Un espacio diferente: El universo de Lidó Rico

El artista murciano expone su singular mundo en la Sala Robayera

JESÚS LÁZARO
Un espacio diferente:  El universo  de Lidó Rico/
Un espacio diferente: El universo de Lidó Rico

Cuando está a punto de cumplir cuatro lustros de actividad sin parangón en Cantabria, la Sala Robayera presenta a un especial y joven artista, Lidó Rico (Yecla, Murcia, 1968), premiado y reconocido internacionalmente, parangonable al llorado Juan Muñoz. Primero vinculado a la galería Espacio Mínimo, trabaja en la actualidad con la galería Fernando Latorre, una de las más prestigiosas y con mayor proyección de España.

Para entender la obra de Lidó Rico interesa conocer brevemente su forma esencial de trabajo. En un barreño de escayola fresca el artista introduce su busto durante varios minutos, respirando por la boca a través de un tubo de plástico, hasta que la escayola fragua. En el molde resultante vierte resina de poliéster, lo que da lugar a sus figuras de bulto. Interesa destacar que esta obra no es una escultura tradicional por eliminación del material sobrante, sino una proyección del propio cuerpo del artista; una pieza única, irrepetible cada vez, pues el molde de escayola siempre debe romperse para sacar el vertido de la resina.

La misma acción de sumergirse en la escayola viva, el hecho de tener que tener la boca abierta con el tubo a través del cual respira durante el fraguado otorgan un punto especial de expresividad deliberada a esta creación. Todo lo cual lleva a una mejor aproximación al sentido de esta creación.

En primer lugar, hay una acción, una 'performance', fuertemente individual, pues cada acción solitaria se plasma en una pieza única que sólo a posteriori se ofrece a la contemplación. Hay, en consecuencia, un sentimiento de pudor en el acto de crear con el propio cuerpo, siendo cada obra un hijo-reflejo del artista del que sólo se expone el resultado final logrado. Se elude el espectáculo público y los fallidos, para sacar a la luz sólo la criatura que posee un sentido claro. Jugando con lo mitológico, sería cada pieza cual una inteligente Atenea surgida de la cabeza de Zeus.

En segundo lugar, por la propia forma de elaboración, angustiosa mientras se halla el artista inmerso en la escayola, cada cabeza posee un marcado cariz expresionista. Así, no extraña que la relación funcione, en esta exposición de la Sala Robayera, mejor con obras con violento sentido existencial, aunque el propio acto creativo de Lidó es tan potente que se sostiene con fuerza incluso cuando alude a movimientos intelectualmente tan débiles como el Pop.

En tercer lugar, el hecho mismo de la elección del rostro-máscara-escultura como eje creativo, tan inhabitual hoy, remite a una fuerza primitiva, mágica, ancestral, africana, de contornos firmes y duros, que tantos vínculos posee en el arte contemporáneo con una de sus fuentes esenciales, el cubismo: suma de diferentes tiempos, diversas sensaciones, intensos sentimientos de difícil definición y ásperos perfiles.

Hay en la obra de este artista una preocupación por el hombre, una traslación hacia sus inquietudes íntimas. Lidó Rico se aparta de la banalidad, asume el espíritu y el sentido de los viejos maestros contemporáneos (soledad, incertidumbre, temor) y genera un arte decididamente material donde encarna (poliesteriza) la vida y las sensaciones en cada figura, en su proyección angustiada y amenazadora desde la pared. Es la única forma, esa asunción del pasado, de ser un joven maestro: una estética que absorbe la fealdad trágica de la vida, que asume la irracionalidad inevitable, que sondea el temor sin suicidarse. Un impactante canto a la vida realizado con humanismo, ironía y afecto, que satisface las necesidades emocionales del espectador al introducirle en un mundo inhabitual, pero no ajeno.

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