Sopa boba

DAVID REMARTÍNEZSantander

Últimamente me levanto a menudo hecho un 'Virginiaguolf', que es un estado entre placentero y nervioso, entre el ensoñamiento y la observación, donde los pensamientos se suceden circulares sin llegar a ninguna parte pero abriendo un montón de cajones. Es un lugar del que sueles salir cubierto de buenas dudas. O de bragas, según lo que abras. Y me gusta, me gusta suspender la vida así. Hay trayectos de autobús virginianos que duran en mi cabeza lo mismo que una campanada del Big Ben en la conciencia de la señora Dalloway. Y me gusta la señora Dalloway, siempre quise verle las bragas. La única forma de desprendernos de esta urgencia que nos atenaza y que nos matará, de ese estrés que empuja por la calle a trabajadores, parados y delincuentes de traje, es centrarnos en las tonterías, focalizar el empeño cotidiano en nuestras menudencias de vieja. Tú sabrás cuáles son tus insignificancias, pero aprovéchalas. Yo lo hago en mis días virginianos, cuya llegada reconozco porque al peinarme me apetece ahuecarme el pelo con las manos justo debajo de las orejas. Esos días también soy más solidario. Y cuando encadeno varios, suele apetecerme una sopa de tomate. Mira: sofríe unas hojas de albahaca en aceite rico; añade cebolla picada y mucho jengibre, fresco o seco, da igual. Pela y parte unos tomates pera y arrójalos a la misma olla, revolviendo con cierta melancolía. Cubre con caldo de verduras, siembra sal, pimienta y azúcar, y concédele a esa balsa media hora de hervor lento. Tómese en un cuenco, sentado en el sofá, mirando por la ventana y por supuesto en bragas. No hallarás bálsamo igual.

 

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