El secreto pétreo que cuelga de las nubes

El teleférico 'vuela' sobre un mar de nubes/
El teleférico 'vuela' sobre un mar de nubes

Las Peñas de Europa, según las rebautizó Gerardo Diego, constituyen el trono de la belleza natural y paisajística de Cantabria. Sus caminos y sus rutas, sus silencios y requiebros, sus claros y sus nieblas, el teleférico, la casa del Rey, los rebecos, las águilas, los buitres, el aullido del viento… El refugio de Áliva reabre su balcón con vistas al infinito hasta finales de verano.

ENRIQUE MUNÁRRIZSantander

No hay teléfono. Ni nada que haga ruido. Nada que rompa el hechizo, el gusto por lo etéreo, el misterio insondable, el silencio absoluto. Lo que sí hay en Picos de Europa es una ventana con vistas al más allá, al océano infinito, al cielo interminable; mire la foto y compruebe que aquí no hay trampa ni cartón. Un balcón que se convierte en mirador exclusivo e invita a dibujar el horizonte, a vivir a cámara lenta; para que nada se le escape, para que las manecillas del reloj tarden sesenta segundos en alcanzar el minuto, para que el día se le quede corto, para que sepa que el tiempo pesa lo suyo en esta tierra inquebrantable, en este lugar que parece tocar el cielo.

Las gargantas de Fuente Dé, un gigantesco laberinto de dientes calizos atormentado por los glaciares cuaternarios y aguadas torres de roca desnuda emergiendo del profundo y oscuro esófago de la tierra, se ven pero también se oyen: resulta imposible abstraerse del sonido del viento, ese aire revoltoso y peleón que manda sus ráfagas cuando saca el carácter o su placentera prisa cuando está de buen humor a boxear contra el acantilado lanzando un 'crochet' cada cinco o seis segundos desde hace unos cuantos millones de años.

Aliva-Espinama

Esta ruta es un placer para los sentidos. Dejas atrás el paisaje más abrupto de los picos y comienzas a verse el puerto, verde, la parte que alberga el ganado de pasto de verano. Hasta llegar a Espinama, en el municipio y valle de Camaleño, uno de los puntos más importantes de acceso al Macizo Central. Es un recorrido muy sencillo, si bien el descenso es fuerte y hay que tener cuidado con las rodillas. Hay que coger la pista de montaña que desciende hacia la izquierda desde el refugio. En el descenso aparece en primer lugar con el desvío hacia la izquierda que va hacia Sotres y, después, el que va a la Ermita de la Salud. Se desciende por el valle del río Nevandi que sirve de deslinde entre el Macizo Oriental y el Macizo Central. Más adelante se llega a los invernales de Igüedri, divisando a la derecha la arista sur del Pico Valdecoro (1841 m.). Al final de la pista, se entra por las calles de Espinama, después de descender de unos 1600 metros a unos 900. Lo más complicado es tener que recorrer los 3,5 kilómetros de carretera de Espinama a Fuente Dé si se ha dejado allí el coche. Aunque para ello tiene los taxis de montaña.

Hay que sufrir los rigores de las alturas para llegar a este paisaje encajonado entre las cumbres, aún hoy moteadas en algunas zonas por un manto molón, blanco, refrescante al punto de nieve, y sentir el efecto embriagador de la inmensidad, la magia de la soledad y el silencio -su piel rugosa, larga, sólida y pesada, como el lomo de un paquidermo, sirve de infranqueable barrera para las nuevas tecnologías-, la llamada de una Madre Tierra que invitar a viajar por los túneles del tiempo hasta encontrarse con Don Pelayo o el Beato de Liébana. Lo espectacular es su apariencia de dios solitario, en medio de la nada, mirando desafiante desde las alturas al común de los mortales. Se alza sobre un acantilado, sin compañía, como si hubiese descendido del cielo por capricho a acomodarse, en muchos días, sobre una almohada de nubes, que se hacen hebras a medida que el funicular asciende hacia la eternidad más serena.

Son solo 753 metros, pero es como enfilar el camino al mismo cielo. A velocidad inusitada, en tan solo cuatro minutos y acompañado por un máximo de otras 19 personas, se salva el tremendo desnivel a medida que las cabinas deshilachan el paisaje. Su construcción data de 1966 y es obra del ingeniero lebaniego José Antonio Odriozola. Cuando nació era el teleférico que más metros de longitud tenía de toda Europa sin soportes intermedios a lo largo del trayecto. Calzan el peñasco de feroces arquitecturas calcáreas hayedo, acebos, robles o abedules.

La porción cántabra de estos abruptos picos pasa de golpe de las bucólicas praderas, sombríos bosques y aldeas tranquilas al mundo prístino y salvaje de la alta montaña. Un lugar cuya naturaleza le convirtió en el primer espacio natural protegido de España y que, un siglo después, conserva igual de pujante su naturaleza. Semejante lejanía favoreció el que aquí se instalaran monjes y eremitas, creándose una tradición piadosa que se ha prolongado hasta nuestros días, como puede verse en el Monasterio de Santo Toribio, a las afueras de Potes. Es aquí donde se guarda el segundo y mayor fragmento de la Cruz de Cristo. El primero se halla en Roma, tras los inexpugnables muros del Vaticano, pero no puede verse y, por supuesto, menos, tocarse.

