La Quiniela nació en Santander

La 'partida' de nacimiento del juego más popular de España en el siglo XX tiene lugar en el bar Callealtera, situado en la calle Alta, en la temporada de 1928-29, a pesar de que el organismo Loterías y Apuestas del Estado festeja ahora su sexagésimo aniversario

TOMÁS GONZÁLEZ MARTÍN
Un boleto de la Liga 31-32. / DM/
Un boleto de la Liga 31-32. / DM

Coqueta u olvidada? ¿Se quita años o se los quitan? España celebra ahora los sesenta años de una presumida dama, La Quiniela, que en realidad tiene setenta y cinco y probablemente sean setenta y seis. El organismo Loterías y Apuestas del Estado festeja el cumpleaños de unas apuestas que oficialmente nacieron el 22 de septiembre de 1946 y que miles de personas jugaron desde la temporada 1928-29, aunque no haya constancia pública hasta el 22 de noviembre de 1931. Datos que demuestran que Manuel González Lavín fue su inventor y un bar de Santander, la sede de su explotación.

Unas pruebas de una existencia anterior que Hacienda selló en esa fecha de 1931, con la aplicación de un impuesto del 10 por ciento. Porque se dio cuenta de que este juego era un negocio, después de su crecimiento escrito a mano, pero no impreso, desde 1929, también gravado con una mínima fiscalidad.

La concreción de los orígenes del invento, con fe de vida desde 1931, se encuentra plasmada en documentos, apuestas, fechas, reglamentos, cartas de apostantes y nombres de los integrantes de la comisión de control y escrutinio. Datos que han sido conseguidos y analizados por Juan José Morón, presidente de la Asociación de Profesionales de Apuestas Deportivas, que ha dedicado muchos años a investigar la vida, obra y milagros del juego más popular de España en el siglo XX.

Una apuesta de resultados y goles

La confluencia de tres fuentes tan distintas como distantes, que aseguraban haber participado en 'sorteos de foot-ball' entre 1929 y 1941, permitieron a este enamorado del 1X2 descubrir al pionero de una aventura que otros aventureros relataron con antiguos boletos, pagados y premiados.

En primer lugar, compradores de gallos de pelea, provenientes de México, que presentaron apuestas relativas a la temporada 31-32. En segundo término, marineros valencianos que transportaban manzanilla de Sanlúcar a Inglaterra, con escala en Santander, donde cobraron dinero por sus aciertos en las quinielas, descontadas las tasas para Hacienda y para el Ayuntamiento. Y, finalmente, religiosos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, que apostaban en los años 40 y 41.

Una idea excepcional que Josefina González, una de las cinco hijas del inventor, Manuel González Lavín, confirmó a Juan José Morón con fotos, con boletos, con escrutinios, con repartos de premios, con la asistencia al 'patronato de apuestas' y con la exposición de unos hechos históricos tan emocionantes como sensacionales.

Manolo, el promotor, era el mayor de los tres hermanos que regentaban el Bar la Callealtera, Casa Sota, situado en el número 22 de la calle Alta de Santander. De nuevo el 22, como un recuerdo de esa duplicación de patente.

Porque allí, en la taberna de los hijos de G. Sota, Manolo creó en 1929, con el estreno de la Liga, un juego que trascendió a su ciudad para extenderse por España e incluso por América, como relataron marineros de México y de Venezuela, cuyos barcos llegaban a Santander y regresaban con gallos de pelea entrenados en el patio de los Sota, especialistas en las pujas de las peleas de gallos. Esa sabiduría la traspasaron al 'foot-ball' con una seriedad empresarial memorable.

El promotor planificó una apuesta combinada -resultados y goles- de los cinco partidos de la Liga. Los primeros boletos que se conservan tienen esa fecha: 22 de noviembre de 1931. Aquello no era una 'porra' bien montada y nada más. No. En aquellos tiempos de autarquía, de teléfonos «a pedales» y de distancias imposibles, los González Lavín levantaron los cimientos de lo que hoy es el 1X2, con un reglamento impreso que regulaba el reparto de premios y contratiempos como la suspensión de partidos.

