Jazz en los bares

Gracias a todos esos hosteleros

REMARTINI SECO DAVID REMARTÍNEZ

Gracias a todos los hosteleros que ponéis jazz en vuestro bar, gracias de veras. Cuando como solo en uno de vuestros establecimientos y al fondo suena una trompeta de Miles Davis o de Chet Baker, o el saxo loco de Coltrane, o una recopilación de Sinatra o de Astrud Gilberto, o ya ni te cuento cuando Ella Fitzgerald canta 'I love Paris' como si se te fuera a merendar a besos, yo, pobre diablo, me siento una persona ancha, sugerente, prometedora, muchísimo más interesante de lo que soy. Me observo a mí mismo desde afuera, desde la mesa de al lado o desde la barra, y me gusto. Ya no parezco ese tipo apocado del rincón que se bebe una cerveza en silencio o que se empuja el menú del día mientras lee un libro sujetado con evidente riesgo por la botella del agua para así poder manejar dos cubiertos a la vez. Si suena jazz al fondo, la melodía me reboza con el aspecto de alguien inteligente, sensible, atractivo, merecedor de todo aprecio y hasta de un buen meneo si se terciara la oportunidad de conversar conmigo. Así de poderoso es el jazz: mezclado con la bebida o la comida, conduce invariablemente al sexo, que es siempre la última estación (por eso da sueño). Y más todavía cuando, como es mi caso, te gusta sin entenderlo. El jazz, me refiero.