Las minas de las manforas

Los Picos en general son ricos en minerales y por eso la presencia de multitud de minas. 'Las Manforas' se descubrieron en 1954 y se empezaron a explotar alcanzando su apogeo en 1977. Lo que queda ahora son las casetas que construyeron los mineros para su vida diaria. Hay que tener cuidado por la zona porque hay numerosas bocaminas, de hecho, algunas están valladas para que el ganado no caiga en los profundos agujeros y perezca. Hay que coger la salida del hotel hacia Sotres, hacia la izquierda. Se sube una pequeña loma que enseguida desemboca en un cruce. Allí se toma el camino que sale hacia la izquierda. Este camino lleva directamente a las minas. La ruta de ida tiene una duración de media hora y es apta para todos los públicos. A la vuelta se puede caminar por la campera arriba hacia el 'Chalet del Rey'. Es ideal para ir con niños ya que tiene numerosos regatos de agua que atraen al ganado. Se puede disfrutar de todo tipo de animales (ovejas, vacas, caballos).

Faltaría más. El de aquí, el de casa, el custodiado en el idílico monasterio de Liébana se encuentra a la vista y en fechas señaladas, pongamos 2017, se expondrá al tacto. Llegó hasta esta tierra Santa de la mano de Santo Toribio cuando éste pasaba por aquí tras superar unos cuantos infortunios durante la invasión musulmana.

En la estación superior del teleférico está el llamado Mirador del Cable, punto situado en el borde del precipicio y en el que hay que hacer acopio de valor para asomarse a su barandilla. No hay palabras. La gente masculla lo que puede ante el espectáculo visual y sonoro. Arranca aquí una pista que se dirige hacia una soberbia montaña situada al norte. No es otra que Peña Vieja y su hermana Peña Olvidada, el lugar más elevado y una de las cumbres más altas de todo Picos de Europa. De camino, unos metros más arriba, se descubren los restos de una primitiva estación de esquí que, por fortuna, no prosperó.

Hay muchos caminos, desde luego. Hacia Espinama, Sotres, Mogrovejo, el Naranjo de Bulnes, el circuito de La Vega de Liordes, Cabaña Verónica, Horcados Rojos, las minas de las Manforas... Pero ahora toca coger La Vueltona, denominado así por su cerrada forma, y fijar la vista ante los interminables prados de Áliva. Tras un primer tramo empinado se alcanza un singular edificio de techumbre rojiza, que cada año recibe una capa de pintura. Es el Chalet Real, el refugio de caza que la Real Compañía Asturiana de Minas construyó como obsequio a Alfonso XIII, en las faldas de Peña Vieja, a 1.700 metros de altitud, para que su majestad matase el tiempo cazando rebecos y, si coincidía, osos. Esta construcción, de la que dicen podría tratarse de la primera casa prefabricada de España , conserva las bañeras de patas y el mobiliario noble de sus años dorados, aunque solo podrán verla por fuera. De inspiración belga, ya en 1912 contaba con agua corriente, luz y calefacción de gasolina.

A escasos metros, en un agradable paseo, los sonidos de la naturaleza se entremezclan en una perfecta melodía. De vez en cuando se escuchan los cencerros del ganado, de las vacas que pastan en los prados. El viento aúlla en la copa de la montaña. En pocos sitios, como en el Refugio de Áliva, la soledad puede resultar tan bella. El antaño parador nacional, que hoy abre sus puertas hasta después del verano, permite contemplar la tranquilidad más serena, la que brinda el tiempo detenido sin el rún rún de los móviles. Su emplazamiento es una bendición, porque son pocos hoteles capaces de ofrecer semejante estampa: un circo glaciar se asienta sobre su espalda, bajo una perfecta luz ambarina que le permite su altura de gigante, envuelta por la fragancia de la naturaleza más salvaje, observando desde lo alto a las estrellas a dos palmos. Es el lugar perfecto, por no decir el mejor de Cantabria, para disfrutar de las Perseidas o 'lágrimas de San Lorenzo', cada agosto.

A saber

Teléfono: 942 31 89 50
Reservas: De lunes a jueves, de 09.00 a 19.00 horas, y viernes de 09.00 a 15.00 horas
Oferta de apertura: 33 euros por persona. Incluye Teleférico ida y vuelta, traslado al hotel en 4x4, alojamiento en habitación doble y desayuno cántabro.

Sus recias paredes se remontan a finales del siglo XIX. En aquel entonces, los turistas pertenecían exclusivamente a la nobleza por lo que el edificio de arriba, lo que es hoy el restaurante era un hotel con decoración de lujo (mecedoras de mimbre y cuero, y pieles de corzos en las paredes); y el de abajo, donde está ahora la recepción, eran las caballerizas, la leñera y la lavandería. En él se alojó Alfonso XIII hasta que les dejaron el chalet del rey. El refugio pasó a ser un parador nacional en 1973 cuando se cedió a Cantabria por una peseta. Todo un chollo que ardió unos meses más tardes en un misterioso incendio. Y durante 10 años solo estuvo funcionando el edificio de recepción. Hoy este espacio alberga 70 plazas en habitaciones dobles, de cuatro y de seis.

Todas las habitaciones tienen pequeñas ventanas, con un mobiliario que refleja su estilo austero, con baño y sin televisión más que en el restaurante, donde se puede degustar una cocina de la tierra (cocido lebaniego, carne ecológica, quesos de la comarca...) con buenos precios. Hay servicios de transporte que te recoge en el mismo teleférico y a los que prefieran llegar por su propio pie, en un sencillo recorrido apto para todos los públicos de unos tres kilómetros, les llevan el equipaje al hotel. Es un lugar perfecto para descansar, desconectar del mundanal ruido y conectar con la naturaleza. Entonces uno puede llegar a perder la noción del lugar donde se encuentra, pero solo durante un segundo, porque al fondo se divisan los Picos de Europa, una ventana a la eternidad más serena.