Dudas en la viña

DAVID REMARTÍNEZSantander

¿Seguro que en la Última Cena tomaron vino? ¿Y cómo fue, iban mal de perras y prefirieron gastarlas en la bebida, o es que alguien la consiguió gratis, trajo unas tinajas de casa? ¿O quizá había poco apetito en general por el tema que se iba a tratar a lo largo de aquella mesa apaisada con las sillas colocadas solo a un lado? La mesa de la tortícolis. «Uno de vosotros me va a traicionar esta noche...» «¿Qué?, ¿qué ha dicho?». «Que le van a fraccionar». «¿Que le van a racionar?». «¿Y quién lo ha dicho?». «Creo que el del centro». «¿El carpintero?». «Callad, que sigue». «¿Me pasas esa frasca, Pedro?». «No». Aquella noche el vino era tinto, aunque yo hubiera puesto un blanco. La analogía con la Humanidad hubiese perdido fuerza, pero el maridaje hubiera mejorado un montón. Un buen Sauvignon Blanc para elevar un mendrugo pelín dulce a una condición celestial. No sé de dónde hubiera sacado el hielo para enfriarlo, aunque probablemente el presidente me hubiera echado una mano mágica, pues atesoraba experiencia manipulando vendimias. Pero incluso con hielo, qué difícil es conseguirle la temperatura exacta a un blanco. Antes de probarlo, la desconoces, y después, una vez abierto, suele ser demasiado tarde para corregirla, así que tiras para adelante esté como esté. Igual que en el sexo con desconocidos. Cuando yo era joven y cenaba con mujeres nuevas en mesas breves siempre pedía cualquier blanco helado, porque entraba rápido y abría puertas. Por la mañana solía despertarme una vocecilla que me susurraba: «David, David: levántate y anda», y me iba a mi casa sin desayunar. Un día descubrí la Sauvignon Blanc, brindé al cielo, y paré.

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