señuelo de que adquieres una identidad por el mero hecho de hacer una pequeña observación artística. Por ejemplo, puedes decidir que tu obra sea una frase. Puedes optar por escribir esa frase en una cartulina, o en un rollo de cincuenta metros de papel, o en una pantalla led. Ya tenemos tres artistas, el de la cartulina, el del rollo de papel y el de la pantalla luminosa. Así están las cosas, o así han sido siempre.

Pero la identidad es un proceso de construcción inacabable, y artista, como dice Eduardo Arroyo, es sólo quien lo es «hasta el final».

Y el artista tiene que vivir con la parafernalia, aunque no la soporte. Y puede que parezca que él es el menos importante, pero todos sabemos que somos el centro de la tormenta.

El oficio de pintar

-¿Qué le respondería a un niño que le preguntase por el significado de pintar en el siglo XXI?

-Lo primero, que no hay respuestas para todas las preguntas. Después le explicaría que pintar no tiene nada que ver con las razas superiores, ni las que se pierden en la historia, ni las banderas, ni con las cosas que hacen que el mal agoste las mentes y llame al asesinato. Y que en un modesto enclave de una tierra sin aspiraciones gloriosas, ni reclamaciones psicóticas por agravios ancestrales, unos hombres, hace catorce mil años, pintaron maravillosamente, en el techo de una cueva, unos animales magníficos. Y que eso es pintar, entonces y ahora, signifique lo que signifique. Y que eso hace que lo único en que puede pensar el hombre que piensa, cuando lo contempla, es en su humanidad.

-¿No le dan miedo palabras como madurez, éxito y referente?

-Me da miedo la palabra madurez. Las otras no tienen significado fundamental. La madurez sí. Implica mayor responsabilidad y acercamiento del horizonte temporal.