Gourmet solitario

A veces es mejor nada

DAVID REMARTÍNEZSantander

A veces me quedo mirando la pantalla del ordenador, y el blanco del fondo se empieza a tragar al negro y los ojos se me ensanchan y poco a poco dejo de leer mientras me pregunto hacia adentro qué coño hago ahí. A veces me subo al coche, por la mañana o por la noche, y meto la llave, me abrocho el cinturón, piso el embrague y muevo el cambio, pero no logro arrancarlo, porque salta el cedé y suena esa canción de Doble Pletina que me hipnotiza y que me vuelve a detener lejos de mí. A veces no muevo un dedo hasta que el cantante llega a la estrofa de marras («¿Qué sucede si me sobran las ganas y me falta la capacidad?»), que convierte esa hermosa canción enana en una inmensidad. A veces, como Fangoria, solo miro la vida pasar, rebozándome la pereza entre mis vicios y chucherías, en pantallas con batallas galácticas, o en vinos destemplados en el bar de debajo de casa mientras Kike afortunadamente habla feliz. Allí, en La Taberna del Herrero, probé hace unas semanas su espléndida merluza con espárragos trigueros leyendo a mediodía 'El gourmet solitario'. Como el protagonista de ese manga, yo también andaba despoblado, enano, sin más interés que concentrarme en el plato y en las viñetas, porque todo me traía un poquico harto. Afortunadamente, en 'El gourmet solitario' apenas sucede nada, solo un tipo sintiendo todo lo que va comiendo por Japón, mientras mira alrededor con ojos ensanchados. O sea, un mundo inmenso, concentrado en unos pocos retazos con fondo blanco. Como en esa canción, que me lleva y trae del trabajo.

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