Carta abierta a Julio de Pablo

PALOMA HERRERO -ACADÉMICA CORRESPONDIENTE DE SAN FERNANDO

El pintor cántabro cumple 89 años. Aquí se revisan de forma sentimental los pasos de su aportación artística, tras la publicación de una monografía por la galería El Cantil QUERIDO Julio: Acabo de recibir tu libro, magníficamente editado por Isabel Rábago, dueña y directora de la Galería 'El cantil', con la colaboración del Ayuntamiento de Camargo, con magníficas fotografías que repasan todas las etapas de tu obra, con comentarios y poemas de una serie de críticos y amigos importantes, en donde me han incluido a mí, aunque dentro de mi modestia, porque nuestra amistad sea larga, de más de veinte años.

Julio, te merecías este homenaje antes, aunque la Diputación te organizada una exposición antológica y eres el pintor cántabro por excelencia, aquí has nacido y aquí vives, nunca has cambiado tu «tierruca» por Madrid o Barcelona. Te lo mereces ahora, que cumples ochenta y nueve años y que quizás seas el decano de los pintores españoles, pero que sigues siendo el niño grande de ojos perspicaces que un día abandonó su Revilla de Camargo natal, campesina y minera, para ir a la capital, poniéndote a trabajar con sólo doce años para colaborar en la flaca economía familiar, en el oficio de pintor industrial, en algo que se tenía que parecer a tu arte posterior, brocha y color, sintiendo en el fondo de tu alma un amor hacia la pintura que te hizo matricularte en las clases nocturnas de la Escuela de Artes y Oficios, a pesar de tu trabajo, robando horas al descanso.

Viste tu primera exposición individual frustrada por el estallido de una guerra civil fratricida y, tras acabar, tuviste que emigrar a la Alemania nazi para huir del hambre de la posguerra española, casi más dura que la guerra misma, como pintor de carteles que anunciaban una victoria que, afortunadamente, nunca llegaría; pero había que sobrevivir. Algo sacaste de tu aventura alemana, el conocimiento de una pintura más avanzada que en España, aunque el arte alemán más interesante, expresionismo y abstracción, fuera tildado de 'degenerado' por los nazis, que quemaron las obras o las vendieron al extranjero.

Cuando regresaste, descubriste al gran fauvista del bosque cántabro, Agustín Riancho, y te enamoraste de su obra, convirtiéndote en seguidor suyo con unos paisajes al óleo con pincel o espátula en donde vemos árboles, prados, bosques, pueblos, en donde triunfan los verdes con algún blanco o amarillo, realizando, por fin, tu primera muestra individual en el Ateneo santanderino. Te diste un tiempo para volver a exponer, cuatro años más tarde. Fuiste seleccionado para ir a París, pero la enfermedad de tu mujer, te obligó a suspender el viaje. Tu vida, Julio, ha sido de grandes aplazamientos: tu primera exposición, tu viaje a Francia; pero eres un hombre bueno y al mismo tiempo fuerte y supiste reaccionar y seguir pintando, dándote a conocer en el resto de España, cambiando la orientación de tu obra, que se va tornando abstracta, en tus árboles, que se convierten en verdes lanzas que apuntan al cielo, o en brañas nevadas en las que, a veces, destacan tres amapolas, como símbolo de vida, en tus costas y rompientes, en tu bahía santanderina, todas las obras con horizontes blancos, verdes o grises.

Diste un paso más hacia lo abstracto, composiciones en las que triunfa en primer término la esfera o la espiral para representar un algo fósil, coral, erizo, estrella, dormidos en la playa, aunque, en ocasiones, veamos un bodegón con frutas, o la bahía de Santander con unos minúsculos balandros y, al fondo, las montañas, para el mar, los tonos fríos, azules plateados, hasta la explosión de tus brillantes tonos: rojos, azules, amarillos, sin olvidarte de los blancos y los negros. Tu abstracción se torna cada vez más profunda, pero tus formas poseen un dinamismo extraordinario, realzadas por tu maravilloso cromatismo. En 1984 surgieron tus 'Caprichos', como los bautizaste, unos gouaches deliciosos con los que escribías a los amigos; tenían tamaño de postal, con algún rostro de mujer, una estrella, un monigote, una deliciosa abstracción.

A finales de los años, retomas un poco tu figuración, en un bello homenaje al gran poeta y amigo que era Gerardo Diego, en donde vuelve a aparecer el mar Cantábrico, las blancas velas de los balandros, la verde vegetación en la tierra. Y cuando mayor te ibas haciendo, tu pintura cobraba un color y una vitalidad de una segunda juventud: peces voladores ejecutando una danza circular en los cielos, alrededor del sol, bola de fuego, como nuevos planetas, caracolas, blancos balandros en un mar profundamente azul, todo g ira con dinamismo, como en algunas obras de tu paisano Pancho Cossío, que también amó mucho al mar cántabro. Amigo Julio, te lo mereces todo, por tu obra, por tu manera de ser, siempre sincera, siempre leal, por tu limpia mirada del niño grande que eres y que las vicisitudes no han cambiado, y por este libro, resumen de tu vida y de tu pintura, la de unos de los grandes pintores contemporáneos españoles. Con todo mi cariño y amistad.

Fotos

Vídeos