Etapa naranja

DAVID REMARTÍNEZSantander

Al igual que Picasso atravesó un periodo azul y otro rosa, yo vivo sumergido desde hace semanas en una etapa naranja. Más concretamente, en lo que podríamos denominar Etapa Cúrcuma, porque a todo le echo cúrcuma: al conejo, a las verduras, al cerdo, a la pasta, a la gente que pasa por debajo de mi ventana, si me descuido al yogur. Mis dedos ya fosforecen con un naranja permanente por mucho que los restriegue. Mi cola se achanta de imaginarse risketo. Mi vida, en general, transcurre cual Miércoles de Ceniza gay.

Los expertos califican desde hace años mi cocina como «medieval» porque abuso de las especias, y también porque desprecio las normas de higiene contemporáneas para el manejo de alimentos. No me preocupa, por ejemplo, si caen pelos; soy un genio libre. Según he manifestado en reportajes y entrevistas, mi culinaria se rige por principios más nobles, elevados, aunque sencillos. Son tres:

1. El suelo es parte de mi mesa de trabajo. Esto reduce el margen de error y el porcentaje de desperdicio.

2. Todo es susceptible de ser transformado en croqueta. Todo. Amén.

3. El agua es un elemento secundario, un mito sin respaldo científico. Nadie ha probado todavía que sea más beneficiosa que el vino, sea en bebida o en guiso. De hecho, los días en que me tomo al menos siete vasos de vino los acabo muchísimo mejor, de gran humor, esperanzado con el futuro, recuperando sabores internos cada pocos minutos y durmiendo de un tirón. No me levanto a mear ni una sola vez. De ahí que en esta última Etapa Naranja solo beba vino: el desastre que puedo montar en un baño de madrugada es fino.

 

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