El organigrama estaba dirigido por una comisión de control que precintaba los resguardos de los boletos, realizaba el escrutinio ante la presencia pública de cualquier desconfiado y admitía reclamaciones. Manuel Cos, Francisco Peral, Manuel Escudero y Antonio Balaguer, entonces futbolista del Racing, integraban la comisión.

Una comparación de aquel reglamento, editado en 1931, con el aprobado por el Estado en 1949, dueño del negocio tras la guerra civil, demuestra la capacidad e inteligencia de sus primeros diseñadores.

El público llegaba, llenaba la hoja y la depositaba en un buzón del mismo bar. Después, esos señores de la comisión se encargaban de clasificar las papeletas allí depositadas.

Apuestas por carta pagadas con sello

El éxito del juego extendió su popularidad gracias a los viajantes y a los marineros que regresaban a casa con boletos sellados e ilusiones por sellar. Las ganancias eran importantes. En un principio, se destinó a premios el 95 por ciento de la recaudación. Hacienda sólo ponía sus zarpas sobre el cinco por ciento dedicado a la administración. Posteriormente, desde el famoso 22 de noviembre de 1931, el fisco captó el diez por ciento y los premios cubrieron el 85 por ciento.

Era tal el triunfo de aquel entretenimiento que todos los organismos oficiales querían percibir su porción de la tarta. El primero, el Ayuntamiento de Santander, que veía el color del dinero escapándose por la calle Alta. Por fin, el 24 de enero de 1932, entró a beneficiarse del reparto con el tres por ciento. Los premios se redujeron al 82 por ciento. Un porcentaje que descendió al 80 por ciento el 13 de marzo de 1932, al cederse el dos para Beneficencia.

Con una facturación cada vez mayor para los premios y para los organismos oficiales, la guerra civil eliminó esta magnífica organización privada de un juego que maravilló a gentes de España y del extranjero.

Finalizada la contienda fratricida, la gestión de La Quiniela fue concedido a la orden religiosa de San Juan de Dios, desde su centro de Vigo. Con el nombre de Bolsa del Fútbol, la fecha de cesión fue el 3 de diciembre de 1939. Los porcentajes de reparto cambiaron. El 50 por ciento se destinó a premios, el cinco por ciento a la administración y el 45 restante, a la Orden.

Ello motivó que multitud de cafeterías y bares comercializaran sus particulares quinielas con el sistema 'Callealtera'. Cierto es que algunos de ellos, desde 1931, ya hicieron la competencia a los González Lavín, aunque de una forma más local. Es el caso del periódico 'Sprint' de Vigo, que el 23 de marzo de 1932 cedió su juego ilegal al Celta. Cuatro días después, la Policía se lo prohibió al club. En esos casos, Hacienda no podía captar nada. Ni comparación con la 'Casa Sota'.

Todo el negocio erigido bajo el ideario de Manuel desapareció con la guerra y el traspaso de poderes a la Orden de San Juan de Dios en la Liga 39-40. Pero el esquema se mantuvo de forma idéntica al planificado por el hijo de González Sota. Se copió hasta su comisión de control. Juan José Morón precisa que ciertos escándalos económicos provocaron la falta de confianza en el sistema empleado en Vigo y el 24 de septiembre de 1944 la gestión se traspasó a la sede de la Orden en el Hospital Santa Clotilde de Santander. No era casualidad. Era la ciudad pionera y en su órgano de escrutinio se integró a un hombre de la experiencia de Francisco Peral, miembro de la comisión que trabajó en el formato original, en el número 22 de la calle Alta.

Dos años más tarde, el 22 de septiembre de 1946, el Estado creó el Patronato de apuestas Mutuas Deportivo Benéficas. El porcentaje de premios descendió al 45 por ciento, apartado que aumentó hasta el 55 por ciento en 1948, con la introducción del 1X2.

¿Y que fue de Manuel González Lavín? Padre de cinco hijas (Elvira, Josefina, Conchita, Manolita y Luisa), el investigador de esta otra historia del fútbol cuestionó a Josefina las incógnitas que todos nos hemos hecho al profundizar en la desconocida vida de este juego. ¿Percibieron dinero por la patente no reconocida del invento?

Con lágrimas en los ojos, ella desveló la cruda realidad: Manuel falleció en el campo de concentración de Sant Cyprien, Francia. Quedaban contestadas todas las preguntas.